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Callejón de los Dos Codos

Permalink 04.09.07 @ 02:21:34. Archivado en Nullius in verba

Desde el fondo del viejo callejón apenas pueden las estrellas rebasar los aleros carcomidos del tejado. Abocadas el vacío, las tejas contemplan a sus pies el brillo macilento de las piedras engarzadas y aferradas al suelo, escribiendo, en arcanos mensajes cifrados, los resquicios que la historia ha recopilado bajo los pasos que durante siglos hoyaron y pulieron sus aristas. Nada queda al azar. Desde el principio de la cuesta, que perfila un perfecto marco de contraluz sobre el fondo de Alfileritos, un suave tobogán se desliza hasta el esbozo de plaza que dibujan sus cuatro esquinazos. Remanso intenso de paz entre la maraña de callejas, pasajes y pasadizos que desde los Cobertizos desemboca su insinuante sinuosidad en la cuesta del Cristo de La Luz, mágico y exótico entorno en el que se entremezclan, en armonioso y hermoso mestizaje, las sangres que el tiempo quiso amalgamar bajo sus herraduras. Mezquita del Cristo de la Luz. Le falta sinagoga al nombre pero, seguro, la tiene. O al menos jardín judío

Los momentos, ese tiempo único que te hace ser distinto al menos unos segundos, te asaltan detrás de cualquier esquina. Una luz, un aroma que se pasea a tu lado, un mirada que se difumina tras un simple reojo, apenas un guiño, un roce de un cualesquiera desconocido..., un mínimo impulso imperceptible que desboca tu caótico corazón que se desorbita y se acelera sin ningún sentido, cualquier cosa capaz de cambiar de dirección, el rumbo de tus pasos para encontrarte, sin quererlo, caminando hacia otro lado distinto al que tienes intención de ir... Así volví al Callejón. Buscando un algo, un alguien, desconocido, que sabía que no me esperaba y estaba seguro que no iba a encontrar. Pero nada ni nadie, en ese instante, me podía apartar de un camino, prefijado en mi mente, que ya estaba trazado tiempo atrás en mi memoria.

Apoyado en la esquina, frente a la puerta que años atrás tantas veces abrió sus batientes para acogerme en su fresco patio, en los brazos de sus entumecidas y casi arcaicas maderas que crujían bajo mis pasos de retorno, podía vislumbrar un trozo de cielo con el guiño intermitente de Deneb enamorándome. Nunca antes había escrito en la negrura del manto el álgebra de su poesía. La luz del fanal mecía mi sombra y una anciana sensación de tiempo inmemorable retrajo mis recuerdos en la noche. ¿A quién buscaba?

El embozo de una capa, el perfil de una gola y un sayón, el tintineo y el brillo de una espada retrotrajo mis sentidos a otro instante. Tras la reja de un balcón unos ojos brillantes auscultaban los deseos de la cuesta. Susurros en la noche quemando el aire, besos, caricias enfebrecidas, dedos buscando pieles bajo el frufrú de las sedas y los volantes de los vestidos. Uñas y dientes mordiendo y arañando sangre y sal en los labios, dejando en la boca el sabor inmenso de las almendras amargas. Párpados cerrados sintiendo el aire agitado en el pecho, suspiros, quejidos rasgando el silencio roto y dolor intenso clavado a fuego en las pupilas. Efluvios y aromas del azmicle embriagando la bruma que en su espesura duerme ocultando las estrellas. Pasión eterna perdida, en un instante, placer oculto que se escapa por las yemas de los dedos. Después, nada. Apenas una lágrima piadosa recuerda que no está lo que buscaste.

Mis ojos se posaron en el viejo y pequeño mirador acristalado. Aquel que en otro tiempo posara en mis papeles la tinta azul de mis poemas. Miradas rebuscadas y casi nunca encontradas. Sueños rotos y desparramados por debajo de la vieja y destartalada mesa camilla. Los pasos descalzos de Gloria resonando en la tarima, tarareando una nana para dormirme en sus brazos, marcando con sus dedos el ritmo de los versos, la cadencia y el son. Pablo, Federico, Miguel, Manuel, Rafael... Todos juntos al unísono clamor de una voz cantando el Romancero, cantando el Marinero o la Canción Desesperada...

Jugó mi tiempo su partida. Jugó a ser un volcán entre mi piel erizada, llena de recuerdos y placeres rotos en la ventana de la casa vacía. Lentos, los pasos de vuelta, fijaron su retorno. Lentas las voces de la noche rompieron su silencio. Al borde de la cuesta desanduve el camino con la mirada. La magia acumulada en sus esquinas conjugó, absurdo, el tiempo de los milagros. La luz macilenta del fanal bajo el alero, esbozando una sombra en el espejo del mirador. En la hamaca de mimbre se mecía, frágil, la sonrisa desnuda y el brillo tierno de unos ojos intensos. Era tu mirada. Lo sé. Y no creo en los milagros.

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Antonio, que tal, me gusto mucho tu relato. Yo tambien vengo de Taller de escritores, de iniciacion, es bueno poder leer obra de otros compa;eros que no sean del mismo curso.
Yo desde junio comence un blog tambien es una experiencia un poco subreal pero muy enriquecedora.
mi blog
elapapacho.blogspot.com/
Enlace permanente Comentario por un monton de palabras 25.09.07 @ 22:27
No me ha parecido, precisamente, callejón, sino ancha avenida este lugar donde uno aprende pronto a gustar de tus textos, amigo Antonio.
Te llamo «amigo» porque, aunque no lo seamos aún, me gustaría contarte pronto entre los que tienen la virtud de aguantarme.
Enhorabuena por tu trabajo, fino, elegante -pero «a pie de obra»-, documentado y barroco en el mejor de los sentidos.
Soy José Antonio Carbonell, compañero del Taller de Correctores, y, desde ahora mismo, admirador y amigo.
Me tienes en: jacpla@hotmail.com
Te seguiré leyendo.
Un abrazo.
J.A.
Enlace permanente Comentario por José Antonio 05.09.07 @ 20:01

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