
La aventura lírica de Carrera Andrade, si en un principio describía la luminosidad del mundo y sus seres, y, como un niño, le refería absorto ante la sabiduría y la belleza que se le mostraba, a raíz de la Gran Guerra (1939-1945), al borde de la luz descubriría la sombra e iniciaría su llanto. Es entonces cuando logra escribir sus mejores poemas.
En esta etapa de duelo por el paraíso perdido, regresa al hogar ecuatoriano. El propio poeta ha declarado que los árboles y los pájaros de la América equinoccial lo visitaban en sueños: todas las noches un colibrí anidaba en su corazón, y él veía, al cerrar los ojos, los ríos, el maíz... En todo momento, su paleta de trabajo lírico empapaba los versos de luces de metáfora, de cuyo uso Pedro Salinas, el que mejor ha estudiado al poeta de los "microgramas", ha escrito con visionaria imagen:
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Hemos dedicado un post a los “microgramas”, brevísimos poemas carrerianos de gran intensidad metafórica (pulsar). Sobre todo en sus primeros escritos, Carrera Andrade, más allá del preciosismo modernista o el subjetivismo romántico, donde la figura es el poeta y todo lo demás apagado fondo, observa la Realidad con ojos transparentes y se deja seducir por la belleza de las cosas, cuanto más humildes y pequeñas, mejor.
En ellas encontraremos secretos profundos de existencia. Como escribió en “El cielo y su sombra”: “Las cosas. O sea la vida.” Así cierra el poema, donde contrapone el fantasma del sueño, la abstracción de la mente, con la arquitectura fiel del mundo:
“Limpiad el mundo —ésta es la clave—
de fantasmas del pensamiento.
Que el ojo apareje su nave
para un nuevo descubrimiento.”
Referiré un hermoso testimonio sobre el talante franciscano del autor de los "microgramas", y su poesía de amistad cotidiana con las cosas. Así lo describe el lírico también quiteño Francisco Tobar:
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El Miércoles de Ceniza iniciamos los cristianos un período de cuarenta días hasta la Semana Santa, sagrado tiempo en que la iglesia nos invita a la conversión del corazón. En este primer día nos acercamos al templo a recibir en la frente, comunitaria y personalmente, un pellizco de ceniza de palmas bendecidas y cremadas el último Domingo de Ramos.
El significado esencial de este rito es, como formula el sacerdote en la imposición, "Acuérdate de que eres polvo y al polvo has de volver" (Genesis 3,19). En nuestros días se va sustituyendo el enterramiento en sagrado por la cremación: dificilmente se nos puede olvidar este destino último, ser ceniza, cuando hemos abrazado y acaso descargado personalmente en agua o en tierra, el contenido de la vasija funeraria.
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A dos días de la fiesta de san Valentín, cerraremos la presentación de "Cuerpo de la amante", del que adelantamos el pasado lunes las cuatro primeras viñetas líricas (pulsar). Me gustaría reflexionar muy sucintamente sobre el significado del título: ¿sólo "cuerpo" sin espíritu?, ¿y por qué cantar al cuerpo de la "amante" y no, como parecería correcto, al cuerpo de la "amada"?
En el último poema de hoy, "Sombra en el muro" leeremos: "Insecto prodigioso nunca visto / gracias a tus antenas / recibo los mensajes de todo el universo..." Si le asombró a Carrera Andrade, como entomólogo metafísico, la cuidadosa exploración cósmica de las antenas de un humilde insecto, ¿cómo no abandonarse al éxtasis ante la maravilla de una hermosa mujer entregada al amor y la dulzura?
Protagonizan la quinta sección del poema: la frente, "caracola de sueños"..., y la boca, "gruta de un dios de secretos panales"...

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Llevamos un par de jornadas presentando poemas de Jorge Carrera Andrade. En vísperas de san Valentín, es un placer para nosotros levantar delicadamente el velo de la poesía amorosa del poeta ecuatoriano y ofrecer encantadores versos. El primero de ellos “Amor es más que la sabiduría”, figura en la “Antología de las mejores poesías de AMOR...” de Luis María Ansón, y ha sido recogido del poemario “Hombre planetario” (1959).
Descubrimos en él alguna imagen del Cantar de los Cantares como “tu cuerpo es un país de leche y miel”. Pero, sobre todo, en este libro, como en la producción lírica carreriana de segunda mitad de siglo, observamos, con Enrique Ojeda, la esforzada tensión “por encontrar un asidero de salvación frente a la angustia” y decidida “voluntad de restablecer la rota unión del hombre con la naturaleza”. La metáfora central de la mujer como fuente de vida, tan brillantemente expresada en Cantar 4,12 (“eres huerto cerrado, / sellada fuente”, pulsar aquí) se actualiza hoy en la ardiente jornada amorosa “hacia el origen / del manantial perdido...”
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La publicación en Tokio de "Microgramas" (Ediciones Asia-América, 1940) con miniaturas líricas escritas en la década de 1926 a 1936, da a conocer la sensibilidad poética de Jorge Carrera Andrade con destino diplomático en Japón desde 1938. Ese mismo año de 1940 tiene que abandonar la embajada de Yokohama por la escalada bélica de los acontecimientos en el Pacífico.
Aquel mismo año logra editar Jorge Carrera en la Universidad quiteña la primera importante edición de su poesía completa ("Registro del mundo", 1940). El espíritu de los "microgramas" se encuentra muy próximo a los haikus japoneses: se trataría de contemplar con mirada libre, unificadora, un objeto material humilde, una planta, un ser vivo... y, desde la serenidad del Tao, alcanzar iluminación y expresarla en el más conciso de los textos: el "micrograma".
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Estoy descubriendo en las últimas fechas interesante poesía de extraordinarios escritores del otro lado del Atlántico. Inmediatamente después de investigar algunos versos del nuevo Cervantes, el chileno Nicanor Parra (pulsar), con enorme sorpresa me aproximé a la obra del ecuatoriano Jorge Carrera Andrade. Como el espacio del post es muy limitado, después de ofreceros una fotografía de juventud (murió a los 75), os invito a conocer una de sus más conocidas excelencias: la creación de un género lírico muy especial, a medio camino del haiku japonés y la greguería madrileña de Gómez de la Serna: el “micrograma”; miniatura poética de, generalmente, tres o cuatro versos al estilo de la soleá y la copla hispanas, con los que intenta añadir al humorismo del epigrama y la greguería “el sentido trascendental, la vibración de la vida, la grandiosidad del mensaje de las cosas pequeñas.”
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Cerraremos hoy el improvisado turismo por algunos versos del último Cervantes, el complejo y sorprendente poeta chileno Nicanor Parra. Nos hemos detenido, con cierta curiosidad, en alguno de sus poemas, en alguno de sus antipoemas o artefactos visuales, que disparaban en positivo, en negativo o en neutro, hacia el misterio de lo trascendente.
Nos han interesado en especial los dos poemarios sobre Domingo Zárate Vega, "el Cristo de Elqui". Al despedirnos de Parra, decimos también adiós a su máscara, el predicador de Río Hurtado, refiriendo un suceso que soslaya el poeta de Chillán por las romanceadas aguas de su místico héroe: la experiencia de lanzarse a volar desde lo alto de un árbol esperando que Dios le fuese a recoger entre sus brazos.
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