Lope de Vega, sacerdote (2). Una vida en verso
20.09.10 @ 07:00:00. Archivado en Espiritualidad, Sexualidad, Poesía

En imagen, una magnífica estatua de Lope de Vega, obra de Mateo Inurria. Vestido con sotana y portando en el brazo un manteo, parece estar corrigiendo algún poema, pues se adivina en la mano derecha una pluma de ave. Está emplazado el monumento frente al Real Monasterio de la Encarnación, a pocos metros del Palacio Real de Madrid.
La personalidad de Lope de Vega es tan exuberante, extrovertida, seductora que no puede ocultarse. Y exhibe sin pudor virtudes y defectos. Como excelente narrador, refiere sutilmente sucesos de su propia vida a través de avatares o heterónimos, en juego literario de complicidad. Poetiza otras veces sin disfraz acontecimientos de su propia vida como catarsis liberadora. De cada una de esas valientes, emocionadas confidencias escribiré a continuación.
Repasemos algunos sucesos a partir de 1610, cuando se establece en Madrid en casa propia. Allí pasaron a vivir Lope de Vega y Juana de Guarda con sus hijos. Uno de ellos, Carlos Félix, fallece de calenturas en 1613. El corazón del poeta quedó destrozado. En notable epístola a Matías de Porras (La Circe) recuerda con emoción cómo, a la hora del almuerzo, el pequeño Carlos le retiraba de los libros y le conducía jugando al comedor:
Llamábanme a comer; tal vez decía
que me dejasen, con algún despecho:
así el estudio vence, así porfía.Pero de flores y de perlas hecho,
entraba Carlos a llamarme, y daba
luz a mis ojos, brazos a mi pecho.Tal vez que de la mano me llevaba,
me tiraba del alma, y a la mesa,
al lado de su madre, me sentaba.
UN PADRE LLORA LA MUERTE DE SU HIJO DE SIETE AÑOS

Nos ha llegado, ardiendo de ternura y lágrimas, una apasionada elegía que, por su extensión, hemos de recortar notablemente. Forma parte del poemario "Rimas Sacras", publicado en 1614, año de su ordenación sacerdotal.
Después de ofrecérselo a Dios, le habla al pequeño, agradeciéndole su buen comportamiento:
A LA MUERTE DE CARLOS FÉLIX
Y vos, dichoso niño, que en siete años
que tuvistes de vida, no tuvistes
con vuestro padre inobediencia alguna,
corred con vuestro ejemplo mis engaños,
serenad mis paternos ojos tristes,
pues ya sois sol donde pisáis la luna;
de la primera cuna
a la postrera cama
no distes sola un hora
de disgusto,

Mientras algún hermoso pajarillo cantaba desde la jaula para aliviar la fiebre del enfermo, cultivaba el jardín el padre poeta, y le subía flores. Hasta que una madrugada el niño/lirio bajó al jardín y se acostó junto a las rosas. Admirable la resolutiva fe del creyente que adivina felicidad y vida más allá de la muerte:
Yo para vos los pajarillos nuevos,
diversos en el canto y las colores,
encerraba, gozoso de alegraros;
yo plantaba los fértiles renuevos
de los árboles verdes, yo las flores,
en quien mejor pudiera contemplaros,
pues a los aires claros
del alba hermosa apenas
salistes, Carlos mío,
bañado de rocío,
cuando marchitas las doradas venas
el blanco lirio convertido en hielo,
cayó en la tierra, aunque traspuesto al cielo.
¡Oh qué divinos pájaros agora,
Carlos, gozáis, que con pintadas alas
discurren por los campos celestiales
en el jardín eterno, que atesora
por cuadros ricos de doradas salas
más hermosos jacintos orientales,
adonde a los mortales
ojos la luz excede!

Versos finales: hay dos moradas, la terrestre y la gloriosa, nuestra verdadera patria. Aunque ahora recuerda Lope al pequeño Carlos con tristeza, pide a Dios llegar a encontrarse de nuevo con él por jardines de gloria:
Yo os di la mejor patria que yo pude
para nacer, y agora en vuestra muerte,
entre santos dichosa sepultura;
resta que vos roguéis a Dios que mude
mi sentimiento en gozo, de tal suerte
que, a pesar de la sangre que procura
cubrir de noche escura
la luz de esta memoria,
viváis vos en la mía;
que espero que algún día
la que me da dolor me dará gloria,
viendo al partir de aquesta tierra ajena,
que no quedáis adonde todo es pena.

