

La imagen de Lope de Vega que acompaña estas líneas acaba de ser descubierta en una colección particular de Munich con una antigua atribución diferente. Su autor, Juan Vander Hamen (1596-1631), madrileño como Lope y amigo, la realizó hacia 1628. El Fénix estaba exultante porque acababa de recibir de Urbano VIII la notable distinción de Caballero de la Soberana Orden Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, Rodas y Malta, destacada su cruz a buen tamaño por el anverso del manteo. Nuestro doctor amigo Epicteto nos informa que él también tiene el honor de disfrutar esta alta distinción.
Por el Barrio de las Letras madrileño literatos y pintores se comunicaban sus trabajos, en un Siglo de Oro artístico y fecundo. Un pequeño ejemplo: el soneto "Si cuando coronado de laureles...", que el genio de Lope dedica a su retratista Vander Hamen. Universalmente reconocida la habilidad de Hamen en pintar bodegones y floreros , elogia el poeta la realista perfección de sus cuadros, que llegaron a engañar a ruiseñores y abejas: "Sepa la envidia, castellano Apeles, / que en una tabla, de tus flores llena, / cantó una vez burlada filomena, / y cercaron abejas tus claveles." Cierra los tercetos con lírico broche: "Vuelvan por ti, Vander, tantas auroras / que te coronan de tus mismas flores."
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En imagen, una escena de "Lope": el jovencísimo poeta madrileño se deja mimar por Elena Osorio, su primer gran amor. Su último gran amor, veíamos en el último post, Marta de Nevares, permaneció a su lado diecisiete años a contracorriente de su estado civil de "clérigo presbítero". Reunía Marta multitud de cualidades excelentes. Toda la égloga "Amarilis" (publicada en 1633, a sólo dos años del fallecimiento del poeta) refiere la historia de una gran pasión. La belleza espiritual de Marta no desmerecía de la belleza física: por su juventud, cultura y afecto estimuló notablemente la insaciable creatividad del genio. Podía haber sido para Lope la esposa perfecta.
Si nos fijamos de nuevo en la firma de Lope, a su materialismo, a sus hondas raíces en el instinto y la pasión (recordad el gesto descendente firme y acariciador de la letra "g", y la rúbrica final clavada como un rayo), podíamos añadir ahora el vuelo de la "L" mayúscula inicial, que asciende y se proyecta, protegiendo unas veces, sofocando otras. Árbol de hondas raíces y altos frutos. Si antes cantaba al amor humano, en estos años de madurez eleva fervorosamente la mirada hacia las altas cumbres de lo Trascendente.
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Todos recordamos, espero, algun cuarteto, algún terceto, de sonetos de Lope. Acaso el poema completo. Podría tratarse de versos de amor, en los que el conquistador Lope es verdadero especialista. Pero, al menos cierta generación de posguerra, en el colegio, en la catequesis o en clase de religión, en casa... fuimos aprendiendo, y nos fueron sonando a gloria, versos religiosos con su reconocida firma. No olvidemos que hablamos del primer sonetista de la literatura española.
Ya había publicado en 1602, en la imprenta madrileña de Pedro Madrigal, Rimas, con doscientos sonetos de amor, de aliento petrarquista refinado y pulcro (para leer los 200 sonetos, pulsar aquí). Pero doce años después, 1614, a raíz de su arrepentimiento y conversión radical que en ese mismo año le llevó a ordenarse sacerdote, dio a conocer las Rimas Sacras, donde incluye, entre otros poemas varios, cien sonetos religiosos (para leer los 100 sonetos, pulsar aquí). Os invito a recordar, a saborear, a rezar conmigo, al menos cuatro de los casi mil títulos sonetiles que se conocen de su elegante y fecunda creatividad. Y quiero aclarar que no son los mejores sonetos, pero sí de los más populares...
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En imagen, una magnífica estatua de Lope de Vega, obra de Mateo Inurria. Vestido con sotana y portando en el brazo un manteo, parece estar corrigiendo algún poema, pues se adivina en la mano derecha una pluma de ave. Está emplazado el monumento frente al Real Monasterio de la Encarnación, a pocos metros del Palacio Real de Madrid.
La personalidad de Lope de Vega es tan exuberante, extrovertida, seductora que no puede ocultarse. Y exhibe sin pudor virtudes y defectos. Como excelente narrador, refiere sutilmente sucesos de su propia vida a través de avatares o heterónimos, en juego literario de complicidad. Poetiza otras veces sin disfraz acontecimientos de su propia vida como catarsis liberadora. De cada una de esas valientes, emocionadas confidencias escribiré a continuación.
