
Seguridad contra libertad
MADRID, 20 (OTR/PRESS)
Supongo que la cosa empezó con los porteros automáticos. Fue gracias -o por culpa- de ese invento que las puertas de nuestras casas empezaron a cerrarse sofisticando cada vez más el aislamiento: cámaras de vigilancia de verdad y hasta de mentira, blindajes varios, asegúrese de cerrar la puerta si va a sacar dinero un cajero automático, cubra su mano mientras marca la clave de seguridad, más cámaras por las calles, sistemas de video vigilancia para ver qué hacen nuestros hijos en las guarderías por no hablar de esa humillación cotidiana que es coger un avión. Tarde o temprano tenía que llegar y ya está aquí: el Gran Hermano se llama Sitel y la alegre controversia es dotarlo de una ley orgánica o no.
Personalmente debo reconocer que me traen sin cuidado las garantías "oficiales" con las que se acompañe: me preocupa el sistema mismo capaz de rastrear todos mis movimientos y los de la gente que se vaya comunicando conmigo hasta crear a mi alrededor una tupida malla de absoluta inseguridad; pero es que, a la vez, yo puedo entrar en contacto con alguien sobre el que Sitel tiene puesto su tentáculo y de esa forma vuelvo a entrar en otra malla paralela que terminará fundiéndose con la mía dejando semipública nota sobre toda mi vida y mis circunstancias. Ya sé que sin orden judicial previa semejante información no sería valida ante un tribunal, pero no es eso lo que me inquieta: lo más o menos terrorífico es que una serie de gente, de funcionarios, de personas tan imperfectas como yo, con sólo apretar un botón puedan disponer de todos los datos referentes a mi vida y a mi entorno.
La reflexión no es baladí y no vale salir al paso con esa majadería de que el que no tiene nada que esconder, nada tiene que temer porque yo escondo -debería poder esconder- lo que me venga en gana y por esa regla de tres sobrarían todos los derechos que protegen la intimidad.
Se ha repetido estos días que Sitel es sólo un programa y que su bondad o maldad depende del uso que se le de. No es cierto. Sitel es una amenaza en si mismo por la desproporción de su capacidad frente el individuo y la indefensión en la que queda la persona que ignora que con razón o sin ella (y eso es lo importante) está siendo observada en sus movimientos y escuchada en sus conversaciones.
¿Qué espacios nos van quedando de libertad? Este columna que ahora escribo en el ordenador de mi casa, puede estar siendo leído y archivado por la policía. Cualquier guardia de seguridad de un aeropuerto puede saber la marca y la talla de mis calzoncillos, si viajo con una viagra en la recámara o me doy a los ansiolíticos. Un sms desde mi móvil llega antes a una terminal del Gran Hermano que al destinatario. ¿Se puede vivir así? Evidentemente, sí porque así vivimos, pero justo es reconocer que esa demanda desaforada de seguridad que todos exigimos tiene un precio y que unos estamos menos dispuestos a pagarlo que otros. El eterno debate entre orden/seguridad y libertad/intimidad lo está perdiendo claramente la libertad. Habrá quienes estén de acuerdo; a mi me parece indigno.
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las libertades ciudadanas. yo me acuerdo constantemente de los controles de los grises en la Complutense de Madrid diciendo no formen grupos, cuando ibamos 4 ó 5 estudiantes charlando tranquilamente sobre cualquier materia. Los que pedíaan libertad y democracia ahora están en el Parlamento limitándolas. Y a los que dicen lo que piensan, aunque sea verdad, les jubilan. ¿Verdad ?
Que cosas. Entre Torrelodones colonia y Torrelodones pueblo debe de haber unos 4 km. Pues en ese trayecto a mi hijo adolescente, poseedor de un ciclomotor normalito, le piden la documentación la guardia civil y la policia municipal entre 5 y 6 veces alrededor de las 12 de la noche. Y en el pueblo, la policia municipal, cada vez que ve a un joven, le pide el dni y hasta casi le cachea. Mi hijo es un estudiante aplicado, aficionado a la escalada y el alpìnismo y afortunadamente sanisimo. Cuando van circulando, el solo o con sus amigos, por la via de servicio de la autopista les para la gc y despues de pedir la documentación les preguntan si llevan algo. Y les registran. Y si van en una furgoneta cargada con todo el material de escalada, les registran hasta los dientes. Esto sucede todos los dias y preferentemente los fines de semana. No hacen falta las cámaras o Sitel. La presión policial llamada preventiva es constante sobre los ciudadanos. Y aqui nadie hace nada mientras se recortan
(continuación del post anterior)
por casualidad, me llamó la atención una música, no sé, como de charanga melancólica de un circo recorriendo sin mucha fe las calles de un lugar medio abandonado, y la voz lenta y escarmentada del presentador. “Así es la vida”, creo que se llamaba el programa, y me hizo mucho más llevaderos, de verdad, los tres años que pasé en aquel pueblo. Como efecto secundario me quedó para siempre una desaforada simpatía por Ud. que se parece bastante al agradecimiento.