SE HA QUEDADO SOLO, MUY SOLO

Pocos meses después del fallecimiento de Carlos, da Juana a luz una pequeña, Feliciana, fruto del amor de ambos. Pero el parto fue difícil y unos días después fallecería la madre. Recuerda Lope con profundo dolor la muerte por parto de su primera esposa, Isabel de Urbina. Una de las motivaciones más hondas para acercarse al sacerdocio y prometer celibato fue, sospecho, la experiencia de muerte por embarazo que había vivido en estas dos ocasiones.
Se ha quedado solo, muy solo, el amante. Al observar los gestos de la niña no puede por menos que evocar el encanto de la perdida esposa:
Feliciana el dolor me muestra impreso
de su difunta madre en lengua y ojos:
de su parto murió. ¡Triste suceso!
En pocos meses se ordena sacerdote: el 29 de mayo de 1614 celebra su primera misa... Pero ya en 1615 conoce y se enamora de una atractiva joven de 26 años, Marta de Nevares, que será el último y definitivo amor del insaciable tenorio que le doblaba la edad. Cupido hirió de vida a los dos en un jardín madrileño, con motivo de una fiesta poética que ella presidía. Marta pidió litigiosamente el divorcio.
Dos años después, alumbra felizmente Marta una niña, Antonia Clara. Y, por suerte para la pareja, fallecerá pronto el marido, Roque Hernández. Pero las bromas del gallinero intelectual no cesaron. Se hicieron famosos estos versos de Góngora: "Dicho me han por una carta / que es tu cómica persona, / sobre los manteles mona / y entre las sábanas Marta."
"DOS VIVAS ESMERALDAS..."

Desgraciadamente, no queda mucho espacio en el post, y me reduciré a introducir unos versos en octavas reales de la égloga "Amarilis", viaje sentimental por las estaciones más íntimas de la via lucis de Lope, y de su via crucis, recorridas a lo largo de dieciséis años de amor y sufrimiento extremos.
Ya en las primeras estrofas elogia Lope la belleza de Marta, destacando, sobre todo, la mágica luz de sus ojos, "dos verdes esmeraldas, que mirando / hablaban a las almas al oído..." Hacia 1621 pierde vista la bella hasta quedarse ciega. Si era luz para los ojos de Lope, al quedar ella en noche, se oscurece también el corazón y el alma del amantísimo compañero:
Cuando yo vi mis luces eclipsarse,
cuando yo vi mi sol escurecerse
mis verdes esmeraldas enlutarse
y mis puras estrellas esconderse,
no puede mi desdicha ponderarse,
ni mi grave dolor encarecerse,
ni puede aquí sin lágrimas decirse
cómo se fue mi sol al despedirse.
Siete años después, la sobrevienen ataques de locura. Se desgarra la ropa en accesos furiosos que alternan con períodos de honda melancolía. Lope de Vega la tranquiliza y cuida amorosamente. Desde la pobreza y la austeridad escribe al duque, su generoso mecenas, mendigándole ropas, dinero, sustento, que muchas veces no vendrían...
¿Quién creyera que tanta mansedumbre
en tan súbita furia prorrumpiera?;
pero faltando la una y la otra lumbre
de cuerpo y alma, ¿qué otro bien se espera?
Que en no habiendo razón que el alma alumbre,
ni vista al cuerpo en una y otra esfera,
sólo pudo quedar lo que se nombra
de viviente mortal cadáver sombra.Aquella que, gallarda, se prendía
y de tan ricas galas se preciaba,
que a la Aurora de espejo le servía,
y en la luz de sus ojos se tocaba,
curiosa, los vestidos deshacía,
y otras veces, estúpida, imitaba,
el cuerpo en hielo, en éxtasis la mente,
un bello mármol de escultor valiente.
Fallece, al fin, Marta de Novares en casa de Lope (1632). Tenía cuarenta años recién cumplidos. Los versos que siguen dibujan con trazos muy recios las duras tinieblas del corazón del poeta, pastor en la ficción, que descubre solidario dolor en todos los seres vivos de sus arroyos y sus campos. Tres años después (1635) fallecería también, muy deteriorado, el Fénix de los Ingenios...
Salgo de allí con erizado espanto
corriendo el valle, el soto, el prado, el monte,
dando materia de dolor a cuanto
ya madrugaba el sol por su horizonte.
«Pastores, aves, fieras, haced llanto,
ninguno de la selva se remonte»,
iba diciendo; y a mi voz, turbados,
secábanse las fuentes y los prados.No quedó sin llorar pájaro en nido,
pez en el agua, ni en el monte fiera,
flor que a su pie debiese haber nacido,
cuando fue de sus prados primavera;
lloró cuanto es amor, hasta el olvido
a amar volvió porque llorar pudiera,
y es la locura de mi amor tan fuerte,
que pienso que lloró también la muerte.

