No más mentiras

Las grandes ciudades y sus infiernos II

24.11.17 | 10:12. Archivado en Sobre el autor

“LAS GRANDES CIUDADES”
Y SUS INFIERNOS II

Debo decir primero, que no es un relato oportunista (ni mucho menos)... fue escrito hace ya unos treinta años o más y quien lo dude, puede acudir a mi libro ‘ESPAÑA AQUÍ Y AHORA” (2ª Edición 1985; páginas 239/244) hoy agotado, pero fue enviado a muchísimas bibliotecas públicas de España y el extranjero debidamente seleccionadas por su interés... llegó hasta la Biblioteca del Congreso, de los EE.UU. y a las de ‘cientos de universidades’ y destacadas personalidades de la sociedad de aquella época (tengo testimonios que lo confirman). Me resulta amargo, el ofrecerlo hoy... pero ‘algo y como entonces cuando lo escribiera, me ha impulsado a ello’... que el lector opine lo que quiera... es su libertad.
“LAS GRANDES CIUDADES”: Sin temor a equivocarnos, pienso que podríamos decir, ‘el infierno de las grandes ciudades’, pues, sinceramente, a medida que crece una ‘moderna’ ciudad, crece en infierno más que en gloria... y a las pruebas me remito. Desde que a un imbécil se le ocurrió diseñar (y a otro costear su construcción) ‘la moderna Torre de Babel’, la que repetida y superada constantemente es el ‘rascacielos’...
La enorme colmena humana y la excesiva aglomeración de seres (que como las termitas ya viven –mejor dicho vegetan- en esos reducidos espacios o inmensos hormigueros) a los que se les proporciona todo cuanto pueden precisar en largos espacios de tiempo. Pues en esa aberrante y monstruosa ciudad que llaman “Nueva York”, hay conjuntos gigantescos donde el hombre duerme, trabaja, come y ‘realiza’ sus principales necesidades, sin tener ‘necesidad’ de desplazarse del propio ‘monstruo arquitectónico’, en el que las ‘necesidades de la vida moderna le obligan a vivir’. Lo terriblemente pernicioso es que otras ciudades copiaron –y copian- esa barbaridad humana a la que llaman ‘rascacielos’ y cada ciudad que se precie de ‘progresista’ quiere tener su particular ‘torre’, seguida de otro enjambre de ‘torrecillas menores’.
Todo esto obedece al deseo ambicioso de “la concentración de poder” y al propio tiempo, que ese poder se note... que, “se vea desde bastante lejos”, la omnipotencia de tal individuo o tal compañía que puede permitirse el lujo de erigir... “tan grandioso monumento”.
También con ello se consigue la supervaloración del suelo, puesto que si en un solar se realizan “mil viviendas o departamentos comerciales”, siempre se le conseguirá un valor infinitamente mayor al que se le conseguiría si el volumen es veinte veces menor.
En este movimiento especulativo, se han “enfangado” políticos, hombres de negocios, asociaciones de tipo cultural o religioso y simples ciudadanos, a los que incluso “de rebote” les ha llegado el rico maná que nunca soñaron.
¿Pero qué es lo que está ocurriendo a consecuencia de esta absurda masificación y aglomeración de hombres y servicios?
Está ocurriendo lo que ya demostraron hace bastantes años algunos científicos en un laboratorio, en el que emplearon a las ratas como actores de un comportamiento, que luego van a repetir idiotamente los propios seres humanos.
Leí aquel informe y lamento vivamente no haber guardado datos concretos para darlos hoy a conocer, pero seguro que “es de dominio público”.
Resulta, en concreto, el que unos inteligentes investigadores, sitúan “unas familias” de ratas en unas amplias jaulas y donde su hábitat es favorable en gran medida. Dejan que aquella colonia se reproduzca normalmente y para ello les facilitan toda clase de alimentos y cuidos necesarios... pero no les amplían aquellas grandes jaulas... A medida que la población de roedores iba aumentando, se fueron notando unos cambios, que pasaron de lo tolerable a lo aberrante; y en poco tiempo (pues sabido es el poder de reproducción de estos animales, cuando la situación les es favorable) allí se produjo un caos digno de analizarse. Llegó un momento en el que las madres mataban a las crías, incluso se las comían. La agresividad de estos animales (ya de por sí, lo son) llegó a un grado terrible. Se producía una esterilidad en los machos y un excesivo “celo” en las hembras. Se llegaban a producir hasta aberraciones sexuales... Y en fin, aquello se convirtió en un infierno intolerable y asesino, hasta que aquellos hombres inteligentes, volvieron a cotas tolerables la población de ratas; entonces éstas volvieron a recuperar su estado normal de comportamiento propio de su especie.
¿No guarda relación el comportamiento de las ratas con el de los hombres –o muchos de ellos- que habitan las grandes megalópolis de hierro y cemento? Pienso que si, tristemente “el hombre se comporta muchas veces como las ratas” (o viceversa).
