No más mentiras

En Andalucía y al lado del Mediterráneo

01.05.19 | 09:05. Archivado en Sobre el autor

En Andalucía y al lado del Mediterráneo

Es el día catorce de abril de 2019; son las seis de la mañana cuando salgo de la cama; es mi hora habitual. Tras largo y concienzudo aseo mañanero y ya mis tripas limpias de desechos humanos; son más de las siete; ya ha amanecido y salgo al balcón de mi terraza y veo frente a mí, al testigo mudo de siempre; es “el faro de Torre del Mar”; majestuoso, alto, recio y firme, y bien pintado de blanco y azul; lo que le da un aspecto muy agradable y atrayente. Miro a sus pies y “el Mare Nostrum”, permanece tan tranquilo que parece dormido; salvo que como siempre está “vivo”; sus tenues movimientos producen un lamido espumoso en la muy cercana arena de la playa; ya ha amanecido y por Levante, aparece el aún “dormilón” Sol, que debe venir acompañado de los dioses griegos, Helios y Febo, pero que aún no muestran las grandezas del “Dios Sol”, puesto que en su casi horizontalidad de esta hora, no calienta apenas, a su hija la Tierra… Veo volar a las muy madrugadoras gaviotas, que ya se ciernen sobre estas orillas y el mar cercano, buscando y como siempre su sustento, que no debe faltarles por cuanto de abundancia y fortaleza, tienen estas aves aquí.
Entro en mi cocina y tomo “mi habitual” ración de zumo de naranja y la que después de un vaso de agua, “del grifo”; y que ya he tomado, es el complemento que en ayunas recibe mi cuerpo; estas dos bebidas me caen divinamente, me limpian “las chimeneas estomacales y anexas” y como resultado, me producirán tras mi paseo cotidiano, un hambre notable y la que también notablemente satisfago.
Mi perro (Aníbal); un ya viejo (tiene trece años) Yorkshire, que ya está afectado en la vista; no así en su agilidad; y el que lleva dando vueltas a mi alrededor, desde que me levanté de la cama, me apremia como cada día, puesto que lo que quiere es su paseo matutino, aparte de realizar sus necesidades caninas, que las hace siempre una vez llegados a la calle; por ello, diligentemente me siento en la habitual silla y él viene presto a que le ponga su cadena; cosa que siempre hago, puesto que así, “ambos marchamos mucho más seguros”; yo incluso con mi ya habitual bastón de la ancianidad.
Ya paseamos por el muy amplio y largo (más de cuatro kilómetros) .paseo marítimo, considerado como el mejor logrado de todas las costas andaluzas, voy caminando hacia el Poniente. El Sol “acaricia mis espaldas y también el cuerpo de mi acompañante”, que feliz, sigue husmeando todo lo que el iluso cree, es “su territorio”; donde antes ha defecado y ahora va levantando su patita y mea en cada trecho, como diciendo a la por otra parte, enorme población perruna; que aquí hay ya un nuevo propietario. El clima es muy agradable y corre una brisa “que alimenta el organismo”; el mar hoy parece un tranquilo lago de montaña; veo por el cielo y en la misma dirección que llevo en mi paseo, “volar una bandada de lo que me parecen gansos o ánsares, que en forma de uve, los veo alejarse hacia el oeste, por lo que deduzco que no van en dirección de África, sino más bien, van a ese otro paraíso andaluz, cual es el “Parque natural de Doñana” y donde cada año, vienen este y otros muchos tipos de aves migratorias, a cumplir en ese ambiente natural, sus ciclos de vida y procreación continua y que les marca la Madre Naturaleza. Todo este ambiente, me crea una gran paz y sus efluvios nutren mi cuerpo y en especial a mi cansado corazón, que aquí funciona plenamente.
Transcurrido nuestro paseo de dos kilómetros aproximadamente, terminamos ambos, yo sentado y Aníbal a mis pies; en el “Venecia”, café restaurante que en la primera calle ya en el interior del pueblo, es el lugar donde desayuno hace ya muchos años. En el mismo hoy tomaré chocolate y tres largos “churros”; amén de un gran vaso de agua, tomando con la misma, los cuatro comprimidos que según el médico, necesitan mis “mecanismos humanos”; al medio día, tomaré en la comida otro más y por la noche tras la cena, otras cuatro “píldoras más”; todo ello porque según los médicos, los necesito, para controlar la marcha de mi sistema cardiológico, la arritmia que padezco, la retención de líquidos, el colesterol, la glucosa, el ácido úrico y no sé qué más; pero en realidad nada tengo en estado grave, pero “por si acaso”, me hacen tomar todos estos medicamentos que según dicen los galenos, “los necesito”; y yo lo cumplo fielmente, puesto que creo que quizá por ello, ya en agosto pasado, cumplí los ochenta años y como vivo bien; no tengo prisa por pasar “al otro lado de la vida”.
Tras lo relatado, paso a la tienda de enfrente y donde hay una frutería muy bien surtida y que atiende un matrimonio muy agradable; y es donde siempre, compro mis frutas para la merienda de media mañana y media tarde, puesto que son recomendaciones también de los médicos, el comer fruta en esos intervalos de las comidas habituales y a mí me encanta la fruta; después, vuelvo a mi vivienda y salgo a la terraza de nuevo, veo el faro y me fijo en el mar, bellísimo como siempre y paso a mi ordenador a escribir si “me surge algo”, o me siento a leer alguna de las lecturas que siempre me acompañan, o siempre las tengo a mano; mi perro busca su lugar y se acuesta a descansar, o viene de vez en cuando a que lo acaricie.
Sobre la una y media bajo a un restaurante de los que tengo varios muy cercanos; hoy iré a “La Sirena”, donde habitualmente, comeré un espeto de riquísimas sardinas “malagueñas”, unas gambas cocidas y un “doble” de rica cerveza al grifo; y volveré totalmente satisfecho a sentarme en mi sillón, dormir una agradable siesta, acompañado de la “nana” de la televisión y cuyos ruidos me sirven como sedante.
A las cinco de la tarde y tras tomar la fruta ya mentada, marcharé a la pérgola que entre el mar y el faro, hay y allí, mirando al mar; en un estado feliz y tranquilo, me fumaré un cigarro puro, mientras Aníbal también disfruta de esta paz; la que acompaño, echándoles el pan que yo no como, a los gorriones, cacatúas y a las indeseables palomas, que como plaga que son aquí, no conviene alimentar, para que no lo sigan siendo. Tras ello otro paseo igual al de la mañana; y vuelta a mi casa, donde cenaré frugalmente comida fiambre, veré algo de televisión; y a las diez de la noche, paso a mi dormitorio, y así leyendo en la cama hasta que el sueño viene… antes de las once, paso a ese estado feliz que es el sueño tranquilo, hasta que muy temprano la cama “me echa al suelo” y empiezo a vivir otro día más… soy conforme con mi estado de viudo y no pido más.

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Antonio García Fuentes
(Escritor y filósofo)
www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más)


Martes, 18 de junio

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