
MADRID, 15 (OTR/PRESS)
El ser humano resulta apasionante; esta afirmación no es muy original, lo sé; hay miles de sesudos estudios que ponen de manifiesto la complejidad de las personas, sus múltiples aspectos, las contradicciones en las que vive y su capacidad para pasar de héroe a villano en un par de segundos. A mí siempre me ha dado que pensar el hecho de que seamos capaces de emocionarnos hasta la lágrima con unos dibujos animados de una película de Disney (ay aquel Bambi) o con un muñeco virtual (ET: "mi caaasa") y asistamos impertérritos a las terroríficas noticias de cualquier informativo. Somos sensibles ante la mentira convenida del cine y ajenos frente a la realidad del hambre, la muerte o la guerra. Supongo que para todo hay explicaciones, pero no es este el momento de darlas.
Viene a cuento esta somera reflexión tras escudriñar en mi entorno las reacciones ante el penúltimo escándalo financiero, la estafa del mago Madoff que, si bien no ha dejado en la ruina por razones obvias a ninguno de sus seguidores, ha disminuido el patrimonio de muchos miembros de ese club exclusivo de inversionistas que creían haber encontrado el viejo sueño de la humanidad pero en dinero: ya que no parece que exista el árbol de la eterna juventud, al menos creyeron haber hallado la rentabilidad absoluta de sus fondos. Pero no. Detrás de aquellas promesas solo había humo y nadie, ni los encargados de vigilar los incendios financieros, dieron en ningún momento de la señal de alerta hasta que el fuego de la estafa lo devoró todo.
Pero ¿qué dice la gente-gente de todo esto? Pues yo he visto codazos de complicidad en las colas del INEM, guiños en los supermercados y sonrisitas más irónicas que malévolas entre los pensionistas y los mileuristas. Y es normal. Por una vez, los ricos lloran sus pérdidas y el timo de la estampita no se lo dan a un pobre paleto avaricioso sino a gentes que salen en el "Hola", que presiden consejos de administración o cuyos apellidos abren las puertas de los reservados más exclusivos. Ya no se trata de invertir unos ahorrillos comprando sellos que nunca existieron sino de muchos millones confiados a extraños paraderos, un dinero especulativo en su totalidad, unos millones que se trasladan por la red sin crear riqueza, puestos de trabajo, oportunidades para nadie, nada; solo especulación pura y dura, rentabilidad absoluta y pare usted de contar. Entiendo pues esas sonrisas y esos codazos entre los que vamos con nuestra cartilla a la Caja. Pero aunque lo entienda, no me siento capaz de compartir esa mínima alegría, esa pequeña venganza proletaria. Tampoco es que me muera de pena, desde luego, pero no es bueno ni que existan madoffs, ni que no haya quien vigile a esos madoffs, ni quien les confíe esa cantidad de millones.
Pero es lo que hay y parece que resulta inevitable. No estoy muy seguro que tras esta crisis y los escándalos y fraudes que la rodean, vaya a cambiar mucho el mundo. Sería bueno que todos reflexionáramos un poco y que le dinero sirviera para algo más que para hacer más dinero. No tengo demasiada fe en que ni siquiera a este Madoff caído en desgracia, no le suceda otro y la historia vuelva a repetirse. Es como el zapatazo (los dos lanzamientos) a Bush: no me gustan... pero entiendo muy bien que alguien los haya hecho en nombre de muchos.
Andrés Aberasturi.
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Todos sabemos que, en Bagdad, nadie se hubiese atrevido, ni podido, lanzarle un beso de despedida, o de bienvenida al perro de Sadan Husein; aunque el ósculo fuese cargado con rosas en vez de un “43 apestoso” como el que ha recibido G.W. Bush. Estoy convencido, que los millares de gaseados y asesinados en los ataques químicos de Halabja; los miles de chiitas ejecutados; los niños masacrados en la guerra de Irán; las victimas de la invasión de Kuwait, etc. No hubiesen encontrado, jamás, la más mínima posibilidad, de lanzarle un misil reivindicativo al sátrapa con boina, bigote, pistola al cinto y más malas ideas que una piraña en un bidé. Pero también estoy convencido, que el primer zapatazo del periodista iraquí, seguramente cargado de razones, lanzado de forma certera al grito justiciero, era inevitable, pero el segundo, solo se justifica porque no estaba allí el Clint Eastwood de “En la linea de fuego”. Estos Americanos…
Domingo, 19 de febrero
Agustín Jiménez
Aitor Yuste
Alfonso Rojo
Ana Pastor
Andrés Aberasturi
Angel Calzada
Antonio Casado
Antonio José Parafita Fraga
Carlos Carnicero
Carmen Tomás
Cayetano González
Charo Zarzalejos
Consuelo Sánchez-Vicente
Dámaso Mayarias
Esther Esteban
Fermín Bocos
Fernando Jáuregui
Francisco Muro de Iscar
Isaías Lafuente
José Cavero
José Luis Gómez
Julia Navarro
Lorenzo Bernaldo de Quirós
Luis Del Val
Mabel Redondo
Magdalena del Amo
Miguel Cancio
Miguel Higueras
Nava Castro
Pedro Calvo Hernando
Rafael Martínez-Simancas
Rafael Torres
Ramón Pi
Roberto Malestar Rodríguez
Rosa Villacastín
Salvador Freixedo
Victoria Lafora
Juan Fernandez Krohn
Avelino Vallina
Vicente Torres
Manuel Molares do Val
Raúl González Zorrilla
Vicente A. C. M.
Antonio Javier Vicente Gil
Pedro Fernández Barbadillo
Cesar Sinde
Toni García Arias
José Pómez
Francisco Rubiales