Quizá por ello, en el año 1976, el propio alcalde de Madrid (señor Arespacochaga) ya declaraba el periódico “Diario 16”... “Que Madrid deje de crecer”... estas fueron sus palabras, seguidas de unas muy interesantes declaraciones, de los problemas enormes de la gran ciudad.
Siete años después, Madrid ha empeorado mucho, y a ojos vista; pues cuando escribo este trabajo, leo en la prensa, que sólo a un establecimiento bancario de esta ciudad (Caja de Ahorros de Madrid) en un solo mes le han asaltado y robado TREINTA VECES, en la propia capital de España, y donde prolifera un enjambre de servidores del orden público.
Orden público que es imposible mantener en cotas tolerables en la gran ciudad; pues así como “cuatro guardias civiles y un cabo”, mantienen perfectamente en orden a una zona rural o un municipio de varios miles de habitantes... En la gran ciudad, esta cantidad tendría que ser elevada en proporción enorme, y aún así, ya se ve que la impotencia es manifiesta para controlar cuanto se produce.
En el comportamiento humano y social, igualmente es la propia sociedad la que vigila y controla al ciudadano, mucho más que la propia autoridad, pues en las poblaciones menores (sin ser pequeñas) no proliferan tanto la degradación que facilitan hechos tan perniciosos como el alcoholismo, la droga, la prostitución y “la libre vida” (muchas veces vida de libertinaje). Y si no prolifera esa degradación, es por cuanto el ser humano “siente más vergüenza” en el núcleo pequeño y por ello se coarta y autodomina más que en el gran núcleo... “o selva virgen ciudadana”; donde en la impunidad de la inidentificación puede hacer lo que le venga en gana, “sin testigos que luego le puedan señalar”.
En el movimiento de personas que se realiza cotidianamente en “la gran ciudad”, es igualmente aberrante lo que está ocurriendo; pues esta moderna serie de “modernos esclavos”, tiene que levantarse “a altas horas de la madrugada para simplemente llegar a hora normal a su trabajo” y poder fichar en el reloj de la empresa, puntualmente.
Es dantesco ver la riada humana que a horas nocturnas circula por “la gran ciudad” en busca del cotidiano trabajo (aquel que lo tiene). Las “caras de alegría” que llevan en mayoría de individuos, el silencio que impera en los aglomerados vagones de los transportes públicos, el stress que soportan unos y otros (puesto que quien va en automóvil propio, también tiene que recorrer diariamente “su odisea particular”... ¿Cuántos hombres y mujeres recordarán su apacible lugar de nacimiento? ¿Cuántos maldecirán la hora (o el sistema de Gobierno) en que salieron de su tierra madre, para entrar en el “moderno infierno”? Puede que nunca se sepa, por cuanto la hipocresía y la falta de valor para exteriorizar los propios sentimientos y verdaderos pensamientos, aún es ‘tabú’ para la mayoría de los hombres.
En la gran ciudad, “se necesita mucho más de todo” y es por tanto, ésta la culpable –en gran medida- de la falta de recursos en otros lugares, a los que hay que sacrificar; puesto que “la gran ciudad es como la moderna hidra”, todo lo consume, es insaciable en hombres y recursos... “Hasta que se produzca el necesario y providencial éxodo”.
Porque, meditando bien, todo lo que afecta a “la gran ciudad”... ¿Cuánto tiempo y salud pierde el hombre, simplemente en trasladarse de un lado a otro de la gran metrópoli? ¿Cuánto transporte público (y ruidoso) necesita esa gran masa para este menester y cuantos recursos y combustibles se malgastan en ello? ¿Cuántos kilómetros de caminos y carreteras de buena construcción se conseguirían con lo que cuesta UNO SOLO DE METROPOLITANO y en el que van esos pobres habitantes simplemente como ratas? ¿Cuántos recursos en electricidad, hierro, cemento, conducciones de todo tipo se emplean en mucha mayor proporción en la gran ciudad que en la menor y más proporcionada, para conseguir un peor nivel de vida humana? ¿Cuántas personas mueren o son destrozadas “por el peso nefasto de la gran ciudad”, en contrapartida con lo contrario que ocurre en otras menores? (Publicaba el “Diario Ideal” en su edición del 13-8-81... “Más de la mitad de los madrileños mueren por enfermedades cardiovasculares”. Y se extendían en más datos que daban mucho que pensar. ¿Cuántas preguntas podríamos hacer sobre lo negativo de la gran ciudad o ciudad cuya proporción ya se escapa al gobierno del propio hombre que la inventó y consiente?... Hagamos algunas otras. ¿Qué está ocurriendo con la familia en esa monstruosa aglomeración de viviendas? ¿Quién controla y encauza a los hijos? ¿Qué ocurre con los viejos y ancianos? ¿Pueden los propios padres de familia auto controlarse en el buen sentido de la palabra? ¿Todo este estado de cosas no es el culpable de la degradación social que se nota en todos los sentidos?
Jaén: 24-11-2017

Antonio García Fuentes
(Escritor y filósofo)
www.jaen-ciudad.es (aquí más)


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