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Se alista Lope de Vega, con veintiún años, en una expedición armada a Las Azores, a la Isla Terceira, comandada por el marqués de Santa Cruz. Al regreso, se enamora perdidamente de una mujer casada, Elena Osorio (“Filis”), muy relacionada con el arte escénico. Y mantiene con ella amistad íntima durante algunos años (1584–1588). Como en un culebrón venezolano, la cosa se complica extraordinariamente, y es expulsado Lope, por varios años, de la Corte y del Reino, por escribir libelos difamatorios contra Elena y sus allegados. A punto estuvo de ser ejecutado o enviado a galeras. La bella Elena está interpretada en “Lope” por Pilar López de Ayala, a la izquierda de la imagen, una joven compleja, transgresora y valiente.
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Cerraremos hoy, de momento, la evocación de José Ángel Buesa y su romántica poesía. Estamos haciendo realidad su ferviente deseo, su impetración al Divino Poeta, de ser recordado por un puñado de poemas. O por lo menos...
Ah, que me sobreviva un poema, o siquiera una estrofa,
o un verso solamente, Señor, un solo verso...
Con el poeta de Cienfuegos ha sucedido algo mágico: que al ser proscrita de la Isla su persona y su obra, corrieron de mano en mano sus libros viejos, sus poemas nuevos. Y, a veces mal copiadas, se extendieron versiones populares, como cuando, en la Edad Media, romances y canciones nacidas del alma popular, eran transmitidas de la abuela a los nietos, del juglar al mercado.
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Algo nuevo se escancia por los fértiles pozos del alma de Cuba. Mes a mes, día a día, se viene reconociendo la excelencia de la obra lírica de Buesa. Lo último que nos llega es un escrito aparecido el pasado jueves en "La gaceta de Cuba", órgano de expresión de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que reivindican, con honestidad y justeza, el luminoso rastro, el embriagador perfume que no cesa, de los escritos del poeta cienfueguino. Así se manifiesta Virgilio López Lemus:
"Hoy 2 de septiembre, nació en Cruces, en 1910, el poeta José Ángel Buesa. No hemos sido justos con él durante los últimos cincuenta años, sobre todo la crítica de poesía en Cuba.
El pueblo no sólo no lo ha olvidado, sino que lo sigue leyendo. No fue el poeta genial que afirmaron sus admiradores a toda costa. Pero tampoco fue el pésimo poeta cursi del que no pocos hicieron mofa, o lo omitieron en sus estudios."
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Acaba de estrenarse el pasado viernes el film "Lope", espectacular biografía del Lope de Vega más castizo. Vivió muy de prisa, escribiendo frenéticamente comedias, poemas, epístolas, cuentos... Un monstruo de la naturaleza. Para los amantes de su lírica, podría resultar problemático seleccionar sabiamente, entre su prolífica y desigual producción, sobresalientes títulos merecedores nada menos que de un humilde pedestal en una antología del Siglo de Oro.
Escribo esto como presentación de José Ángel Buesa, porque percibo cierta similitud entre la obra de Lope y la abundante, buena y desigual literatura que fue acercando a sus admiradores la generosa creatividad del poeta cubano que, como el popular madrileño del XVI, vivió en lo alto de la fama, aplaudido, sobre todo, por la gente sencilla, y menospreciado ásperamente por los escritores oficiales.
Propongo para hoy unos versos simpáticos y frescos que titula Buesa "La Obra de Jehová", y se refieren, en el amanecer de la creación, al regalo de los pechos que Dios hizo a la mujer (y al hombre) en la fiesta inaugural de la pareja humana.
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02.09.10 @ 07:00:00. Archivado en Política, Poesía

Los amantes de la poesía celebramos hoy, 2 de septiembre, el nacimiento, por el territorio de Cienfuegos, Cuba, de un sensible muchachito que, 33 años después, llegará a competir, en el corazón del pueblo americano, con la popularidad de los mágicos versos del Neruda de "20 poemas de amor y una canción desesperada". Le aupó al laurel de los "best sellers" el acaudalado fluír de sentimientos de su poemario "Oasis", publicado en enero de 1943, que llegó a conocer diez ediciones en diez años. Hacia finales de los 50, iban pasando de mano en mano, en su Isla y en todo el Continente, más de un millón de ejemplares de su obra lírica.
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