Caramelo...
13.06.07 @ 02:22:59. Archivado en Nullius in verba
Descubrió, sentada en la orilla, que los gestos tibios del agua, sus guiños y sus requiebros, apenas pintaban de gris la plata de los reflejos del alba.
Cada mañana refrescaba sus pies y sus sonrisas arropada por el arrullo fresco del arroyo adormecido que lentamente serpenteaba entre los guijarros. Su piel, desnuda, alborotaba el cálido canto de los verdejos y las oropéndolas. Miraba al sol tejiendo un mapa de luz y de armonías que se desperezaba entre púrpuras bostezos y turquesas desgajados. Y el gélido céfiro, desperdigado en sus poros, enervaba sus placeres hasta el borde del espasmo. Nada era que no fuese y ya no hubiese sido. Todo era placer y sensación, goce irrefutable de los sentidos, naciendo con la aurora. Era luz y era deseo.
Quiero –me dijo– amanecer cada momento. Perturbar con sangre los misterios, ceñir mis pechos de caricias, mis dientes y mi piel de caramelo, dulce como el almíbar. Quiero ser deseo. Placer de los sentidos y fuego en las miradas. Dolor bajo las yemas de mis dedos, pintando de colores las mañanas. Ser miel al borde de los labios, azúcar derramado de mi vientre, aromas y ambrosías del oriente, empapando mi pelo y mis entrañas. Y dejarme tras de mi los manantiales, manando leche y ríos de melaza, derramar a gritos con mis manos, suspiros de deseo y néctar de las flores.
Eres, luz que brota y armonía –le dije–. Música que enaltece delirios y locuras. Calor que en los cuerpos se desprende cuando de ti reciben caricias y estertores. Eres sangre que brota de los labios que se muerden, retazos de la piel entre las uñas. Eres jugo y sudor, sal y saliva seca en la boca sedienta, sabores del azmicle y de acíbar.
Descubrió, al borde del ocaso, que el día ya no era un tiempo de verdades. Sintió las luces moribundas de la tarde jugando a las estrellas con su luna. Y se sintió perdida. Navegando al trasluz de las miradas con sus sueños prendidos de las pestañas. Pintando los colores del crepúsculo de miedos y lujurias. Sin tibias esperanzas que endulzaran sus pasiones. Se sintió muerte. Juego de contraluz y de desdicha, recordando los tibios gestos del agua sin guiños ni requiebros. Y trajo a su memoria los recuerdos del mar que la sedujo en caracola, naciendo de su vientre en un instante en el lugar en que rompen las olas sus espumas. Brotando desde el fondo del abismo.
Y se fue con la noche. Me dejó en los ojos su piel de terciopelo y apenas un susurro y un destello, en forma de caricia luminosa, pintado con el dorso de sus dedos.
Se fue al ocaso y al filo de la mañana a sentarse, hermosa, al borde de la luna.
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