Aires de Gloria (Capítulo XVII)
30.01.08 @ 02:29:47. Archivado en Nullius in verba
«Pon tu frente sobre mi frente y tu mano en mi mano.
Y hazme los juramentos que romperás mañana.
Y lloremos hasta que amanezca...».
Vamos, una a una, a romper todas las cuerdas que nos maniataron y amordazaron. Vamos, desnudos, a destrozar el verso, la palabra dormida a los pies del fracaso, esclava del esclavo y dueña del mañana. Vamos, vayamos, allí, el último rincón del destierro infinito, al lugar infame en el que nunca pudimos robar los besos, en el que nunca, con sangre, pudimos escribir los sueños que, a escondidas, pintamos al amanecer. Vayamos, no te detengas, camina hasta alcanzar la línea vieja del horizonte. La nueva nunca será tuya, ni mía, ni nuestra. Siempre estará al otro lado.
Vamos a romper, lo pide el aire, todas las promesas, a dejar entre los dedos sólo arena, para saciar nuestra sed. Porque el tiempo del retorno ya es pasado. Las miradas se eclipsaron con la aurora y rompieron, sin piedad, el brillo tenue de los espejos, la luz dorada de las caracolas y el canto triste de los vencidos. Porque ya es pasado siempre y mañana sólo es el andén de una estación. Sin encuentros ni despedidas. Porque ya no hay tiempo tibio en que mirarse, ni perdones en la puerta del infierno. Ya no hay nada. El mar, tan solo, y sus sirenas dormitando pesadillas, el viento desprendiendo los cristales y el miedo describiendo su epitafio. Nada. Nada que llorar cuando amanece. Nada. Nada que escribir en las ventanas. Nada. Nada que jurar ni nada que romper, nada que pedir ni mendigar, nada que escupirles a la cara que el viento no devuelva a nuestras manos. Nada que perder. Nada que rezar. Nada que mentir. Nada que soñar.
Aquel cuento que Gloria pintara en mi memoria, no es el aire de un encuentro interminable, impredecible, inconsolable. Aquel Aire de Gloria es un cuento inagotable que me escribo, a escondidas, que me cuento, en mis propias mentiras. El Aire de Gloria sólo fue eso, aire. Y se lo llevó el viento. Conmigo dentro.
Porque el viento describe su adiós en las paredes, su epitafio de sangre cuando lloran los niños, desnudos en la madrugada, su llanto miserable de gato abandonado. Así cierran los locos la puerta de la historia. Creyéndose inmortales, creyéndose invencibles, reflejo sobre el agua, con un rito de insomnio, prendidos a su noche. Y no lloran. Vuelven sobre sus pasos de frente y por la espalda, de cara de costado buscando lo imposible, dando vueltas al mar, ahogando tempestades, desconocidos puertos donde anclar sus despojos. Así cierran los locos los ojos cuando sueñan. Creen en las promesas que nunca realizaron. Ponen sobre sus manos el pan y sus migajas suplicando desprecio, suplicando el amor que nunca declararon, que nunca prometieron, esperando que vuelva. Y no lloran. Tan sólo se desangran solos en la madrugada. Gritan, rasgan sus entrañas de azúcar y escarlata pintando en las ventanas sus sombras moribundas, preguntando respuestas y esperando susurros... Pero no hay pasión ni compasión para sus ojos cansados, miradas que encontrar doblando las esquinas, risas por descubrir, ni labios donde posar un tibio roce, azul, sin esperanza. Las lluvias del otoño, muy cercano a sus sueños, rompieron las palabras. Así escapan los locos del fondo de su historia. Escriben epitafios a escondidas. Cuentan, una y otra vez, las cuentas del rosario, de dos en tres, de seis en siete, desgranan su salmodia con lenta pesadumbre. Y se mueren solos. Derraman, al final, una sórdida lágrima, etérea, que se esfuma. Y piden al amor que no les abandone. Que al menos sobre su tumba deshoje su plegaria, que al menos una vez mientan y depositen, al lado de su miedo..., un beso, una caricia. Sólo por caridad.
«Y hazme los juramentos que romperás mañana...».
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