¿Dónde enterrar a nuestros muertos? La "agricultura de la muerte" en Miguel Hernández (y 2)
11.11.10 @ 07:00:00. Archivado en Mayores, Política, Miguel Hernández
Leíamos en el último post (pulsar) dos poemas de Hernández de distintas épocas, “Imposible” y “Vecino de la muerte”. En ambos existían notables coincidencias en la visión filosófica de la muerte y el enterramiento.
Pero hay otro trascendente momento en su vida, el inesperado fallecimiento, en la Navidad de 1935, de su íntimo amigo José Marín (“ramón sijé”). Los impresionantes versos que escribió Miguel, conmovido por la muerte de su joven y culto maestro (aunque contaba solo 22 años recién cumplidos) pasarán a la historia junto a las Coplas de Jorge Manrique o el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de García Lorca...
A la derecha, en imagen, podemos contemplar una extraña fotografía del oriolano Miguel en el cementerio de su pueblo, visitando la tumba de Pepito, probablemente en abril de 1936. ¿De qué se ríe? Se recuesta placidamente sobre la tierra, confiado acaso en su místico credo del ciclo vida, muerte, vida... O, abriendo vuelo a la trascendencia, en la que sí creía su amigo, celebra ya con él otra vida superior (ha clavado en el suelo un pequeño crucifijo...).

EL POEMA "ELEGÍA" Y LA AGRICULTURA DE LA MUERTE

Pero lo que ahora nos interesa destacar de la “Elegía” es la continuidad en su visión ecológica de la inhumación. Ya en los versos iniciales declara:
“Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas...”
sugiriendo las labores primeras de la “agricultura de la muerte”: nutrir, abonar, fecundar el suelo. Y anuncia el poderoso milagro de alquimia del vientre universal:
“a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.”
Si en “Vecino de la muerte” deseaba “que se apoyen en mí sembrados y viñedos”, ahora que siente las plantas de los pies pisando alfombra de muertos, no tiene empacho en afirmar:
“ando sobre rastrojos de difuntos.”
Si, primero, con angustia y rabia, ha mirado hacia abajo el poeta, hacia el cuerpo que se descompone (“temprano estás rodando por el suelo”), y ha violado furiosamente el lomo de la tumba (“quiero escarbar la tierra con los dientes...”), más sereno ya, levanta la mirada y profetiza futuras presencias en la vida de Miguel:
“Volverás a mi huerto y a mi higuera...”
Y presiente que, por lo más alto, habrá de descubrir en vuelo el alma de Sijé ...
“pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.”
Quedaron muchas cosas pendientes entre los dos. Te espero por el blancor de los almendros que fecunda tu sangre en ascensión...,
“que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.”
No sólo vislumbro, en estos versos, siembra fecunda sobre surcos de vida (“agricultura de la muerte”), sino, líricamente por supuesto, cierto juego de transmigración: ¿porqué no transmutar místicamente al infatigable trabajador de la prosa literaria, en laboriosa abeja de exquisitas mieles y “angelicales ceras”...? (Para leer, comentado, el poema completo, pulsar aquí.)

QUIZÁS A NUESTROS NIETOS LES ENSEÑEMOS LOS ÁRBOLES POR INTERNET

Las ideas hernandianas de la “agricultura de la muerte” parecieran, a simple vista, románticamente descabelladas. Pero no es así. Porque en nuestros días existe en el mundo un movimiento ecológico a favor de un enterramiento natural nada agresivo con el medio ambiente. Porque ¿sería exagerado afirmar que la fabricación de un hermoso ataúd implica, al menos, la tala de un árbol? En Estados Unidos, solamente en la construcción de féretros, se consumen más de treinta millones de toneladas de madera, y un millón seiscientas mil toneladas de concreto reforzado. Jordi Requena, responsable de la empresa de entierros ecológicos “Limbo”, afirma:
“Si nosotros no tenemos una mínima responsabilidad con el planeta, quizás a nuestros nietos les enseñemos los árboles por Internet.”
En imagen, un ataúd “Restbox” de cartón reciclado, resistente al agua, que solo pesa 12 quilos y hasta podría obtenerse simulando roble o caoba. Con el material de un solo féretro podrían obtenerse cien ataúdes biodegradables.
Ha escrito Fabiola el Mar un bello artículo sobre los "Entierros Verdes" (pulsar). Los cementerios verdes nacen como una iniciativa ética, ecológica y medioambiental frente a los usos comunes de la industria funeraria. Las prácticas normales de los entierros consisten en tomar el cadáver y separarlo de la tierra y su corrupción, fabricando los ataúdes en materiales muy resistentes al paso del tiempo, o embalsamar el cadáver para preservarlo mayor tiempo. Los cementerios se ubican retirados de la ciudad y son lugares fríamente diseñados para que quepan muchos cuerpos.

IMAGINA, TRAS TU MUERTE, SER ENTERRADO EN UN BOSQUE...

Frente a este desolador panorama de la muerte, los cementerios verdes son una alternativa que dice relación con una nueva manera de concebir la muerte y de re-utilizar nuestro cuerpo para generar vida. Nos facilita Fabiola una relajada meditación:
“Imagina tras tu muerte ser enterrado en un bosque, en un ataúd biodegradable, sin lápidas mortuorias y junto a un río que fluye alegremente. Que tu familia pueda visitarte no en un frío y tétrico cementerio, sino en un bosque natural lleno de vida. Esos son los llamados "Entierros Verdes", que poco a poco van perfilándose como alternativas a la inhumación tradicional, renovando el concepto de muerte de nuestras sociedades.”
Se nos recuerda el Miércoles de Ceniza que somos polvo y al polvo regresaremos. La cremación del cadáver visualiza en el pequeño hueco de una urna la rotunda sentencia de la liturgia cuaresmal. ¿Y qué destino podemos dar a la leve ceniza del amigo, del familiar, del amante...? Que no sea, por favor, tirar urna y ceniza al lago del Retiro madrileño o a las aguas del puerto barcelonés. Existen recipientes de sal y aglomerante vegetal que en tres horas se disuelven en el agua y alimentan a los peces. Se pueden adquirir también ecológicas urnas de cartón reciclado recubierto de corcho, que en dos o tres días de enterradas se van deshaciendo y reintegrando al ciclo de la vida.
Pero lo más emocionante podría ser depositar en la urna con cenizas una semilla de árbol. Cuando se planta en tierra la urna, la semilla germina y la planta comienza a crecer, creando vida a partir de la muerte... Familiares y amigos se sentirán muy cerca del nuevo avatar del difunto, con tronco y ramas, que perdurará unos cuantos años en el jardín de casa. Una simpática anécdota: el popular gorila albino “Copito de Nieve” fue depositado en una urna ecológica tras su fallecimiento en el 2004, y se ha ido convirtiendo en árbol africano en el zoo de Barcelona.
Comentarios:
Se muestran únicamente los últimos 40 comentarios de cada post.
Los comentarios para este post están cerrados.
Nicolás de la Carrera
autor
Contacto


