Silencio
05.07.06 @ 16:54:57. Archivado en Análisis social, Salud Emocional, Calidad y Estilos de Vida
Creo que esta es una de esas palabras que llega a impresionar por la profundidad que representa y las connotaciones que implica, podríamos pensar que es una palabra tridimensional, con espacios y tiempos encerrados en su significado. En este mundo variopinto donde hay de todo y para todos los gustos, encontramos personas que sacrifican la palabra hablada con votos de silencio como símbolo de integración y paz para consigo mismo, desoyendo el dictado natural de proferir sonidos que puedan comunicarte con los demás. El lenguaje interior de los ascetas o los anacoretas sumidos en un submundo propio que los aísla del mundanal ruido, hace que reflexionemos sobre el poder de la palabra y la comunicación entre personas, cuando ellos tienen el don de poder comunicarse con el Altísimo directamente.
Guardar silencio es algo que nos acostumbran a hacer desde pequeñitos o por lo menos es lo que se intenta. En las escuelas se vocea por parte del profesor aquello de niños guardar silencio y el barullo continúa un poco más hasta que el profesor vuelve a proferir otro grito en el mismo sentido y, poco a poco, consigue que la clase se calle. Esos son los primeros pasos de un largo camino hacia la quietud y la falta de sonidos que estimulen el ambiente. Pero un niño en silencio no es un niño completo, es una forma artificial con la que el adulto intenta conseguir un artificio, para regocijo de sus sentidos auditivos. Conforme crecemos vamos siendo conscientes de la importancia y relevancia de esos momentos sordos, sobre todo, porque hoy es prácticamente imposible estar en sintonía con el silencio.
Los pueblos mediterráneos gozan de buena salud sonora en todos los sentidos, hasta el punto de tener fama de dicharacheros, habladores y comunicativos en grado superlativo, hecho que se corrobora en cualquier lugar, por ejemplo un ascensor. Desde que este invento nos proporcionó la posibilidad de evitar subir y bajar escaleras por medio de la tracción animal de nuestro propio cuerpo, se ha convertido en un distintivo de comunicación en toda regla. Quien sube a un ascensor y se encuentra con varias personas en su interior se ve obligado inmediatamente a romper el silencio que impera con un suave buenos días o similar. Acto seguido el silencio vuelve a reinar en ese espacio reducido y la incomodidad se adueña de todos y cada uno de los ocupantes hasta que alguno rompe a hablar con un parece que hoy no va a llover. Esas mágicas palabras hacen que se materialice el milagro y una sensación de relajación arrope a los viajeros de las alturas. En total han podido pasar unos veinte segundos escasos de mutismo, lo suficiente para alterar los ritmos de los desconocidos en ese breve y obligado viaje compartido. Son muchos los que optan por evitar ir acompañados en el elevador, únicamente por evitar la incomodidad de tener que permanecer catatónicos mirando como pasan los pisos en el indicador luminoso y deseando que esa situación acabe cuanto antes.
Hay lugares y momentos donde romper el silencio se convierte en auténtico sacrilegio, invitando a los circundantes a que te increpen y te llamen la atención por tamaña osadía. Un espectáculo de cine o de teatro, la audición de un concierto de cámara, la homilía de un predicador, una biblioteca, un recinto hospitalario o, simplemente, la noche, cuando se supone que las almas cándidas descansan y duermen para afrontar el día siguiente con renovadas energías. Son silencios obligados que se tienden a respetar y que se perciben como naturales en nuestra forma de vida y en todas las culturas.
Hay asociaciones que son de difícil desvinculación como la de ruido unido a diversión y silencio a paz y recogimiento. En realidad, es muy complicado conseguir el silencio cero, porque siempre existe algo que lo altera, aunque solo sea el canto del grillo en una noche de verano o el viento silbando en un atardecer del otoño. La verdad es que los amantes del silencio no buscan la atonía de la nada, sino el placer de la ausencia de trepidantes sonidos. Lo importante es que el silencio ayuda a escucharnos a nosotros mismos, cosa que olvidamos con demasiada frecuencia.
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José A. García del Castillo
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