Mediocridad
14.09.06 @ 10:49:16. Archivado en Análisis social
No hay que echar mucho la imaginación a volar para hacernos una idea fehaciente acerca de un concepto que nos rodea a diario, por doquier encontramos mediocridades que afortunadamente nos pasan desapercibidas la mayoría de las veces y que, cuando caemos en la cuenta de su presencia, nos hacen un profuso agujero en nuestra racionalidad.
Un bonito e interesante libro de José Ingenieros, polifacético personaje de principios del siglo XX, serpentea y se sumerge en la mediocridad humana, demostrando con firmeza que lo más negativo que puede acaecer al hombre es vivir en la amoralidad en forma de rutina, hipocresía y servilismo.
Siguiendo este corolario, serían muchos, quizás demasiados, los moralitas e ideólogos de a pie que estarían enmarcados en esta premisa, como los sacerdotes que predican la templanza, la humildad y la pobreza y son baluartes de lujuria, soberbia y riqueza; los políticos que siendo teóricos de una ideología, la traicionan a cambio de poder y son capaces de derribar todos y cada uno de los valores que defendían en la etapa que precede a la ejecución de las funciones de gobierno; los juristas que sacrifican la defensa de la ley por las prebendas que les pueda otorgar la popularidad o el servir al más fuerte; los médicos que dirigen su profesión hacia el más puro y duro mercantilismo, olvidando el juramento hipocrático; los policías que se dejan embaucar por los sobornos fáciles, desterrando de su quehacer las obligaciones propias de defensa de la ley; los funcionarios que se saben protegidos y amparados por la legislación y se permiten el despropósito de desafiar permanentemente el desarrollo fiel de las funciones que tienen encomendadas; los autónomos que se mueven en el claroscuro entre el abuso, el engaño y la desfachatez o los empresarios que mueven el engranaje de la economía del país a base de todo tipo de desvergüenzas sin temblarles el pulso.
El mundo de los mediocres puede llegar a ser infinito y estar presente en todas las escalas sociales. Son prototípicos, algunos elementos que son capaces de escalar puestos en nuestra afable y bondadosa sociedad, aplicando la ley del “trepa”, según el diccionario “acción y efecto de trepar”, es decir, aquel sujeto que sube aunque para ello necesite pisotear el cuello de todos los que tenga a tiro y, además, si es necesario humillarse ante los que tienen la potestad de elevarlo, lo hace “el trepa” con sumo gusto y agrado.
Un segundo prototipo es el “mal nacido”, que se materializa del mediocre que jamás agradece nada a nadie porque presupone que todo lo que tiene y tendrá será gracias a su esfuerzo personal, independientemente de sus supuestos mentores, a sabiendas de que lo conseguido ha sido por el padrinaje desinteresado de los que lo han tutorado.
Un tercer escalón lo cubren los imbéciles, que no son capaces de hilvanar una idea por cortedad natural, potenciada, las más de las veces, por el apoyo desconsiderado de otros, mucho más mediocres que ellos, que los alimentan.
Si subimos a un cuarto escalón, nos topamos, sin verlos, con los “invisibles”, los que T. Armando Ribot llamaba “indiferentes”, personas sin alma que pululan a nuestro alrededor y nunca son percibidos por nadie; son los demás los que hablan por ellos, los que piensan por ellos y los que ejecutan por ellos. Son como fantasmas sociales.
Lo bueno de la mediocridad es que es transparente a los ojos de los demás y tomada individualmente es muy fácil de combatir sin demasiadas asperezas, ni dificultades. Lo malo, es que cuando coinciden en masa se convierten en un peligro social de gran calibre, pudiendo llevar a todo un pueblo a la más profunda de las mediocridades en todos los ámbitos colectivos.
Todos y cada uno de nosotros tenemos, por lo menos, un mediocre de referencia, donde podemos contrastar, ingenuamente, nuestro propio potencial de mediocridad acumulado. Una sociedad sin mediocres no es una sociedad completa, al igual que no lo sería sin los intelectuales, los zánganos, los patanes, los ingeniosos o los quijotes; pero aniquilar la mediocridad no le vendría mal a algunas culturas, como por ejemplo, la nuestra.
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José A. García del Castillo
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