Aires de Gloria (Capitulo VIII. Fragmento)
16.03.08 @ 04:35:37. Archivado en Nullius in verba
Habíamos llegado al café. Hermoso y viejo café plagado de viejas palabras vagando entre las patas de sus viejos bancos y sus viejas sillas de cuero viejo. Viejas evocaciones de poetas y dramaturgos campando a sus anchas entre platos, tazas y cristalinas jarras de agua. Copas de anís. Poleos, tés, tilas y manzanillas con pastas pasteleras cubiertas de vivos colores de fresa, menta o chocolate. Capuchinos, es la moda, natas montadas sobre espesos aromas de malta y achicoria. Rancios camareros, valleinclanianos de época, ataviados, al estilo de la vieja usanza, con largos mandiles y levitas. Y en su esencia, humo nebuloso que los ojos ciega, suspiros vaporosos poblando el aire de sonetos, quintillas o serventesios, almas y lunas, despojos tibios del Gato Callejón, jugando al juego de la danza esperpéntica. Tiempos lúcidos, los otros, los de los viejos mancos de floretes y bufandas, oro viejo de siglos caducos, de sonatas y maitines en las tertulias del alba.
Gloria, en silencio, recordaba al triste y trágico Luisete. Tomó mis manos por encima de la mesa y sus ojos pidieron a gritos que le hablase, que le contase los cuentos inacabados y nunca escritos de un personaje de ficción que compartió con nosotros los hálitos de nuestra lúcida historia de los callejones, ficticios, como nosotros, reales como la vida que se le fue en un suspiro, mejor sin un suspiro, del último aire que intentaba respirar.
¿Te acuerdas del Jacaranda...? Las tardes de Mediterráneo, con el tercio de cerveza y la ración de pan y queso, cuando había pasta. Yo escribiéndole poemas a la rubia, la dueña, y vosotros tarareando una y otra vez, una y otra tarde, los estribillos. Nos sabíamos el disco completo de carrerilla. Lo teníamos anclado al corazón y llorábamos cada uno con una canción distinta. Yo con Tío Alberto, aún lloro después de… treinta y tantos años al escucharla. Tú llorabas con Lucía, tu canción, y Luís con el Mediterráneo que nunca pudo ver ni escuchar fuera del disco. Lágrimas de un silencio y de una esperanza perdida de antemano. Llantos, siempre llantos, de rabia, de odio, de dolor, de silencio, de melancolía, de duda, de sentimiento, de sufrimiento, de amor... de muerte. Si, también de muerte, a pesar que siempre dijimos que no nos afectaba, que la teníamos asumida en nuestra marxista filosofía de una vida abocada, sin remedio, a su encuentro. A pesar de nuestro vivir descreído de todo, por todo y hacia todos, nos tocó de cerca y nos hizo sangre, y a él más. Y la expulsó a borbotones por su pequeña boca incapaz para el insulto o la mentira. ¡Qué pena de muerte! Si no la miras de cerca parece que no es otra cosa que un mero avatar cotidiano, cercano, muy cercano, pegado a cada uno de los actos de la propia existencia. Convives con ella en cada instante. La ves, la lees, la escribes, la dibujas, te la mezclas en las noticias, las películas, novelas e incluso te atreves con ella en los poemas a poetizarla cual hermosa musa del Parnaso. Nunca nadie se atrevió a imaginar nada, llámesele como se quiera, en la que no estuviera presente. Somos la cultura de la muerte por vicio. Revisas la historia buscando datos, errores de los que aprender, y solo encuentras horrores, miles de miles de millones de muertos, no naturales por supuesto, alfombran la cumbre de la civilización que nos creemos que somos y en la que seguimos matando y matando, sin mas, creando y recreando cotidianamente muerte con una normalidad tan pasmosa y habitual como el mismo horror que, decimos, nos produce. Día a día me pregunto, como una oración al levantarme, en que punto de nuestro pasado nos jugó la genética una mala pasada cambiándonos el gen de la vida por el de la muerte y quedándose tan a gusto. Que es lo más grave. ¿Qué especie tan repulsiva es capaz de sobrevivir a su propia carroña y seguir creando? Carroña, claro. El dolor aparece sólo cuando te mira de frente. Mientras tanto no es dolor. Es compasión, vergonzosa, por los pobres caídos, víctimas de guerra, daños colaterales, de hambre o de catástrofe ¿natural? De miseria creada y esparcida a diestro y siniestro como el ventilador esparce la mierda. Y... ¿Qué más nos da? Continuamos con nuestra cotidianeidad cotidiana jugando a sentidos sentimientos de defensa de una vida, incluso neonata, mientras soportamos compungidos, pesarosos y arrepentidos como la muerte se come, con inmensos y tremendos bocados de fiera, al grupo de los débiles, esos, que en conciencia, nos dan tanta lástima. Despreciable.
