Opinión

¿Jenízaros en la España del siglo XXI? (Para "la memoria histórica").

29.06.11 | 23:10. Archivado en Roberto Malestar Rodríguez

(Véase: «Respondiendo a cinco párrafos en torno a mis jenízaros»

EN TORNO A LA HISTORIA DICTADA POR DECRETO

Si todos sabemos que errar es de humanos —lo mismo que de sabios reconocerlo— no es menos cierto que este saber, por lo general, resulta cosa sabida y como de establecida tópica: en efecto, “algo que se sabe”, parejamente a como podemos saber, por ejemplo, que la fábrica de féretros más productiva del Estado es la carretera. Este como saber sobre un determinado peligro cuasimortal, o efectivamente mortal, resulta, así, un saber indeterminado, de vagas calidades morales e incapaz, por ello, del menor fruto pedagógico.

En cierto modo, se trata de un paradoxal saber ignorante; no de un saber socrático —sabedor, en cambio, de lo mucho que ignora—, o protocientífico —insatisfecho de cuanto sabe—, sino de un saber sumido en la inconsciencia; un saber en el que lo que se sabe, acaso por sabido demasiadas veces, no se sabe bien, se sabe deficientemente o, en rigor, apenas logra saberse.

Cuando erramos ignoramos, y alguien dijo que en el error no es posible vivir. Pero también se ha dicho, con antelación en el tiempo y sólo aparente contradicción, que, por otra parte, sin él —sin el erróneo conjunto de los falsos juicios— tampoco la vida resulta vividera, pues que la necesidad del error, constitutiva de la necesidad misma de superar lo actual, inexorablemente se impone, sobre todo, en los ámbitos del apriori científico. Convendría por ello una máxima vigilia, una mayor consciencia sobre el error conocido, precisamente para, aún sin conocerlo del todo, conocerlo mejor, evitando de esta suerte su definitivo confinamiento en el reino de las realidades muertas. Se entiende de intentarlo: por el olvido del error comienza su fatal resurrección.

No se puede vivir en el error, en efecto, pero, tampoco, se puede prescindir de él; sobre todo, cuando emergiendo del recíproco pasado se encara a nosotros con la magnitud colectiva de la Guerra Civil Española: un error necesario —como todo lo irrevocablemente acontecido—, cuyo espesor fáctico sobrepasa con mucho los límites del consabido y convencional trienio.

De la Guerra Civil Española —e insisto en subrayar el espesor de unos hechos que, contra la opinión más común, trascienden el período de su cronología stricto sensu— se podrá decir cuanto se quiera; incluso callar o, también, decir callando, como algunos sistemáticamente hacen, aún a sabiendas de lo mucho que callan. Hablar, callar, debatir: son determinaciones que podemos adoptar ante la historia de la tragedia propia. Mas resulta inadmisible que, en la Europa del siglo XXI, un gobierno de jenízaros pretenda imponer por decreto, a machamartillo y contrafácticamente, su monolateral visión de la Historia.

Vana y demagógica aspiración la de decretar oficialmente —para siempre jamás— el concluso relato del apuñalamiento de César. Si tal fuese la virtud de los decretos, con sus dictados resultaría superflua la legítima investigación histórica de los hechos acontecidos; superflua su explanación historiográfica y superflua, también, la filosofía de la historia o historiología reflexiva en torno a sus contenidos.

Bajo ningún otro imperio que el de una libre consciencia, es esencial para el conocimiento histórico poder dar cuenta y razón de la res gestae —la sagrada e inviolable materia de lo acontecido—, lo que resulta de todo punto imposible en un ambiente de voraz intervencionismo político y forzada penumbra intelectual. Un ambiente empapado hasta los tuétanos de ese autoritarismo ibérico que, con anacrónico decreto, nos insta a suscribir, no “veinticinco años de paz”, sino cien de maquilladas rosas mustias; siempre bajo la prieta consigna: ¡PSOE de las JONS y cierra, Zetapé! Ese autoritarismo ibérico tan ajeno al espíritu europeísta de la Institución Libre de Enseñanza, contradictoriamente reclamado por quienes no tienen pudor ni recato en autodenominarse “progresistas”, frente al resto de sus compatriotas, tildados de ultramontanos y reaccionarios, cuando no de franquistas; precisamente por ellos, los que viven siempre, bajo cualquier régimen, a beneficio de inventario, bajo el sol que más calienta.

Quizá, unas cuantas bocas agradecidas al poder de turno, casi siempre por privilegios dispensados en auxilio de su incompetencia —bocas de becario eterno, por más catedrática e intelectual autoridad que cacareen—, intenten ahora convencer pertinazmente a los españoles de que cualesquiera decretos gubernamentales sobre la carne aún más viva de su historia reciente están plenamente justificados, además de garantizados por la cosecha académica de sus propias investigaciones; cosecha avalada —aseguran contumazmente— por largos años de cursos, seminarios, simposios y recíproco vaivén crítico en el seno de la comunidad universitaria a la que con tanta ostentación reiteran pertenecer, seguramente, por pánico a que otras investigaciones —de abnegados historiadores, algunos de los cuales permanecen al margen de la sopa boba de las subvenciones y la pernoctación acumulativa de trienios— consigan sofaldar las impúdicas desvergüenzas y tendenciosidad de las suyas.

Pero, con esta contumacia, no hacen sino confesar un obtuso y sectario sentido patrimonialista del espíritu universitario, que, por otra parte, endogámicamente compartido y prorrateado por “sus Departamentos”, tan poco se compadece con la archiconocida monserga: la universidad del pueblo y para el pueblo. (Dicho ello con la mayor consideración hacia los universitarios respetuosos con el libre ejercicio de la tarea historiográfica, independientemente de sus adscripciones ideológicas.)

Vergüenza da tener que recordar a ciertos abducidos catedráticos que el espíritu vivo de las investigaciones históricas, inexhaustivo y permanente, es radicalmente heteróclito del de las anemias anidadas entre las hojas mortecinas del Boletín Oficial del Estado.

Ningún gobierno democrático puede pretender catequizar con decretos sobre la Historia, obligando a los ciudadanos a que comulguen, en vez de obleas, ruedas de molino. No hay más pérfido e insultante confesionalismo que el de quienes abusando del Estado desean para sus compatriotas cascos con orejeras. Más que de coadyuvar a comprender nuestros fraternales errores, tan legal como ilegítimamente, se trata de clausurarlos, reabriendo con ello un trasnochado boquete en la todavía embrionaria e incipiente fraternidad reconquistada.

Pessimum signum! : cuando a los errores se cree conocerlos del todo, sobreviene el dogmatismo.

_________________
R. Malestar Rodríguez
www.castaparasitaria.com
rmalestar[@]gmail.com
(03/03/2009)


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Comentarios
  • Comentario por Antonio Leal 18.06.11 | 14:53

    La guerra fue igual para los dos bandos, la postguerra no. Es de justicia que las familias de personas ejecutadas después del alzamiento tenga el derecho de saber donde se encuentran los restos de sus familiares. No hay que abrir ninguna herida, si no cerrarlas dignamente. Los militares retirados de la guerra cobraron sus pensiones, las viudas de los ejecutados por el franquismo, no, además de pasar humillaciones varias. Esa es la diferencia básica, la pena es conversar con abuelas de esa época que aún hoy tienen miedo de hablar del tema porque piensan que eso puede volver, a eso se le llama vivir aterrorizado.

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