
Cerramos hoy este pequeño viaje por algunos versos con nube (para asomarse a anteriores post, pulsar aquí y aquí). Todos, ¿o no?, nos hemos tumbado alguna vez sobre la hierba para ver pasar las nubes. Hasta hemos jugado a adivinar figuras (mira, un ángel, un cordero, un corazón, una cara...).
¿Cómo no recordar el emocionado poema de Rafael Alberti: "Hoy las nubes me trajeron, / volando, el mapa de España"? Sueña el emigrante desde Argentina con su perdido hogar. Viajero con las nubes, se acerca al pueblo de su infancia, a su casa... "Entré en el patio que un día / fuera una fuente con agua. / Aunque no estaba la fuente, / la fuente siempre sonaba. / Y el agua que no corría / volvió para darme agua..." Viajaremos hoy también nosotros, con otros versos, con otros fascinados poetas, por la misteriosa pasarela de las calladas nubes...
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Nube famosa la del Monte de los Olivos, que iba ocultando al Señor en su Ascensión. Así lo refiere Hechos 1, 9-11:
Entonces, en presencia de ellos, Jesús fue levantado y una nube lo ocultó. Mientras miraban fijamente al cielo hacia donde iba Jesús, se les aparecieron dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: «Hombres de Galilea, qué hacéis ahí mirando al cielo? Este que ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá como lo habéis visto subir al cielo».
El más hermoso poema/oda sobre la Ascensión y su nube la escribió el poeta belmontino Fray Luis, orquestado con el ropaje musical de la silva...
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En dos o tres entregas presentaremos poemas de nube y su relación con la trascendencia. El invitado de hoy a nuestro círculo de amigos es Pedro Salinas (Madrid 27 de noviembre de 1891-Boston 4 de diciembre de 1951). Como habéis descubierto, el próximo viernes se celebra el aniversario del natalicio del poeta madrileño. Nuestro homenaje de hoy ofrece el texto completo de un original poema, "Nube en la mano", integrado en el póstumo libro "Confianza" (dado a conocer en 1954).
El poema "Confianza", que da nombre a todo el libro, se ha interpretado como síntesis de su obra y remansado epílogo y testamento. En palabras de Raimundo Lida, se trata de "una última profesión de fe, de confianza, un último sí". Señala Díez de Revenga que "la aventura hacia lo absoluto" que era la poesía de 1932 para Pedro Salinas, tiene en este y otros poemas últimos su realidad y su encarnación.
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Vive Cernuda su poesía más cerca de los dioses paganos que del Dios cristiano de su infancia en la católica Sevilla, aunque quedó definitivamente marcado por las regiones más hondas de su espiritualidad. "Atardecer en la catedral", extenso poema de 63 versos, forma parte de "Las nubes" y se fue escribiendo en desolado tiempo de guerra y devastación patria. Con el alma en vilo y el cuerpo aterido de hambre, dolor y frío, fue borboteando, desde la fe, desde la duda, temblorosas plegarias de búsqueda y esperanza.
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Realidad y memoria. Presente y pasado-hecho-presente dentro de la cabeza. No igual que ocurrió entonces: unas gotas de miel o de hiel sazonan un nuevo banquete, lo condimentan así para nuestra felicidad o nuestro masoquismo. Si pudiéramos, borraríamos del pasado las equivocaciones, los dolores, los fracasos, y sólo disfrutaríamos, de tarde en tarde, de mañana en mañana, de emocionadas escenas de placer y alegría, de creación y de sueños. Hace unos días descubrí en una Presentación PPS el delicioso pensamiento de que "Dios nos dió los recuerdos para que pudieramos tener rosas en diciembre".
Realidad y memoria. A Luis Cernuda le gusta más la memoria que la realidad. Personalidad Cuatro del Eneagrama, creo yo, descubre dentro de sí lo que le falta en el mundo de las cosas, en el roce diario con los seres queridos, en la cercana presencia de gente que se ama y suda, y trabaja y bosteza vulgarmente.
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Descubriremos también hoy más y más versos cernudianos de extraordinaria calidad literaria y humana (pulsar aquí). No van a faltar en la exploración desafiantes preguntas sobre el alma y la trascendencia.
Soy de los amantes de poesía que buscan en los poemarios brevedad y sentimiento. Frente a un poema notablemente extenso, acostumbro pasar página, esperando una nueva oportunidad, que nunca llega. Así me ha ocurrido con la lectura de hoy: estremecedora ficción dramatica ¡de 135 versos! Pero, ya lo veréis, va a merecer la pena. Aunque hemos hecho trampa y sólo estudiaremos las últimas 59 líneas. El poema está tomado del libro "Como quien espera el alba" (1941-1944). Como se ve por las fechas, fue redactado, en Inglaterra, en plena guerra mundial.
Repasa Cernuda su existencia en el lecho de muerte. En la primera parte (ausente en el post de hoy) convoca a los protagonistas más entrañables de su vida.
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Celebrábamos el pasado día 5 el aniversario del fallecimiento de Cernuda (pulsar aquí). ¿Por qué no releer algún poema suyo, acaso uno largo, de esos que solemos aparcar por falta de tiempo, pero sospechamos que nos estamos perdiendo lo mejorcito de su poesía? Os invito a disfrutar, reposadamente, "La visita de Dios", de 76 versos. Forma parte del poemario "Las nubes", que inició en 1936 y tuvo que continuar ya fuera de España, cuando, en 1938, en plena guerra civil, viajó a Inglaterra para impartir lecciones y se quedó a vivir en el exilio (Inglaterra, Estados Unidos, México) hasta su muerte, veinticinco años después.
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En este aniversario le apetece a uno acariciar el cuerpo de su poesía, sentir por las manos el latido fecundo de su alma. A pocas fechas del Día de los Difuntos, ¿por qué no explorar versos del poeta sevillano que nos hablen de sepultura y tránsito, de soledad y sueños, de esperanza... Específicamente: podríamos incluir algunos de sus mejores "poemas de cementerio", tan valiosos literariamente, tan bien ungidos de amor y búsqueda...
Falleció Cernuda de ataque al corazón un 5 de noviembre de 1963, a los 61 años, en Coyoacán (Mexico), residiendo en la casa de Concha Méndez, viuda del poeta Altolaguirre. Podéis acceder a una información bastante completa de sus últimas horas pulsando aquí. El pasado noviembre dediqué seis post al tema de la muerte y la sobrevida, presentando 17 inquietantes poemas (ver aquí). En imagen, Luis Cernuda en las Misiones Pedagógicas, acompañado de un chaval.
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Van quedando los árboles sin fronda. Se acurruca la savia en su refugio de invierno, y se echa a dormir hasta la primavera. Bellamente lo expresa Miguel Hernández en su poema "Invierno puro". Por aquellos juveniles años de militancia católica, el desnudo árbol simbolizaba, para su espiritualidad, la excelencia de la virtud. Sin mentira de hojas, sin pecado de frutos... Golpeado por el viento purificador de la montaña...
"... Ya el castillo del árbol se desploma
poco a poco, hoja a hoja, nido a nido,
y el esqueleto vegetal asoma.
¡Qué mondez! Lo engañoso derretido,
ya triunfa la verdad, vástago eterno,
la savia muerta y el vigor caído.
A la hoja mujeril, varón invierno
persuadió a descender de su eminencia
con un aire insistente y boquitierno.
Opuso aquella alguna resistencia,
pero, mujer al fin, cayó en el vuelo
de una serena luz sin competencia..."
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