Aires de Gloria (fragmento III)
19.05.07 @ 01:12:23. Archivado en Nullius in verba
En la calma posterior a la tormenta, en este caso a la batalla, sólo quedó un casi silencio rítmicamente movido por el traqueteo del tren. Los supervivientes apenas nos miramos, quedaron, quedamos, cada uno pendiente de un honroso armisticio, sin preocuparse, como tantos cientos de veces, miles de veces, de recoger los cadáveres diseminados por el sangriento escenario, aparentando una total indiferencia por el que se queda herido, moribundo, sentado a tu lado, hombro con hombro, en los incómodos bancos, que no asientos, del vagón. Todo se vuelve anónimo e insípido. Cabezadas somnolientas, bostezos, rápidas miradas a los relojes, a las ventanillas comprobando el nombre de las estaciones, reojos al periódico del vecino, al título del libro que lee la del asiento de enfrente, soslayos a su escote o a su entrepierna...
momentos desperdigados en la cotidianeidad de un tiempo muerto en el que nunca hay un entrenador que marque las jugadas, la estrategia a seguir en el momento clave del partido, al fin y al cabo no hay equipo, sólo individualidades que no tienen claro si buscan el triunfo final o sólo desean que todo acabe cuanto antes, los tres pitidos del árbitro que indican que hasta aquí hemos llegado, aquí paz y después gloria y cada uno a su casa que es donde mejor se está. Y seguimos siendo anónimos, cada cual con su existencia sin tener la más mínima idea de lo que tiene en la cabeza nuestro vecino, circunstancial, de viaje, el o la que se aprieta contra ti y traquetea a tu mismo ritmo, el ritmo que te marca el tren con su vaivén, que no aúna ni divide, simplemente mece y adormece. Y en el juego de las preguntas, de ser un algo qué sería, no sirve sino una adivinaza que te planteas en un intento fugaz por detener el tiempo que te arrastra hacia el final, cada vez más cercano, del túnel.
De ser un algo qué sería el subsahariano o magrebí o puro africano ¿quién sabe de puras razas? que con mirada ausente y ojos infectados en sangre mira hacia el techo, sueña con el elíseo que vino a buscar en el norte abandonándolo todo, familia, amigos, cultura, miseria, para encontrarse en el más puro estado de abandono en un vagón de metro que no sabe a donde le lleva porque no tiene a donde ir, o tal vez evoca su travesía del Estrecho a bordo de una patera, rodeado de muerte, entre gigantescas olas. ¿Tanto para tan poco? Produce escalofríos pensar en la situación, los que vienen, cómo vienen, y, principalmente, cuántos vienen. Y los tintes racistas que se desprenden ante tal coyuntura... Espeluznantes. Barrios completos copados por desarraigados de sus nativos pueblos, con las correspondientes fobias, sectores productivos en los que la mano de obra es únicamente foránea, con las correspondientes críticas, a pesar de que los vernáculos se niegan a ocupar esos puestos de trabajo, demasiado humillantes para una sociedad con un exorbitado porcentaje de población laboral viviendo a costa del estado pesebre.
Y los redentores del linaje de la estirpe con el grito en cielo ante la invasión de brunos, agarenos, pajizos, híbridos, morenos, mestizos, desarrapados en general totalmente inclasificables, que ponen en peligro la virginidad de sus bien planchadas hijas y temen por su estatus a pesar de que sus mandamases les transmiten órdenes constantes de integración, falsas como el alma Judas, para captar lo único que les interesa de su anodina existencia: sus votos. Que ya son válidos y, al fin y al cabo, valen lo mismo que los de cualquier funcionario civil del estado. Y nadie se inmuta, nos inmutamos, ante el terrible drama que, día a día, con una cotidianeidad pasmosa, transcurre ante nuestros ojos. Primero argumentamos medidas para que no salgan, acuerdos con sus gobiernos para que les impidan el periplo del auto aniquilamiento, el viaje hacia la muerte a bordo de una almadía agujereada como un famoso queso en la que los instintos asesinos de supervivencia pueden llegar a la antropofagia. Patético. Cuando su regreso del infierno toca a su fin, un horizonte de miedo se abre ante sus ojos.
