Síndrome del miedo social
25.09.06 @ 10:00:52. Archivado en Análisis social, Crítica Social, Salud Emocional
Si pudiéramos hablar con total libertad, diríamos que estamos hasta las narices de tanto asalto, tanto robo y tanta intimidación, hasta el punto que nos estamos convirtiendo en catatónicos sociales, porque cada vez que tenemos que enfrentarnos a una situación nueva donde hay personas desconocidas entramos como en un estado de estupor, bobo y asustadizo, mediatizados por el que podríamos denominar a partir de ahora, síndrome del miedo social.
Las características de este nuevo síndrome vienen orquestadas por los acontecimientos violentos que están llevando a España a parecerse a la cutrería más recalcitrante de otros países industrializados. Parece que el desarrollo y el modelo de bienestar asociado a la riqueza proporcionan los ingredientes óptimos para aumentar lo más innoble y despreciable del ser humano.
Cuando crece la economía conlleva la rémora y el aumento de todo tipo de mafias que intentan desesperadamente enriquecerse a costa de los más débiles del sistema, desprotegidos por la propia estructura social, que no permite armarse a los ciudadanos, excepto con argumentos, pero que es incapaz de detener a facinerosos y maliciosos ciudadanos que se arman hasta los dientes y ajustan cuentas con propios y extraños para beneficio propio.
Estamos pasando de un diseño violento ejecutado desde un terrorismo nacional e internacional a uno mucho más casero y cercano que se ensaña desproporcionadamente en conseguir bienes ajenos aunque para ello tengan que maltratar, azotar, castigar, fustigar y desolar a una familia entera, por lo que pasa a ser tan localista que lo vemos en nuestros vecinos, hermanos, conocidos, sino en nuestras propias carnes. Se ha dado el gran salto desde la muerte anónima a la muerte con nombre y apellidos que es la realmente terrorífica.
El proceso de globalización lo empaña todo y nada escapa a su expansión incontrolable, por ello se importan formas de violencia desconocidas para nuestro pueblo o que solamente eran advertidas en la ficción del celuloide y que, por supuesto, nunca pensamos que llamarían a la puerta de nuestro hogar, lo más íntimo y protegido de nosotros mismos.
Cada día que pasamos en este nuevo orden social, queda más lejos de nuestra memoria los tiempos en que cualquiera podía pasear por las calles de la urbe a horas infrecuentes sin el más mínimo temor de sufrir un asalto; los niños podían retozar a sus anchas sin peligro alguno de ser violada su inocencia o resquebrajada su inmadurez por ningún descerebrado conocido o desconocido, podían incluso recorrer calles y plazas y entrar en las casas de los vecinos para tomar una merienda sin previo aviso; se podía dormir a la intemperie sin la incertidumbre de ser atracado, violado o muerto por la ambición de un vulgar ladrón de tres al cuarto o por el mero hecho de que el gilipollas de medio pelo divierta su locura violenta. La realidad social marca unas reglas del juego que benefician a los que tienen poco que perder y perjudican a los que intentan llevar una vida dentro de la norma social.
El síndrome del miedo social está engullendo en sus redes a cientos de ciudadanos que sin saber por qué se encuentran en la más pura de las indefensiones. Los síntomas de esta nueva enfermedad social no tienen edad determinada, ni género, ni estatus, porque todo el mundo es susceptible de padecerla, aun sin saberlo.
La manifestación del síndrome aparece con los primeros temores de caminar en solitario, se agudizan cuando algún desconocido se acerca aunque solamente nos vaya a preguntar la hora y nosotros temblamos de miedo; cuando aparecen las pesadillas durante el sueño por temor a que alguien entre en nuestra casa mientras estamos en pleno sueño y seamos agredidos y desvalijados sin compasión; si de pronto sentimos pánico a que un día nuestro hijo sea secuestrado para pedir un rescate que no podemos pagar, porque los secuestradores “exprés” se han equivocado de víctima; cuando te golpean el coche por detrás y al bajarte te amenazan con un arma y te roban todo lo que llevas, incluido el coche, después de patearte. Lo peor de este síndrome es que no tiene cura individual y se agrava con el tiempo.
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José A. García del Castillo
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