Restricciones al volante
22.09.06 @ 14:43:40. Archivado en Crítica Social
En los últimos tiempos nos hemos trasformado en verdaderos proteccionistas de las libertades, eso sí, a base de leyes cada vez más estrechas que nos conducen a la desazón y el desamparo, porque por muy bien hecha que esté una normativa, siempre cuenta con lagunas que benefician a unos y apabullan a otros.
El placer de conducir se está convirtiendo en la pesadilla de sobrevivir en las carreteras españolas a fuerza de restricciones, algunas acertadas sin duda y otras benéficas para las arcas del Estado. Así, a vuela pluma, y haciendo una estimación muy gruesa, de las más de dos millones y medio de denuncias del año dos mil cuatro se pueden haber recaudado más de setecientos cincuenta millones de euros, teniendo en cuenta que Cataluña y País Vasco no computan en el cálculo.
En ningún momento pondremos en tela de juicio que lo primordial ha sido, y sigue siendo, que la seguridad en las carreteras sea la máxima posible, lo criticable es que esa seguridad se plantee, una y otra vez, a cuenta de medidas restrictivas y sanciones millonarias que hemos de afrontar con total estoicismo los sufridos conductores. Las evidencias protectoras son irrefutables, si la limitación de velocidad se respeta al cien por cien, la tasa de accidentabilidad desciende. Claro que desciende y si nos obligaran a circular a ochenta o noventa kilómetros por hora, descendería aun más.
Las incongruencias son tantas que parecen tomaduras de pelo, porque si los vehículos cada día son más potentes, seguros y veloces para que luego vengan y constriñan la velocidad, ya me contarán qué adelantamos, excepto pagar multas y perder puntos. La sensación general de los conductores es que la carretera se ha vuelto aburrida, como si los coches fueran de pronto vehículos pesados que no tienen fuerza para deslizarse con alegría por el asfalto y los automovilistas meros espectadores del paisaje.
Las cosas podrían ser de otra forma si las inversiones en infraestructuras aumentaran en la misma medida que las normativas castradoras y la compra de material de control y vigilancia para sancionar. No cabe duda de que si mejoramos las vías, recurriendo a los magníficos ingenieros con los que contamos en este país, reduciríamos significativamente los riesgos en mayor medida que con tanta gaita legislativa.
Si a estas medidas viarias le sumáramos una formación más adecuada a la hora de aprender a conducir, que no se ciñera únicamente a enseñar los trucos más inteligentes para aprobar el carné de conducir y una seguridad vial integrada en la educación básica, que desarrollara los valores y la conciencia de los futuros conductores y peatones, habríamos avanzado un mundo.
Los responsables del tráfico no paran de celebrar públicamente los éxitos obtenidos con la nueva ordenación de multas y la entrada del carné por puntos, lo que nos hace pensar que éstas son las primeras avanzadillas de lo que serán muchas más trabas a la hora de ponerse uno al volante.
La imaginación, aunque pretenda basarse en la evidencia, es rica e inagotable y si lo que se pretende es que quien lleva la batuta del vehículo esté a pleno rendimiento durante las horas de conducción, se puede conseguir.
Se me ocurren algunas ideas para no distraerse, prohibiendo algunas menudencias, como por ejemplo, la música y todos los aparatos susceptibles de manipulación que necesiten atención selectiva (poner un CD que previamente hay que buscar e introducir en la ranura; ajustar el GPS para llegar a la dirección deseada; los DVD colocados en el ángulo de visión del conductor); las discusiones con el copiloto y con los viajeros de los asientos traseros (sobre todo si son niños o adolescentes); el uso y disfrute de cigarrillos; y lo más importante de todo, el ensimismamiento del conductor que le hace perder la noción del espacio y del tiempo.
Con cabinas estancas para el que conduce (con el cartelito famoso de no distraer ni hablar al conductor) y estas restricciones mejoraríamos aún más. Pero lo dicho, la realidad del mundo del volante se traduce en miedo, a las sanciones y a la muerte anunciada, y un soberano aburrimiento.
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José A. García del Castillo
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