Los padres y el bebercio
05.07.06 @ 13:48:29. Archivado en Análisis social, Drogodependencias
He de reconocer que los padres y las madres de este país somos unos santos varones, con unas anchas tragaderas y una armoniosa paciencia, desde el momento que nos pasamos los mejores años de nuestra existencia haciendo acopio de buena educación, vida ejemplar y reflejo inmaculado, para que nuestros hijos, futuros ciudadanos de pro, se nutran de nuestras enseñanzas, y para que el orgullo familiar se lleve como bandera ante la sociedad. Hasta este punto, creo que no se levantan ampollas y todo el mundo estará más o menos de acuerdo a excepción, quizás, de aquellos melindres de cuerda floja que dejan al destino las riendas de lo que otros llaman, con la boca llena, educación de los hijos.
Sin ánimo de hacer historia, desde la noche de los tiempos el hombre se empeña en festejar, a bombo y platillo, la más mínima nimiedad, con el fin bondadoso de espolear las emociones y sentirse a gusto en sus adentros. Los divertimentos han sido y son culturalmente una hazaña perseguible, practicable y asequible, que generación tras generación se cultiva de forma sistemática para bien de todos. Desde que se averiguó, por puro azar, que la fermentación de la uva producía una bebida agradable que enjuagaba el espíritu, no se ha dejado de utilizar para todo tipo de celebraciones, los griegos para glorificar a Dionisios, los romanos a Baco, los pueblos mediterráneos para acompañar los manjares, los cristianos en la eucaristía como símbolo de la sangre de Cristo. Las fiestas que ensalzan el vino son tantas y tan variadas como los pueblos y las culturas de todo el mundo, ejemplarmente tendríamos en Francia la Bordeaux fête le vin; en Italia el festival Douja d'Or(zumo de oro) precedido por las carreras de caballos, al estilo de lo que en España sería los Caballos del vino de Caravaca de la Cruz; también en España la Batalla del vino de Haro o las fiestas de la vendimia que se reparten por toda nuestra geografía; en Alemania la elección de la Reina del vino y la lista sería demasiado larga para enumerarla al completo.
La juventud lleva a cuestas el estigma de la sinrazón y por mucho que nos queramos empeñar en deshacer el entuerto, un joven luchará por mantener vivo el espíritu aventurero, la independencia y, por supuesto, vivir el riesgo por la trasgresión de la norma. En los días que nos ha tocado vivir, donde las nuevas tecnologías lo inundan todo por doquier sin ningún tipo de miramiento o pudor, se ha simplificado infinitamente el poder ponerse de acuerdo, a golpe de botón, miles y miles de personas para el fin más abracadabrante que podamos imaginar, como es ahora la moda de batir record a base de concentraciones de jóvenes con el bebercio en la calle. Este acontecimiento puede llegar a estremecer a miles de padres por lo que supone de agresión al sistema, porque es ilegal, o de preocupación por las consecuencias de beber desenfrenadamente hasta que el cuerpo aguante.
Para ellos, los jóvenes, es una delicia conseguir grandes bullas para burlar lo previamente establecido en el orden social y divertirse a costa de grandes riesgos presentes o futuros que le son indiferentes; para nosotros, los padres, se convierte en una auténtica pesadilla el pensar dónde estarán nuestros vástagos a altas horas de la madrugada, sabiendo a ciencia cierta, que pueden estar asistiendo de forma activa a uno de esos megabotellones de moda. Ni unos ni otros vamos a llegar a un acuerdo razonado, básicamente porque los intereses están encontrados.
¿Qué solución se me ocurre para regular el bebercio? En principio ninguna es buena, porque las prohibiciones pecan de represoras y se hacen insoportables, los castigos son aciagos y merman la confianza y la relación sana, los sermones se convierten en moralinas y no llegan a calar ni la primera capa de los adolescentes. Se me ocurre que quizás lo más sensato sea echarse a la calle y participar de la movida en compañía de los nuestros, porque estoy seguro que en cuanto nos vean llegar al botellón, vestidos de traje y corbata, huirán como a quién le persigue la peste, antes de verse involucrados en tamaña concentración de carrozas. Si se animan al experimento, solamente es cuestión de pasar el mensaje por el móvil a todos sus conocidos, al igual que hacen ellos, y secundar su convocatoria como uno más del grupo.
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José A. García del Castillo
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