
MADRID, 25 (OTR/PRESS)
Debo admitirlo, a fuer de español y también de monárquico confeso: este año me he sentido algo decepcionado por el discurso de Nochebuena de Su Majestad el Rey. Ha sido, entiendo, más de lo mismo, con el añadido de las referencias, inevitables, claro está, a la "crisis": llamamientos, muy justos, a la unidad de las fuerzas políticas y a tirar todos del carro -como ya hizo el año pasado--; insistencia en la Constitución (nada de reformas, desde luego); condena (habitual) al terrorismo. Y los añadidos y recuerdos habituales. Todo ello muy políticamente correcto. Pero ¿había que ser tan, tan correcto en este 2008 que se ha ido y ante el inquietante 2009 que viene?
Pienso que quienes asesoran al Rey en estas cuestiones deberían haber tenido en cuenta que el mundo tiene la sensación de haber entrado en una nueva era: que la crisis es algo más que un accidente pasajero -desde luego, no termina en marzo ni en abril, contra lo que afirman voces gubernamentales optimistas- y los parados constituyen una legión que merece algo más que una referencia casi de pasada. Y pienso también que la presencia de un Obama en la Casa Blanca, al frente de un país que se interroga sobre los modelos económicos que hasta ahora lo regían, necesita de un esfuerzo dialéctico mayor y más profundo que una breve frase acerca de dar "un nuevo impulso" a las relaciones de España con los Estados Unidos.
Este año, en suma, el discurso del Rey hubiese merecido, en mi humilde opinión -sin duda otros piensan cosas diferentes e igualmente respetables-, mayores énfasis, algo más de enjundia, más originalidad con respecto a lo de antaño, que ya se ha quedado viejo. Ha sido un discurso correcto y bien intencionado, sin duda, pero, a mí al menos, me ha dejado bastante frío. Perdón por no extenderme más en el comentario: creo que esta vez esta comparecencia no justifica más exhaustivos análisis. A mí, al menos, no se me ocurren.
FERNANDO JAUREGUI
Viernes, 1 de junio
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Fernando Jáuregui
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