No más mentiras

Semana Santa y su parafernalia en España

15.04.19 | 09:19. Archivado en Sobre el autor

Semana Santa en Andalucía y en España

Eran los años cincuenta del pasado siglo; yo era un mozalbete, pero como desde mucho antes y aun siendo niño, yo, ya era “pensante”; y viendo donde nací y vivo, el enorme espectáculo que era ya la denominada Santa Semana; que luego y tras alguna “crisis”, aumentó mucho más; y viendo “todo el enorme teatro religioso y profano que significaba para mí todo aquel jaleo”, que como eran “tiempos de Franco”, en dicha semana no había más cine que el que contenía “vidas religiosas y pasajes de la denominada Pasión de Cristo”; las pocas emisoras de radio existentes, sólo emitían música clásica y dentro de ella, todo lo que a la religión cristiana habían compuesto los músicos hasta entonces. “Nos era prohibido comer carne”, cosa que las masas poco echábamos de menos, ya que la carne, era alimento de ricos y estos, “pagando la bula religiosa”, podían hartarse de todos los manjares que de los animales comestibles se extraen. Pero viendo el consumo de “la plebe” y que ya “eliminadas las cartillas de racionamiento”, empezaron los pobres, a disponer de algo de dinero; por ello, era algo inesperado y sorprendente, entras en un bar, los sábados y domingos (el que ya podía, puesto que entre semana, el consumo del pobre era el denominado vino peleón y con el consiguiente control de la pobreza) y ver a la gente, consumir profusamente en estos días, de “fiesta religiosa”, grandes cantidades de cerveza, gambas y calamares (que por otra parte la iglesia no lo consideraba pecado) si bien, esas “grandes cantidades”, eran muy repartidas por cuanto el consumidor en general seguía siendo ayuno de dinero; pero aun así “globalmente, eran grandes cantidades”; y yo viendo aquel panorama, ya dije que… “la Semana Santa en mi tierra era la feria de los calamares, las gambas y la cerveza”; puesto que pasada esta “gran semana, se volvía a lo que era la restringida vida consumista de aquel entonces” y el que no cuento, puesto que sería muy largo de contar.
A pesar de “estas alegrías del pueblo”; indudablemente había una religiosidad, aparente para mí y, que en muchos casos, era y sigue siendo cuasi fanática, por determinados cristos, determinadas vírgenes y casi todas las procesiones, que costeadas por los socios de las mismas y que pagan “religiosamente” sus cuotas mensuales, para mantener los gastos y el boato de las mismas; me intrigaba y sorprendía, puesto que siendo más niño aún que hombre; toda aquella parafernalia, poco se parecía a lo que yo había aprendido de aquel Cristo, hijo de un carpintero judío y de una madre que igualmente debió ser, la modesta compañera de un humilde artesano.
No comprendía ni comprendo hoy, aquellos “devotos” de ambos sexos, que descalzos, incluso arrastrando cadenas (algunas muy pesadas), cruces a cuestas y de múltiples pesos y tamaños; o llevando a hombros, pesadísimos “tronos o carros”, que como altares volantes, procesionaban, efigies o esculturas, generalmente con rostros y semblantes tétricos, agonizantes, martirizados, muchos de ellos con abundantes “sangres” en sus “torturados cuerpos”; y todo ello, por un sentimiento de devoción a la figura que fuere, por haberle pedido “algún milagro”; o por agradecimiento, a algo que según el creyente, le vino por intercesión de aquel “santo”.
La devoción a las vírgenes si la entiendo, puesto que lo que más ha querido el ser humano es a su madre; por ello (pienso) que adoró a la madre tierra, a las diosas madres; y por ello adora a las actuales vírgenes, ya que todas ellas o casi todas, llevan en sus brazos, al tierno niño, en el que se refleja todo ser humano recordando lo que en alguna época, él mismo fue. Por ello, en todas o casi todas las religiones, “hay una deidad dedicada a la madre”; lo que la iglesia católica supo adoptar y adaptar a las prédicas del Cristo.
Tampoco comprendí nunca, el que los principales acompañantes procesionales, fuesen enmascarados con diferentes (hay infinidad de ellos) trajes o hábitos, pero todos encapuchados y tapado todo su cuerpo, salvo, los dos orificios para sus ojos y algunos también las manos (muchos van enguantados) para poder sostener, generalmente, grandes cirios de cera, sebo, o parafina, para ir alumbrando el cortejo. O con varas de “mando” muchas de ellas lujosísimas y más llamativas que, “la vara de un mariscal”.
Igualmente me sorprendía y sorprende, el enorme costo de dichos “carros o tronos”, donde todo es ostentación y en los que predomina, el mostrar, “el poder de una u otra cofradía”, para que sus santos, luzcan “con todo lo habido y por haber; y que atrae a muchos seres humanos en el lujo del vestir y ostentar joyas”; puesto que y luego después y cuando pude comprar una biblia, que conservo; llegado al relato de San Mateo y leído y muy admirado, del considerado mejor discurso de todos los tiempos, cual es “el sermón del monte”; que el evangelista escribiera recogiendo lo que predicara aquel humilde Cristo; entonces ya no comprendí nada ni lo comprendo hoy a mis ya cumplidos ochenta años.
¿Pero es que todo esto es raro en el que se autodenomina como “sapiens-sapiens”?; ¡no en absoluto! Hay y hubo, infinidad de religiones que procesionan a sus deidades, se flagelan, e incluso hoy mismo se matan, por cuanto los orígenes, “sagrados” para unos, los otros del mismo tronco, los niegan y defienden a rama o ramas distintas; lo que ya es más que perplejidad, locura, o supina ignorancia, por las consecuencias de todo ello y que denigra, “al practicante que llega a esos extremos, aún no superados… de que mi dios es mejor que el tuyo y por ello, cree o muere; que fue y sigue siendo de las peores plagas que hubo y sigue habiendo en este incomprensible planeta, habitado por el denominado mono humano”.
En cuanto a la Santa Semana en España y más en Andalucía, de donde soy nativo; hoy en realidad es un enorme y posiblemente, inmenso negocio, donde se mueven capitales enormes; que sí, que crean trabajo y movimiento de dinero, atrayendo a esta parte de la Península Ibérica, millones de visitantes, nativos y extranjeros; que vienen a los infinitos lugares donde hay procesiones (recuerdo que en España hay alrededor de ocho mil municipios y que todos tienen sus santos y procesiones) ven los espectáculos, comen y disfrutan de los también infinitos manjares, con que los dioses, “dotaron a las tierras y nativos de Hispania”; lo pasan divinamente y por cuanto aquí, se prefiere la confraternización, más que otra cosa, y todos contentos; incluso los gobiernos, puesto que de todo ello, se derivan enormes cantidades de dinero que produce puestos de trabajo y sobre todo, impuestos; para que nuestros políticos, dispongan de mucho más dinero; esperemos que alguna vez aprendan a administrarlo y lo sepan gastar para que se reproduzca bienes y en beneficio de la sociedad hispana; no de minorías.

Antonio García Fuentes
(Escritor y filósofo)
www.jaen-ciudad.es (aquí mucho más) y
http://www.bubok.es/autores/GarciaFuentes


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