
Preside el post de hoy una hermosa fotografía de Arcos de la Frontera, donde nació y ha vivido hasta sus actuales 82 años, el Poeta del Flamenco y la Navidad Antonio Murciano. Nacido en plenas fiestas navideñas de 1929, su vida ha gravitado en torno a su fe cristiana y al verso, mejor de arte menor, sobre todo si se escribe en el luminoso tiempo de la estrella levitando sobre Belén y Arcos, de la adoración al Niño-Dios, con los pastores, los magos y devotos arcenses.
De la generación de los 50, inicia su andadura lírica en 1952, dando a conocer su corazón de niño y ángeles en su primer poemario "Navidad", al que sucederían, de década en década, "Nuevo Cuaderno de Navidad" (1963) y "Nochebuena en Arcos" (1972).
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Pasado mañana, 21 de diciembre, comienza el invierno. Se aproxima la Navidad, y acaso hayamos ya desempaquetado las figuras de barro de otros años y montado el Belén familiar, recordando a nuestros queridos antepasados que habitan ya el Belén celeste de la Paz y la Alegría. Del misterio de la Navidad se han escrito los más bellos poemas. Meditarlos, cantarlos, rezarlos, bailarlos... llena de gozo el alma y acerca al corazón calor y luz de la otra orilla. Y siembra en nuestro pecho la bendita noticia de que Dios se ha hecho hombre y el hombre se hace amor.

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El retablo inicial nos acerca el cariño de una madre enseñando a caminar a su hijo, estampa de hoy que nos evoca los primeros pasitos de Jesús, Dios hecho niño, protegido por la mirada y las manos de María, por los rústicos brazos de José. La autora del próximo poema, "Los pasos", Gloria Riestra de Wolf, mística mexicana, dramatiza con ágil verso los pasos ("¡uno, dos y tres, por fin!"-) que, cordero recental de Dios, irá su Hijo ensayando hasta pisar firme la tierra que viene a santificar.
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Los hispanos vivimos, cada vez menos, muy satisfechos de la nómina nacional de poetas, y apenas conocemos, y por tanto, valoramos escritores de la otra orilla del Atlántico. Me permitiré hoy explorar, tímida y brevísimamente, la figura y obra de dos excelentes y polifacéticos líricos, autores también de versos navideños: el mexicano Joaquín Antonio Peñalosa y, argentino él, Emilio Breda. De ambos podremos saborear en el post algún hermoso villancico.
Me parece injusto presentar la obra y, sobre todo, la persona de Joaquín Antonio Peñalosa (1922–1999) en unos reducidos párrafos, pero mejor que yo lo ha hecho ya el poeta Javier Sicilia que ha escrito sobre el sacerdote potosino algo tan admirable como lo siguiente:
“A diferencia de otros poetas y sacerdotes religiosos, Peñalosa vivió y experimentó el mundo no como una teofanía del Cielo, sino como su presencia misma. Por ello su canto y su vida fueron una constante celebración y una búsqueda del acogimiento. Para Peñalosa el mundo es una bienaventuranza. Si no estuviera prometido el encuentro cara a cara con Dios, este mundo le habría bastado. Por eso su poesía nunca es desgarradora, sino alegre y puntuada de humor.”
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En esta última entrega sobre la poesía de Dulce María Loynaz, me gustaría ofreceros un hermoso poema de su primera época: "CHECHÉ". Se trata, como lo define bien la autora en el versículo de presentación, de una "muchacha que hace flores artificiales". Incluso nos facilita un nombre muy concreto: "Dedico estos versos a la señorita Mercedes Sardañas, heroína anónima. A ella devotamente." Es evidente que se esfuerza Dulce María en identificar y destacar, como veremos con más detención, la personalidad y el protagonismo de la destinataria de los versos, y elogiar expresivamente la excelencia de su actividad creadora y la ejemplaridad de sus virtudes personales y sociales.
Se inicia el post con la esplendida fotografía de un jardín de variadas flores de papel que hace tantos años sustituían, con arte y dignidad, las flores naturales que, en ciertas épocas del año, era imposible conseguir y por pocas monedas alegraban la casa o el aula, o el templo, sin necesidad de riego ni agostamiento y muerte...
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A punto de clausurar nuestra fugaz visita a la poesía de Dulce María Loynaz, regresamos hoy a sus primeros poemas (Versos 1920–1938), para descubrir allí la determinación de su vida, su compromiso de comunión fraterna con todo ser vivo. Es verdad que la acabamos de observar consciente, muy consciente, del oceánico misterio de sus íntimas voces, pero sabemos que, además, vivió muy atenta al caleidoscópico fluir de la vida en torno suyo. Porque, acuñada por la escritora cubana y evocada por Juan Carlos I en la ceremonia del Cervantes, llevó decididamente hasta los últimos rincones del corazón y de la vida su definición de poeta:
“Un poeta es alguien que ve más allá en el mundo circundante y más adentro en el mundo interior. Pero además debe unir a esas condiciones una tercera más difícil: hacer ver lo que ve.”

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Dedicamos el post de hoy a presentar, con imágenes interesantes, un pequeño ramo de poemitas de Dulce María Loynaz. De los 124 títulos, de desigual extensión, de “Poemas sin nombre”, anotados en curiosa numeración romana, seleccionaremos diez de ellos, muy minis, para ilustrarlos gráficamente. La “Agencia Literaria Latinoamericana” (LA), al presentar la obra de Dulce María, escribe:
“En sus poemas iniciales parece dibujarse la inspiración lejana de Juan Ramón Jiménez y de Tagore, pero Dulce María Loynaz, en el doble cincelamiento, íntimo y externo, de su verso, va haciendo su poesía más y más suya, y en lugar de adornarla, la simplifica a la par que la ahonda, quitándole finalmente la rima, pero afinando y sensibilizando el ritmo para llegar a la sencilla y perfecta belleza del poema en prosa, la de los Poemas sin nombre de la plena madurez”
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