XXIII (Fragmento)
20.05.08 @ 21:04:45. Archivado en Nullius in verba
[…] Dudé pero, lo sé, quise besarla. Lo intenté. Pero evitó mis labios refugiando su cabeza en mi pecho y sentenciando entre gemidos y suspiros.
−No quieras robarme ahora lo que nunca has querido darme.
Las Vísperas del Corpus eran el día grande. Más importante, para nosotros, que el día de la fiesta en sí. En los años anteriores siempre habíamos logrado alcanzar la magia de las auténticas noches locas, esas en las que todo está permitido, todo vale y el listón del límite desaparece con la excusa de que la enorme resaca del día siguiente hace olvidar hasta los resquemores de la conciencia. Y eran brutales.
Alcohol sin medida, guiños a la indecencia y a la moralina toledana que provocaban llamadas a la policía y persecuciones por cuestas y recovecos. Placer, bastante lujuria con los ojos cerrados para no ver la cara de la piel que se palpaba, amaneceres mezclados con vómitos y excrementos en cualquier esquina en la que, abandonados cada uno a su suerte, se acababa semiinconsciente para despertar en el calabozo o en urgencias del ambulatorio, alguna que otra vez y alguno que otro por las palizas propinadas por los defensores a ultranza de la citada moralina. Pero… nadie nos quitaba lo bailado.
La conjura, para iniciar el aquelarre, se localizaba a media noche en Los Candiles, la vieja taberna de posguerra, que algunos situaban en los confines del decimonónico siglo, y en la que a través de su vino dulce, embocado, meloso como los propios besos, se hacía acopio de magia suficiente para vivir la más hermosa de los experiencias de la lucidez. Esa lucidez, plácida y loca a un tiempo, que, capaz, ella sola, desarraigaba y desgarraba del corazón la poesía y los sueños. Los más turbios conciliábulos de los poetas malditos, se evocaban en una orgía, incruenta, de poética sangre y verso, nuestro dios becerro dorado y adorado en aquel templo de la baraúnda del morapio. Sabroso morapio el de Los Candiles. A partir de ahí, la noche del Corpus era la escalera al cielo. Al infierno para no plagiar la oración de Page.
Decidimos prologar aquella última estación de nuestro imperial vía crucis de expiración a la hora del aperitivo en el Café Español. Queríamos, como tantas otras cosas quisimos, rendir nuestro último homenaje a aquel templo del más rancio modernismo que nos acogiera tras sus cristaleras en nuestros momentos más existencialmente críticos. Bajo su sixtina bóveda de Centauros, y su luminosa araña, Aracne tejedora de nuestros más espléndidos pecados, mamamos de la sordidez de un café de cinco duros esperando que la lluvia limpiase los adoquines de la Plaza. Y lloramos, en sus butacas, amores a cientos, causas perdidas en nuestros noveles corazones recién paridos al mundo de los sentires y las sensaciones, al placer del roce y la caricia, de las lánguidas miradas tras las pestañas, a la lágrima del adiós remoto y la sonrisa tierna, al dulce beso de unos labios cerrados como los ojos… Ese fue el Español. El recodo donde doblamos en dos unas fantasías asimétricas que nunca encajaron sus piezas dentro de nosotros. Ni nosotros en ellas. Ese fue el Español y por eso demolieron sus techos y sus frescos, sus paredes, sus doradas pasamanerías, sus bancos de carruaje, sus mármoles de cementerio y sus papeleras llenas de versos, para que no quedase resquicio alguno de su modernista lucidez en la puta mierda en la que estaba a punto de transformarse: un banco.
Como sabía de antemano lo que iba a suceder, y me había propuesto que no sucediese, prolongué la hora de mi aparición. Sabía que si la cerveza realizaba un tempranero acto de presencia, la media tarde podía ser muy peligrosa y la noche una desgracia. Y me había propuesto, por encima de todo y de todos, cumplir, por una vez, mi palabra […]
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Cuánta melancolía, cuántos recuerdos y deseos y que bien reflejas tu contraste dulce-amargo, áspero-suave, duro-sensible, etc...
Besos
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