Me llamó su hermana por teléfono y me lo dijo de una forma seca y descarnada: “Luís se está muriendo”. Hacía un par de meses que había estado con él en Toledo. Nos veíamos de vez en cuando, más de cuando que en vez. Tampoco podía estar allí todos los días. Esa era mi excusa. Nunca soportó mi abandono y vuestro desprecio. Bueno... tú no le despreciaste, aunque tampoco hiciste mucho por él, pero Juanjo... le dejó completamente tirado. Sí, como yo. Pero yo tenía una razón, ¿o no? Siempre tendré que cargar con esa duda. “¿Dónde está?”. ”En casa, hace tres días que le echaron del sanatorio”. La puta vida nunca le dio una puta oportunidad. Ni nosotros tampoco. La miseria se ancló desde niño en sus entrañas y se comió los mocos con patatas. Con pocas patatas. Cuando lo conocí andaba por Zocodover intentando no robar ni pedir, pero robaba y pedía. Se humillaba ante los guiris en Cuatro Calles esperando algún descuido que le hiciese rico por unas horas y, además, era tan tonto, que si lo conseguía, alguna cámara de fotos, de vídeo y poco más, le engañaban los chorizos profesionales y le daban cuatro duros que no le llegaban ni para un bocadillo. Si le sobraba algo, se lo llevaba a su madre. No sabía contar, me dijo una vez, ni falta que le hacía. ¿Para qué? Es tan difícil contar la nada... No sé porque le llevé a mi casa. “Si me robas algo te mato a hostias”. Esa fue mi bienvenida. Comió de lo poco que había, yo tampoco era precisamente Onasis, y se quedó dormido en el sofá con los muelles clavados en la espalda. Me inspiró alguno de esos poemas sociales, crudos y crueles, que me gustaba escribir en esa época. Con el tiempo se me hizo imprescindible. Era mi alma gemela, esa sombra silenciosa que te acompaña a todas partes, que está, sin estarlo, siempre a tu lado y solo te das cuenta que está ahí cuando tose o estornuda. Lo llevé a mi casa, al pueblo, y mi madre lo cuidó como a otro de mis muchos hermanos. Me llevó a su casa, por llamarlo de alguna manera, y comprendí lo que era la pobreza, la auténtica. ¡Y yo me pasaba la vida quejándome...! Su madre vivía en una casa, chabola, heredada de su padre, con una ayuda social de cuatrocientas pesetas al mes y no recibía nada de cáritas o de la parroquia porque era la viuda de un rojo. Nunca me he sentido tan orgulloso de ser rojo. Y pobre, aunque no tanto. También tenía una hermana, mayor que él, que se buscaba la vida con sus propios recursos y tenía bastantes, según me contaba. Solo la vi un par de veces y nunca comprendí porque me odiaba tanto. Tal vez fuese porque, con todas mis fuerzas y el amor de mi seco corazón, intenté que Luís fuese, simplemente, una persona. Creo que, hasta cierto punto, lo conseguí, al menos durante algún tiempo.
–¿Llegaste a verlo vivo?
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Eres libre cuando escribes. Eres la misma naturaleza, con su fuerza, con su garra, con la violencia de un animal salvaje que se hunde entre el regazo de su madre para tomar de su leche y recibir su calor.
Eres el viento cuando sopla fuerte, para que aún recuerdes que estás vivo.
Eres la lluvia arañando la piel hasta quebrarla absorviendo después la sangre que fluye dentro, que parecía estar inmovil una eternidad.
Eres el sol que arde en el cabello de una dama cuando juega con el lazo de su sombrero a la orilla del mar.
Eres la furia de las olas golpeando cada roca y cada herida, reflejada en el deterioro de un recuerdo.
Eres...
La creación de una vida a lágrima viva, en ...
Describes la vida y la muerte a un paso. Realmente precioso. Gracias
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