Joder, qué forma más rebuscada de dar las gracias me ha salido. Bueno, pues eso, don Andrés, Ud. disimule.
Y si al final resulta que no lee usted estas chorradillas que le escribimos aquí en el faldón del su artículo, bueno, pues nada: siempre queda el consuelo de que lo leerá Sitel, así que no todo habrá sido en vano (mire Ud. por dónde acabo de dar con el lado positivo de Sitel, así como quien no quiere la cosa: por lo menos hay alguien por ahí que me escucha…).
A mí lo que me fastidia, don Andrés, es que el Sitel ese eche por tierra todos mis esfuerzos por hacerme el interesante y parecer un tipo con un pasado movido que todavía tiene razones para temer a la Policía. Me entran sudores fríos solo de pensar que se descubra que soy un tipo gris que trabaja en un ministerio de 9 a 3, y que mi más violento tropiezo con la ley y el orden fue una multa que me pusieron en 1998 por pasarme tres minutos de lo que marcaba el papelito de la zona azul de aparcamiento.
Por eso me sumo con toda energía a su protesta, don Andrés. ¡La ilusión de ser alguien que tiene algo que ocultar es lo último que se pierde!
PD: ¿Lee Ud. a los pringadillos que escribimos comentarios aquí, don Andrés? Bueno, nada, sólo quería decirle, por si acaso lo lee, que de 1982 a 1985 aproximadamente trabajé en un pueblo remoto (en el tiempo y en el espacio), tan remoto que de las emisoras de radio sólo se oía –y no muy bien- Radio1, de RNE. Allí fue donde una tarde, por...
Hola Andrés, no se si leerás esto tu mismo, pero solo quería avisarte de un pequeño error.
En la última frase, de hecho, en la penúltima "El eterno debate entre (...) lo está perdiendo claramente la libertad" Querras decir que lo está perdiendo la intimidad. Sé que es un poco lioso, pero si perdemos intimidad, el debate (duelo sería mejor) lo pierde la intimidad.
Era solo eso, que después de estar totalmente de acuerdo contigo al final te contradices y ¡eso no puede ser!
Un saludo
Estimado Andrés aberasturi:
El artículo que expones está muy bien, para un periodista nobel, pero no en tu caso. El programa Sintel, puede sirva para que no se repita el drama nacional que fue el 11-M, donde, nuestros políticos, servicio secreto y policía, fallaron. En una democracia de bajo nivel, que es la nuestra en estos momentos, nos ponemos a discutir, en temas menores del problema. En España actúan 85 distintas mafias y seguimos teniendo células dormidas integristas. Guantánamo no es la decadencia de un país que nunca tuvo una dictadura. Andrés, no te pongas el abrigo de borrego y la guitarra, queremos escuchar y leer un enfoque de una noticia,de un periodista de culto.
En la novela 1984 se describe la situación, nadie puede hacer nada sin que los sepa el Gran Hermano, todo está controlado, la vivienda, el lugar de trabajo, las calles, los campos... Y cuando el protagonista cree haber encontrado un espacio de libertad en un reducido cuartucho, resulta que también está vigilado. Todo aquello que moleste o incordie, se hará desaparecer de la historia, de los libros, la prensa, de la memoria de su familia de la de sus amigos y compañeros de trabajo. No habrá existido. El resto de la novela me parece muy real hoy en día, los enemigos, la alianzas y las situaciones, son cambiantes según la voluntad del Gran Hermano. Quizás Rubalcaba cree formar parte de ese Ser Supremo, pero me temo que solo es una pieza más, desechable como cualquier otra.
Andrés, cierto es que cada vez que pienso en ello noto una cierta angustia en el pecho. Por ello procuro apartar la idea de la cabeza.
Poe eso llego a la conclusión al sentirme así, que el hombre no es que prefiera, sino que necesita la libertad como el aire.
Un saludo, fenómeno.
Domingo, 19 de febrero
Agustín Jiménez
Aitor Yuste
Alfonso Rojo
Ana Pastor
Andrés Aberasturi
Angel Calzada
Antonio Casado
Antonio José Parafita Fraga
Carlos Carnicero
Carmen Tomás
Cayetano González
Charo Zarzalejos
Consuelo Sánchez-Vicente
Dámaso Mayarias
Esther Esteban
Fermín Bocos
Fernando Jáuregui
Francisco Muro de Iscar
Isaías Lafuente
José Cavero
José Luis Gómez
Julia Navarro
Lorenzo Bernaldo de Quirós
Luis Del Val
Mabel Redondo
Magdalena del Amo
Miguel Cancio
Miguel Higueras
Nava Castro
Pedro Calvo Hernando
Rafael Martínez-Simancas
Rafael Torres
Ramón Pi
Roberto Malestar Rodríguez
Rosa Villacastín
Salvador Freixedo
Victoria Lafora
Juan Fernandez Krohn
Avelino Vallina
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Raúl González Zorrilla
Vicente A. C. M.
Antonio Javier Vicente Gil
Pedro Fernández Barbadillo
Cesar Sinde
Toni García Arias
José Pómez
Francisco Rubiales