Al fin y al cabo cambiar la muerte por el miedo no deja de ser una esperanza, vana pero esperanza. Algunos han propuesto mandarles al ejercito para impedirles desembarcar. Yo propongo algo más fácil y práctico, bombardearlos directamente desde los acorazados o fragatas o lo que sea, así, seguro que no desembarcan. Y de paso nos ahorramos todos los gastos de atenderlos cuando desembarcan, en la más completa inanición e hipotermia, para, tras unos días de tenerlos encerrados como ovejas, devolverlos en avión a su origen, más gastos, para que en cuanto aterricen, si no los mata directamente la policía de sus estados correspondientes, vuelvan a intentar el camino del infierno. Eterno retorno.
Pero con estos no contaba Nietzsche. ¿Hasta dónde puede llegar la puta conciencia, la moral de confesionario y comunión? Que no se queda ahí, por supuesto, que no es sólo por la parte derecha del pastel por la que comen los gusanos. Una cierta “hiprogresía” completamente amoral fuera de cualquier canon que no sea la pura apariencia y la conquista del estatus, también es convicta y confesa de semejante apostasía. ¿Quién puede tirar la primera china, o roca para hacer más daño, salvo aquellos cuatro que luchan, con un tesón digno de mulas, por desterrar la miseria de este mundo miserable? Recuerdo vagamente la teoría de una admirada, y ya lejana en el tiempo, profesora de Historia Antigua.
Un milenio y pico de cultura sumeria, un imperio que arranca en la mítica Uruk hacia el 3.500 a.C. y se asienta con todo su poder en todo el universo histórico conocido hasta el momento. Ni semita ni indoeuropeo, tal vez aborigen según las últimas teorías, pero desconocido al fin y al cabo. Sus raíces se pierden en el fondo de la historia pero son capaces de de montar el primer tinglado realmente histórico de nuestra civilización, el primer imperio asentado con unas estructuras sociales que perduran durante mas de mil doscientos años, y en el que, según sus propios textos, la realeza desciende del cielo originando reyes míticos como Alalgar o En-Men-Ana de Eridú o históricos como el cuarto rey de la primera dinastía de Uruk, el más que famoso Gilgamesh de la epopeya. Pero resulta cuanto menos curioso que sobre el 2.332 a. C. un copero, el que lleva las copas para dar de beber a su señor, e hijo de un jardinero, de Ur-Zabada, rey de la cuarta dinastía de Kish, unifique todo el poderío de las ciudades sumerias bajo su mano y extienda su poder por toda Mesopotamia llegando hasta la actual Turquía en lo que se conoce como Imperio de Akkad o Acadio, por la ciudad de Agadé. Su nombre es Sargón y lo más asombroso de toda esta historia es que su origen es semita, de otra raza distinta, con otra lengua distinta, creyente de otra religión.
¿Puede un copero, de la noche a la mañana ser el rey del imperio más grande conocido en el tercer milenio antes de nuestra era? Al contrario de sus, hasta ese momento, señores sumerios, los semitas acadios si tienen, más o menos, identificado su origen; proceden de la Península Arábiga y no llegan al Creciente Fértil, Mesopotamia, por casualidad. Atraídos por la prosperidad de las ciudades sumerias, la riqueza de su cultura y la fertilidad de sus campos, comienzan una lenta migración, posiblemente desde finales del cuarto milenio, que desemboca, tras más de ochocientos años, en un rey, usurpador según la historia, de su misma sangre, lengua y religión, Sargón I. ¿Serán necesarios ochocientos años para encontrarnos, sí, aquí en nuestro país o en uno de los de nuestro entorno, si bien nosotros tenemos todas las papeletas para que nos toque primero, un presidente del gobierno (porqué no un rey) de origen latino, eslavo a magrebí? ¡Ahí está la historia!
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