Orquesta Sinfónica Iuventas
28.01.07 @ 04:01:41. Archivado en Reflexionando

Hay otros jóvenes. Perdón, vaya por delante mi exculpación y contrición ante los que, muy probablemente, se sientan zaheridos por la comparativa. No es mi pretensión crear litigios sobre un tema tan escabroso, escalofriante, casi escatológico y completamente ilógico −aunque sea la lógica de un ámbito asocial, maltrecho, el que lo haya provocado− como es el tema de los jóvenes, y no tan jóvenes, de Alcorcón. Repito, sin acritud, hay otros jóvenes que no son los de Alcorcón.
Su media de edad son veinte, dos o tres arriba o abajo. Estudian una o varias carreras de lo más dispares, no viene a cuento, pero tienen algo en común: son alumnos, todos, de grado superior de cualquiera de los múltiples conservatorios que pueblan el suelo patrio. Hasta ahora ningún mérito..., bueno, salvo el de conseguir plaza en dichos conservatorios, en el grado superior, que no es “moco de pavo” precisamente. Se llaman Andrés, Elena, Pedro, Noelia, Ingrid, Ernesto, Guillermo...
¿Y qué, se estará preguntando más de uno? A eso vamos. Además de su obligación de estudiar y practicar varias horas al día con sus instrumentos, porque todos tocan alguno, luego se juntan y ensayan. Los sábados por la mañana, los sábados por la tarde, los domingos por la mañana, los domingos por la tarde... Y proceden, cada uno, de donde “Dios les dio a entender”, por lo que para poder ensayar, todos juntos, se buscan la vida para llegar al punto exacto, a la hora exacta. Solos, en transporte público o varios en el coche de uno, en los coches de sus padres o familiares, que tienen que hacer el correspondiente esfuerzo para que, los días de descanso, cuando mejor se está en casita, o en al campo o donde cada uno mejor sepa disfrutar, ellos, sus hijos, puedan llegar a Madrid a ensayar con sus compañeros. Ya va teniendo más mérito ¿no creen? Ensayan todas las semanas varias veces ¿ya lo he dicho? a las órdenes de Rubén, su director que, con su aspecto de padre, consigue que suenen como lo que son, un orquesta sinfónica. La Orquesta Sinfónica Iuventas.
Y tocan a Mozart, a Beethoven, a Brahms, a Schubert, a Verdi... Y tocan con la deliciosa magia que hace brotar los sueños, unos sueños de futuro ejecutados con sus dedos deslizándose por la cuerda, por el metal, por la madera... Y tocan gratis, sin recibir nada a cambio que no sean los aplausos entusiastas de sus familiares, amigos y compañeros, que son los casi únicos que asisten a sus conciertos. Y además son solidarios, ceden a otros lo poco que tienen...
Ana, Marta, Franziska, Gonzalo, Miriam, Hugo, Bárbara, Ibai, Alberto, Manuel... son jóvenes que “patalean”. Lo sé porque yo lo he visto precisamente hoy, un sábado de invierno en el que las temperaturas incitaban a no salir ni a la puerta de casa. Ellos estaban allí, en el escenario del Gran Anfiteatro Ramón y Cajal de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid −sede permanente desde hace apenas año y pico en que fue nombrada Orquesta Residente de la Facultad de Medicina−, y estaban pataleando, mostrando con alegría su enorme agradecimiento a su Director y sus compañeros solistas destacados, por haber dado todo de sí mismos para que aquello sonara como lo que es, música. De la auténtica.
¿Y a cuento de qué cuento esto? No había televisión, ni prensa, ni radio, ni ningún otro medio que diera fe de semejante acto de altruismo. Porque lo es. Como bien ha dicho Rubén al público, antes del concierto, lo bueno no es noticia. Los medios estaban todos en Alcorcón. Si alguien, que para eso les pagamos, se preocupase de difundir LA CULTURA entre los protagonistas de estos recientes y nefastos sucesos, a lo mejor no eran noticia. Pero cuidado..., si damos cultura la gente piensa.
Hay otros jóvenes. Hoy los he visto. Y eso me ayuda un poco a seguir creyendo en algo. No sé por cuento tiempo...
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