
MADRID, 11 (OTR/PRESS)
Cuando Garzón aparece, una parte de España se divide. Las porciones mantienen cierto equilibrio, pero no son inmutables. Quienes hoy quieren elevarlo a los altares, cargaban contra él hace unos años. Y quienes hoy desean crucificarlo, consideraban hace tres lustros que era una especie de superhéroe. Después está el resto del país, ciudadanos no adscritos que consideran que es perfectamente posible que un juez con una hoja de servicios bien cumplida pueda cometer un error, incluso un delito; o que una instancia como el Tribunal Supremo, inapelable en sus sentencias, pueda tener deslices en alguna de las instancias del procedimiento. Personas que defienden la separación de poderes y la independencia de los jueces como premisas del Estado de Derecho sin que eso les impida observar con estupefacción cómo a algunos jueces no les importa exhibir la camiseta partidista o cómo algunos políticos intentan desdibujar las líneas rojas de su competencia.
Incluso hay gente más primitiva que aún considerando a Garzón un juez cargado de imperfecciones se siente visceralmente identificada con él cuando contemplan la calaña y los oscuros intereses que defienden los querellantes.
Cuando Garzón se sitúa en el centro de la actualidad es tanto el ruido que generan los debates accesorios que es difícil intentar profundizar en el fondo de la cuestión. Y la esencia del problema está en dilucidar si cuando el juez intentó averiguar, a petición de las víctimas, su competencia para investigar los crímenes del franquismo o cuando ordenó intervenir las comunicaciones de los imputados en la trama Gürtel con sus abogados, por ver si las conversaciones excedían el derecho de defensa y entraban en el ámbito del delito, estaba tomando medidas dignas de recurso o de querella.
Cuando el magistrado Adolfo Prego admitió a trámite una de las querellas contra Garzón fundamentó su decisión en que, en principio, la conducta del juez podría considerarse prevaricadora, "al menos como hipótesis". Ante suprema argumentación se nos permitirá que otros podamos considerar, "al menos como hipótesis", que cuando Garzón tomó las decisiones que hoy se le reprochan por la vía criminal lo hizo con buena fe, y con vocación de hacer justicia y perseguir eficazmente al delincuente.
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Los mossos en el Valle de Aran, en donde hay a montones, hacen identificaciones en cualquier esquina, sobre todo en las rotondas también nocturnas en los bares y cafeterias.
En Les entraron en un bar como los hombres de Harrelson, la jefa era una mosso rubia de lo más impresentable, los otros iban con caretas.
En Bossost también entraron rompiendo una puerta. En las discotecas de Vielha y Arties provocan peleas.
Saben la razón?: Habia araneses.
Por el sólo hecho de ser aranés, se arriesgan a ser molestados por la policia catalana y aguantar sus impertinencias y mala educación, cuanto no detenciones. Utilizan la forma prevaricadora del presunto desacato a la autoridad para intimidar.
La gente les cantó : Viva España, La Marsellesa y viva la Guardia Civil. No me estraña. Las caras furiosas y amenazantes de los mossos eran ezpeluznantes. Recordaba la escena de Casablanca cuando entra la Gestapo en el Rick´s Cafe.
Domingo, 19 de febrero
Agustín Jiménez
Aitor Yuste
Alfonso Rojo
Ana Pastor
Andrés Aberasturi
Angel Calzada
Antonio Casado
Antonio José Parafita Fraga
Carlos Carnicero
Carmen Tomás
Cayetano González
Charo Zarzalejos
Consuelo Sánchez-Vicente
Dámaso Mayarias
Esther Esteban
Fermín Bocos
Fernando Jáuregui
Francisco Muro de Iscar
Isaías Lafuente
José Cavero
José Luis Gómez
Julia Navarro
Lorenzo Bernaldo de Quirós
Luis Del Val
Mabel Redondo
Magdalena del Amo
Miguel Cancio
Miguel Higueras
Nava Castro
Pedro Calvo Hernando
Rafael Martínez-Simancas
Rafael Torres
Ramón Pi
Roberto Malestar Rodríguez
Rosa Villacastín
Salvador Freixedo
Victoria Lafora
José Pómez
Juan Fernandez Krohn
Avelino Vallina
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Raúl González Zorrilla
Vicente A. C. M.
Antonio Javier Vicente Gil
Pedro Fernández Barbadillo
Cesar Sinde
Toni García Arias
Francisco Rubiales