20.05.08 @ 21:04:45. Archivado en Nullius in verba
[…] Dudé pero, lo sé, quise besarla. Lo intenté. Pero evitó mis labios refugiando su cabeza en mi pecho y sentenciando entre gemidos y suspiros.
−No quieras robarme ahora lo que nunca has querido darme.
Las Vísperas del Corpus eran el día grande. Más importante, para nosotros, que el día de la fiesta en sí. En los años anteriores siempre habíamos logrado alcanzar la magia de las auténticas noches locas, esas en las que todo está permitido, todo vale y el listón del límite desaparece con la excusa de que la enorme resaca del día siguiente hace olvidar hasta los resquemores de la conciencia. Y eran brutales.
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31.03.08 @ 01:36:57. Archivado en Poetalia
A veces el tiempo decide clavar sus dedos en la piedra y desgarrar su entraña hasta hacerla polvo y ausencia. Incrusta, indolente, su zarpa de bestia implacable, cruel, sanguinaria, en la tierra árida que exuda con sangre su sed y su espanto.
A veces, el tiempo rubrica su sentencia en el envés de los espejos, y esconde las miradas para que no puedan encontrase. Y muda el juego en esperpento. Truca su pauta y araña la piel que segrega pánico azul por sus brechas. Rezuma, ebria de miedos, humores y flujos, efluvios carnales, pútridos y desolados, vómitos de memoria y retazos de inquina... rastros sudorosos de sal de los sueños aterrados, atados a los recuerdos. Y escupe su ponzoña hasta dejarte exhausto de sosiego y desvergüenzas.
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16.03.08 @ 04:35:37. Archivado en Nullius in verba
Habíamos llegado al café. Hermoso y viejo café plagado de viejas palabras vagando entre las patas de sus viejos bancos y sus viejas sillas de cuero viejo. Viejas evocaciones de poetas y dramaturgos campando a sus anchas entre platos, tazas y cristalinas jarras de agua. Copas de anís. Poleos, tés, tilas y manzanillas con pastas pasteleras cubiertas de vivos colores de fresa, menta o chocolate. Capuchinos, es la moda, natas montadas sobre espesos aromas de malta y achicoria. Rancios camareros, valleinclanianos de época, ataviados, al estilo de la vieja usanza, con largos mandiles y levitas. Y en su esencia, humo nebuloso que los ojos ciega, suspiros vaporosos poblando el aire de sonetos, quintillas o serventesios, almas y lunas, despojos tibios del Gato Callejón, jugando al juego de la danza esperpéntica. Tiempos lúcidos, los otros, los de los viejos mancos de floretes y bufandas, oro viejo de siglos caducos, de sonatas y maitines en las tertulias del alba.
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23.02.08 @ 02:05:29. Archivado en Poetalia
Tu cuerpo de seda
Y el mar que me conduce hasta las soledades de la playa.
Tiempo cruel,
Misterios que la vida desvanece
Sin mas piedad que un dios en cada esquina.
Detrás de la ventana, al otro lado, envés de los espejos sin miradas,
Mi tristeza, oculta a cada paso, escrita, sin rencor y sin palabras.
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30.01.08 @ 02:29:47. Archivado en Nullius in verba
«Pon tu frente sobre mi frente y tu mano en mi mano.
Y hazme los juramentos que romperás mañana.
Y lloremos hasta que amanezca...».
Vamos, una a una, a romper todas las cuerdas que nos maniataron y amordazaron. Vamos, desnudos, a destrozar el verso, la palabra dormida a los pies del fracaso, esclava del esclavo y dueña del mañana. Vamos, vayamos, allí, el último rincón del destierro infinito, al lugar infame en el que nunca pudimos robar los besos, en el que nunca, con sangre, pudimos escribir los sueños que, a escondidas, pintamos al amanecer. Vayamos, no te detengas, camina hasta alcanzar la línea vieja del horizonte. La nueva nunca será tuya, ni mía, ni nuestra. Siempre estará al otro lado.
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15.11.07 @ 01:24:18. Archivado en Poetalia
I
Fui allí.
Al norte. Al país triste.
A la sombra oculta del roble y el druída.
Al naciente misterio de lo profundo y lo oculto
Lo ignoto y lo escondido,
Más allá de cualquier tiempo y cualquier nada.
Fui allí, al lugar recóndito donde los sueños de nácar
Se mezclan a escondidas con la luz pálida de la aurora y del alba.
Al recuerdo lejano de los ancestros rituales de magia.
Al aire del silencio y a la luna de plata.