Comentarios:
Me encanta esta serie de Lope.
Epicteto, saludos
Yo poseo una edición INCUNABLE, heredada de mi bisabuelo Alvaro, editada con privilegio en Madrid en 1627, por la viuda de Luis Sanchez impresora de Reyno. Un valiosísimo y rarísimo libro joya, muy perfectamente atesorado y cuidado; del cual existen poquísimos ejemplares ( uno en la Biblioteca Nacional de Madrid ) y que permití tras insistentes instancias de importantes y cultos amigos, su fotocopiación altruista a Google para su mundial conocimiento y difusión.
Lo podeís leer escribiendo en Google:
Corona tragica: vida y muerte de la Serenissima reyna de Escocia Maria Estuarda Escrito por Lope de Vega
Yo también soy miembro de la Orden de San Juan de Jerusalen ( Orden de Malta ).
Cordiales saludos.
pero la vida es corta:
viviendo, todo falta;
muriendo, todo sobra.
*****
Cordiales y amables saludos a todos.
" ¡ Conmigo vais, mi corazón os lleva¡ ". Don Antonio Machado.
se afeitaba la aurora,
más peces te llenaban
que ella lloraba aljófar.
Al bello sol que adoro
enjuta ya la ropa,
nos daba una cabaña
la cama de sus hojas.
Esposo me llamaba,
yo la llamaba esposa,
pasándose de envidia
la celestial antorcha.
Sin pleito, sin disgusto,
la muerte nos divorcia;
¡ay de la pobre barca
que en lágrima se ahoga!
Quedad sobre la arena,
inútiles escotas,
que no ha menester velas
quien a su bien torna.
Si con eternas plantas
las fijas luces doras,
¡oh dueño de mi barca!,
y en dulce paz reposas.
Merezca que le pidas
al bien que eterno gozas
que adonde estás me lleve,
más pura y más hermosa.
Mi honesto amor te obligue,
que no es digna victoria
para quejas humanas
ser las deidades sordas.
Mas, ¡ay!, que n...
¿qué sirve fama heroica?
Que nunca desdichados
sus pensamientos logran.
¿Qué importa que te ciñan
ramas verdes o rojas,
que en selvas de corales
salados cesped brota?
Laureles de la orilla
solamente coronan
navíos de alto bordo
que jarcias de oro adornan.
No quieras que yo sea,
por tu soberbia pompa,
Faetonte de barqueros
que los laureles lloran.
Pasaron ya los tiempos
cuando, lamiendo rosas,
el céfiro bullía
y suspiraba aromas.
Ya fieros huracanes
tan arrogantes soplan
que, salpicando estrellas,
del sol la frente mojan.
Ya los valientes rayos
de la vulcana forja,
en vez de torres altas,
abrasan pobres chozas.
Contenta con tus redes,
a la playa arenosa
mojado me sacabas;
pero vivo, ¿qué importa?
Cuando de rojo nácar
...
no es la virtud dichosa,
ni se estima la perla
hasta dejar la concha.
Dirás que muchas barcas
con el favor en popa,
saliendo desdichadas,
volvieron venturosas.
No mires los ejemplos
de las que van y tornan,
que a muchas ha perdido
la dicha de las otras.
Para los altos mares
no llevas, cautelosa,
ni velas de mentiras,
ni remos de lisonjas.
¿Quién te engañó, barquilla?
Vuelve, vuelve la proa:
que presumir de nave
fortunas ocasiona.
¿Qué jarcias te entretejen?
¿Qué ricas banderolas
azote son del viento
y de las aguas sombra?
¿ en qué gavia descubres,
del arbol alta copa,
la tierra en perspectiva,
del mar profundas orlas?
¿En qué celajes fundas
que es bien echar la sonda,
cuando, perdido el rumbo,
erraste la derrota?
S...
Pobre barquilla mia...
¡Pobre barquilla mía,
entre peñascos rota,
sin velas te desvelas,
y entre las olas sola!
¿Adónde vas perdida?
¿Adónde, di, te engolfas?
Que no hay deseos cuerdos
con esperanzas locas.
Como las altas naves,
te apartas animosa
de la vecina tierra,
y al fiero mar te arrojas.
Igual en las fortunas,
mayor en las congojas,
pequeña en la defensas,
incitas a las ondas.
Advierte que te llevan
a dar entre las rocas
de la soberbia envidia,
naufragio de las honras.
Cuando por las riberas
andabas costa a costa,
nunca del mar temiste
las ira procelosas.
Segura navegabas,
que por la tierra propia
nunca el peligro es mucho
adonde el agua es poca.
Verdad es que en la patria
no es la virtud dichosa,
ni se estima la perla
hasta de...
Y siendo un sentido sacerdote de Cristo a pesar de sus potentes e invencibles hormonas, es nombrado por el Papa de Roma Urbano VIII en 1627( al que dedicó las 600 octavas reales de su obra " La Corona Trágica " sobre la vida y muerte de María Estuardo ), Caballero, Doctor en Teológia y Maestre Titular de la Orden de San Juan; se siente ya vencido por la edad, sus infinitos trabajos y sus mil dolores, y escribe sus famosas estremecidas " Barquillas ".
Este, es ya, mi comentario de inevitable despedida; como ya os indicaba en el anterior post.
Lástima que el día no tenga 48 horas, que es una de las quejas que tengo con mi Creador y Dios.
Por ahora, adiós amigos; os llevo en el corazón.
El deber es lo primero, como muy bien comenta e indica el gran sabio y amigo, Nicolás.
*****
Félix Lope de Vega y Carpio (Madrid, 25 de noviembre de 1562 – 27 de agosto de 1635):
...
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Nicolás de la Carrera
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