
MADRID, 22 (OTR/PRESS)
El 97% de los jóvenes españoles entre 14 y 19 años va cosido permanentemente a su teléfono móvil, y dos de cada tres echan más de dos horas diarias frente al ordenador, pero los padres, que asisten aterrados a semejante mutación, olvidan que el móvil y el ordenador se los compraron ellos. Y que se los compraron, además, por egoísmo: en el caso del telefonito por la quimera de tenerlos controlados, y en el del ordenador para quitárselos de encima, pues, como se sabe, las criaturas se subsumen en la pantalla y parece, talmente, que no hay niños.
La mutación que afecta a la mayoría de los jóvenes por el consumo convulso de tecnología monda y lironda, esto es, sin un cerebro despejado, cultivado e instruido que lo dirija hacia algún sitio y le despoje de la compulsión, se extiende a lo físico y a lo psíquico, pero a donde más fastidia que se extienda es a su alrededor, que es donde estamos los demás. La ignorancia que proporcionan esas caudalosísimas fuentes de información y comunicación de chorradas es tan atractiva, tan sugerente, tan dulce, tan fascinante, que cualquier figura que represente lo contrario, cual podría ser la del profesor, la del libro o, sin más, la de la meditación a solas, no sólo ha perdido todo prestigio para ellos, sino que las perciben como cosas antinaturales, que huelen a viejo, cuando no a podrido. Pero este recalentamiento de los seos juveniles, esa mutación, no es sino un aspecto más, bien que particularmente horrendo, del efecto invernadero, de la degradación global de la Tierra, que es donde habitan ellos y donde habitamos nosotros, los monstruos que les hicieron así. Se instruyen en la sexualidad con la pornografía, se relacionan entre ellos con mensajes de móvil o chateos cuajados de faltas ortográficas, se ponen hasta arriba de todo, tutean a los desconocidos, pero, en el fondo, no hacen sino prepararse convenientemente para el desquiciado mundo que les hemos legado.
Rafael Torres.
Viernes, 1 de junio
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Rafael Torres
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