San Valentín (y 3). AMOR DE DOS, AMOR DE DIOS
19.02.09 @ 06:00:00. Archivado en Espiritualidad, Iglesia, Pareja, Psicología

La fiesta de san Valentín es la fiesta del amor. Aunque se haya manchado en nuestros días con la pegajosa baba del consumo, necesita y demanda el hombre de hoy más aire puro, más sol benéfico, más agua de manantial..., y, sobre todo, más, más amor.
Nuestro santo Valentín, obispo en la Umbría, ante la prohibición de efectuarse matrimonios en la jurisdición de Carlos II, casaba en secreto a los enamorados que se lo pedían. Conversaba afectuosamente con ellos y les escribía cartas de amor. Repetidas veces fue encarcelado por su celo apostólico. Despertó, bajo Aureliano, la admiración de su carcelero, que le presentó un día a su hija Julia, ciega de nacimiento, para que la curara. En el nombre de Jesús se realizó el milagro.
En imagen, Valentín y Julia dando gracias a Dios. También aparecen en escena ramas de almendro que, por estas fechas de mediados de febrero, se adelantan a la primavera y se cargan de rosadas flores.
La pareja humana es un hermoso invento de Dios. La pareja y los amigos, que en estos días de fiesta del corazón también se felicitan y renuevan amorosos lazos.

LA EXPLOSIÓN DEL AMOR

El verdadero amante no ama en abstracto: contempla fascinado en toda su riqueza, en toda su belleza, en toda su originalidad, al ser amado. No se fatiga de admirar, porque ve más allá de las apariencias, anuncia futuro desde el grávido presente. No admite etiquetas globalizadoras (es una mujer, un adolescente, un negro, un viejo, un homosexual).
En un primer tiempo maravilloso
-enamoramiento- queda prendido por el éxtasis. Lejos del amado, la vida no tiene sentido. Es la persona más maravillosa. ¡Qué necesidad tiene la futura pareja de vivir estos momentos inolvidables, para recrearlos cuando la sequía, o los hielos, amenacen el ser/no ser de su amor!
Se achica la hoguera de la pasión. Y sobrelaten rescoldos de ternura. El amor se consolida en la verdad. Y es ahora cuando puede sobrevenir la explosión del amor. Pío XII, en un discurso a novios del año 1943, con la sencillez de un párroco y la profundidad de un doctor, se expresaba así:
«¿No os ha sucedido nunca, entre las diversiones de vuestra niñez, prender fuego, con una lente mantenida en el punto preciso, a algunos trozos de papel o un poco de estopa? Los rayos del sol convergen en un punto fijo para desviarse luego, difundiéndose de nuevo con una intensidad de calor y de luz considerablemente aumentada, como si este punto, este enfoque, hubiera sido a su vez un pequeño sol. Ese es el hogar en cualquiera de los órdenes a los que se aplique ese nombre: el punto en que todo se concentra para irradiarse de nuevo».
El sol del amor, que amanece en la pareja, se irradia hacia la sociedad. Es como la piedra que cae en un estanque: se van abriendo círculos cada vez más lejanos... Necesitamos amar, en profundidad, al menos a una persona, para creer en el maravilloso misterio del ser humano. A partir de ahí todo es posible: familia, amigos, comunidad de vecinos, ciudad, país, planeta... Nada humano nos es ajeno. «Si antes era el hogar nuestro mundo, ¿no es ahora el mundo nuestro hogar?» (Cabodevilla).

EN EL CORAZÓN DE DIOS
Al amar, no deberíamos decir «Dios está en nuestro corazón», sino «nosotros estamos en el corazón de Dios», porque Dios es amor. Y soy mentiroso si digo que amo a Dios, a quien no veo, y no amo al prójimo a quien veo. Gloria Fuertes, con expresión desenfadada, nos da lecciones de teología popular:
LA MANO SIN EL CORAZÓN
La mano sin el corazón,
no hace nada.
La pluma sin el ave,
no hace nada.
El orgasmo sin el amor,
no hace nada.
Dos sin Dios,
no hacen nada.
Si nos unimos sólo desde abajo, desde el cuerpo, no será difícil reventar la soldadura. Pero si nos amamos desde arriba, desde la
fe, como dos imanes que proyectan una energía vincular invisible pero potentísima, la fuerza de atracción podría resultar indestructible (lo que el espíritu ha unido, no lo separe la carne).
El pasado domingo asistí, en la parroquia madrileña de san Valentín, a una entrañable celebración eucarística. Minutos antes de la despedida, se invitó a las parejas presentes a acercarse al altar, cogidos de la mano, a recibir una especial bendición. Seguía san Valentín acercando corazones a Dios en el siglo XXI. En esto conocerán que sois mis discípulos. Las iglesias domésticas pregonan, desde sus diminutos campanarios, que Cristo ha resucitado, que aún es posible el amor.

¿CASARSE POR LA IGLESIA?

¿Casarse por la iglesia? ¡Pues claro, para el bautizado que tiene fe en la presencia de Dios entre los suyos! Ni las flores, ni el órgano, ni la monumentalidad del templo son importantes. Lo importante es el sí al amor que se gritan los esposos. El sí del matrimonio se convierte así en amén trascendental (Hortelano). Irresistible la invitación de López Quintás al Sacramento:
.«Cuando dos jóvenes, ante el altar, se prometen fidelidad para siempre, y manifiestan ante la comunidad creyente su deseo de fundar una unidad semejante a la que tenía Jesús con el Padre y con los hombres, algo grande acontece en el Universo: se cierra el círculo del amor que lo trajo a la existencia, y todo cobra su último y definitivo sentido.
Las flores que la novia lleva en sus brazos y que adornan el templo, los cirios que iluminan y dan calor, los metales que ofrecen al acto litúrgico su expresiva reciedumbre, el mismo espacio arquitectónico, con sus estructuras y su capacidad acogedora, todo queda ensamblado en una corriente de regreso al Creador, y adquiere de esa forma su pleno sentido y su belleza»
Comentarios:
hace mucho.
No hace falta,
duplicarse.
El alma,
resulta una,
y mas le vale,
estar sola,
que muy mal,
acompañada.
Lo que dice,
Gloria Fuertes,
es una vulgar,
chorrada.
El corazón,
siempre late,
y el ave vuela,
dorada.
No hay necesidad,
de orgasmo,
para un alma,
bien templada.
Que es mejor,
tener espíritu,
que ser carne,
atolondrada.
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Nicolás de la Carrera
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