Indiferencias
03.11.06 @ 16:56:46. Archivado en Análisis social
No hay nada en esta vida igualable al apasionamiento por algo o por alguien; un sentimiento que arrastra a las personas hasta su punto más extremo y en ocasiones roza la locura, pero una locura que suele estar acompañada de dulces tintes si la pasión es correspondida o de pura desesperación si es despreciada.
Aquel que consigue tener y trasmitir efervescencia por lo que hace o dice, se gana un trocito de alma de los que lo rodean. En el polo opuesto se encuentra agazapada y expectante la indiferencia, el tedio que supo llevar de la mano Alberto Moravia en voz del protagonista de su novela, Dino, un indiferente empedernido que se da de bruces con la realidad cuando la abulia y la desgana lo abandonan.
Estamos viviendo una época de la historia donde estos sentimientos toman un fuerte protagonismo, gracias a los grandes contrastes de la vida, esos que generan picos de pasión y socavones inmensos de aburrimiento redomado. Salir de un ciclo empobrecido en estímulos, surcar unos años de bonanza y conseguir la estabilidad en todos los ámbitos, conduce a estos choques.
Buscamos incasables el salir del tedio por el medio que sea y para ello inventamos todo tipo de estrategias que estimulen con fuerza los deseos de encontrar algo diferente y enriquecedor para el cuerpo y el espíritu. La abundancia en la que nos movemos diariamente amortigua, e incluso apaga, el interés por las cosas menudas y hace que vayamos exigiendo cotas cada vez más altas. Quien consigue cubrirlas desemboca de nuevo en el aburrimiento más patético, porque se queda sin nuevas metas que cubrir.
El más indiferente no es aquel que es capaz de soñar con un estado de ánimo distinto, sino el que no encuentra la forma de salir de este sentimiento porque ni siquiera llega a planteárselo, normalmente no es consciente del mismo y asume que la realidad de la vida es tal cual es, neutra. Tiene una percepción distorsionada de su papel en el mundo y únicamente es capaz de malvivir en su apatía, sin esperar un cambio que le abra nuevos horizontes.
Muchos de nuestros jóvenes han entrado en caminos erráticos gracias a sentimientos ligados a la indiferencia, como ejemplo tenemos un sector enorme que opta por la postura del avestruz, metiendo la cabeza bajo tierra, estando ciegos a la realidad circundante, unas veces por miedo a afrontar la vida tal y cómo se la han construido y otras por auténtica desidia.
Se hacen mucho más vulnerables a los acontecimientos y los modelos que pululan por doquier; las influencias más fuertes son las que ejerce el primer poder, es decir, los medios de comunicación, que con su insistencia y omnipresencia apabullan a los más avezados, convenciéndolos de que han de seguir los pasos y el son que se les marca.
Hacen oídos a una forma de bienestar que se puede conseguir sin grandes esfuerzos, siguiendo tan solo las pautas de lo escandaloso, de lo grotesco o de lo insidioso y de esta forma conseguir subir escalones en la escala social. Estos comportamientos tienen su reflejo en la pérdida de valores y en consecuencia en una lista interminable de despropósitos que se traducen en reyertas escolares, plantes a lo establecido o palizas a los progenitores a la más mínima insinuación de limitar sus espacios.
Para el que profesa la indiferencia, uno de los grandes males es encontrarse con multitud de caminos posibles y tener que hacer el profuso esfuerzo de elegir uno de ellos para encaminar su vida. Se dicen a sí mismos que lo único importante es vivir al día porque el mañana ya vendrá solo y proveerá.
Vivir un presente con contundencia obliga a no pensar en nada trascendental, en no planificar futuribles, en obviar las evidencias y en no pretender apasionarse por nada ni por nadie. Cuando se ven sorprendidos por la realidad, como el protagonista de la novela de Moravia, y entienden que no todo puede ser indiferencia, caen en la cuenta de lo mucho que les queda por hacer y el poco tiempo que les queda.
Las indiferencias pueden servir para amortiguar pasiones inaceptables, dañinas o infructuosas, pero nunca para construir un presente o un futuro.
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Es también una estrategia que se adopta por los que son incapaces de superarse a si mismo en armonía con los anhelos y esperanzas de destinos que hay que compartir. La indiferencia, más que aplicable a la juventud, es una actitud personal consciente o inconsciente que practican/padecen ciudadanos de cualquier edad, de distintos niveles
sociales y económicos.
No es eso. El liberalismo plantea únicamente soluciones materiales a problemas materiales. No es como el socialismo que promete felicidad.
No es la falsa presencia de liberalismo económico (que no lo hay ya que vivimos en una socialdemocracia). El problema es la falta de Dios, los europeos postmodernos han apagado su Fe y han perdido su identidad. Consecuencia de ello es la poca consistencia para afrontar el mundo. De ahí a la indiferencia sólo hay un paso.
Ayer pasé toda la tarde al teléfono, hablando con varios afectados de la cirugía refractiva. Llevo también varios días acostándome al dos a las tres de la mañana sumergida en las páginas web buscando lo que no se encuentra, luchando contra los demonios de un pasado reciente, los mismos que os invaden a todos y que yo creía haber olvidado.
Juré y perjuré a mis familiares que había abandonado todos los temas relacionados con la cirugía. Desde hacía unos tres años sólo atendía las llamadas de teléfono, orientando a unos y a otros, compartiendo inevitablemente su sufrimiento, esta amargura que yo creía haber soterrado.
Y hoy, la bestia negra del recuerdo, la bestia ennegrecida de vuestra congoja me ha apresado. Vuestro dolor, vuestra desesperación me violentan como en los tiempos de mi doloroso paso por los quirófanos, sendero a través de la incomprensión de mis allegados, ruta a través de la indiferencia de los seudo-pr...
No comparto la opinión que expresa usted en su frase final. La indiferencia puede ser útil, según qué circunstancias, y puede ayudar a construir un presente y proyectar un futuro. Es más, a la vista de lo que nos rodea, muchas veces una sana indiferencia es la mejor actitud a tomar para salvaguardar nuestra salud psíquica.
Saludos cordiales,
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José A. García del Castillo
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