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04.09.07 @ 02:21:34. Archivado en Nullius in verba
Desde el fondo del viejo callejón apenas pueden las estrellas rebasar los aleros carcomidos del tejado. Abocadas el vacío, las tejas contemplan a sus pies el brillo macilento de las piedras engarzadas y aferradas al suelo, escribiendo, en arcanos mensajes cifrados, los resquicios que la historia ha recopilado bajo los pasos que durante siglos hoyaron y pulieron sus aristas. Nada queda al azar. Desde el principio de la cuesta, que perfila un perfecto marco de contraluz sobre el fondo de Alfileritos, un suave tobogán se desliza hasta el esbozo de plaza que dibujan sus cuatro esquinazos. Remanso intenso de paz entre la maraña de callejas, pasajes y pasadizos que desde los Cobertizos desemboca su insinuante sinuosidad en la cuesta del Cristo de La Luz, mágico y exótico entorno en el que se entremezclan, en armonioso y hermoso mestizaje, las sangres que el tiempo quiso amalgamar bajo sus herraduras. Mezquita del Cristo de la Luz. Le falta sinagoga al nombre pero, seguro, la tiene. O al menos jardín judío
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13.06.07 @ 02:22:59. Archivado en Nullius in verba
Descubrió, sentada en la orilla, que los gestos tibios del agua, sus guiños y sus requiebros, apenas pintaban de gris la plata de los reflejos del alba.
Cada mañana refrescaba sus pies y sus sonrisas arropada por el arrullo fresco del arroyo adormecido que lentamente serpenteaba entre los guijarros. Su piel, desnuda, alborotaba el cálido canto de los verdejos y las oropéndolas. Miraba al sol tejiendo un mapa de luz y de armonías que se desperezaba entre púrpuras bostezos y turquesas desgajados. Y el gélido céfiro, desperdigado en sus poros, enervaba sus placeres hasta el borde del espasmo. Nada era que no fuese y ya no hubiese sido. Todo era placer y sensación, goce irrefutable de los sentidos, naciendo con la aurora. Era luz y era deseo.
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O cuarenta, o tal vez más…
Los mitos nunca mueren. Pero se descomponen en vida y hieden el tufo de la impotencia, del fue pero no es, del quiero querer pero sólo soy la sombra de un fantasma del recuerdo. ¡Pero, joder, qué recuerdo!
Cuando la armónica, desgarrada, rasgó el aire de la incipiente y tormentosa noche, cargada en agua, desgranando las cuentas de una ancestral plegaria, léase blues, seguida de una guitarra áspera, que quería, tal vez, llorar nostalgia…, en las caras de unos cuantos, unos dos mil y pico, quedó grabada, como marcada, la antigua expresión de estado de gracia de los tiempos de Wright o Woodstock, felices y esperanzadores tiempos. ‘¡El cielo puede esperar!’ Al menos un rato más, me dije, Ian Anderson está, hecho carne, entre nosotros.
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19.05.07 @ 01:12:23. Archivado en Nullius in verba
En la calma posterior a la tormenta, en este caso a la batalla, sólo quedó un casi silencio rítmicamente movido por el traqueteo del tren. Los supervivientes apenas nos miramos, quedaron, quedamos, cada uno pendiente de un honroso armisticio, sin preocuparse, como tantos cientos de veces, miles de veces, de recoger los cadáveres diseminados por el sangriento escenario, aparentando una total indiferencia por el que se queda herido, moribundo, sentado a tu lado, hombro con hombro, en los incómodos bancos, que no asientos, del vagón. Todo se vuelve anónimo e insípido. Cabezadas somnolientas, bostezos, rápidas miradas a los relojes, a las ventanillas comprobando el nombre de las estaciones, reojos al periódico del vecino, al título del libro que lee la del asiento de enfrente, soslayos a su escote o a su entrepierna...
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09.05.07 @ 02:31:56. Archivado en Nullius in verba
Anoche, el cielo era pequeño y lo escondí entre mis manos. Jugué a ser dios entre las macetas y me perdí entre el humo sucio de una taberna sucia y maloliente de vino agrio. Jugué a la risa con las estrellas y me acosté desnudo entre los pastos, en las pajas de los pajares, entre el heno y el arroyo, al pie, justo, de los misterios de una noche bendita, sin sueño, e interminable. Jugué a dirigir el alba hacia otro lado, a pintar con aguardiente el resquemor del silencio, a fundirme en el refajo y en las sayas con hedores de sudor interminables, con sal y salvia por los rincones, con lunas negras y sin sus reflejos.
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21.04.07 @ 19:53:15. Archivado en κυνηγετικός
En los orígenes de Roma como civilización, la práctica de la actividad venatoria era libre y practicada independientemente por ciudadanos o esclavos.
Por su origen ganadero, los originarios forjadores de Roma, desde el mismísimo Rómulo (según la tradición), hasta los ciudadanos de los pueblos, primero aliados y luego sometidos, practican la caza en la libertad más absoluta y sin ningún tipo de veda, bien como sustento, bien como manjar cinegético o esparcimiento deportivo. Sin embargo, con la propia evolución política y social que sufre la República y el cambio de sus costumbres hacia sistemas “más refinados”, esta práctica generalizada empezó a considerarse, con el tiempo, como algo “indigno de hombres libres”, relegando y obligando su uso exclusivamente a los esclavos. Salustio, (siglo I a.C.), en su obra Catilina, califica la actividad cinegética de “trabajo civil”, impropio del cursus honorum (etapas que tenían que pasar los nobles para alcanzar las magistraturas superiores).
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