
Va mejorando notablemente el índice de mortalidad infantil de nuesto mundo. Pero en el África subsahariana, por ejemplo, de cada diez niños que nacen, casi dos todavía fallecen antes de los cinco años. (Llegan en cayucos a Europa madres gestantes y, casi con seguridad, salvarán la vida de sus pequeños en nuestros países con envidiable índice de supervivencia.)
Hasta no hace demasiado tiempo, había en las Parroquias un libro especial para sentar partidas de defunción de niños, numerosas en aquellos años de ignorancia y desnutrición. (En mi familia nacimos nueve hermanos y pronto murieron dos de ellos.)
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Dentro de una semana celebrará la Iglesia la Festividad de los Fieles Difuntos. Tradicionalmente, noviembre ha sido un mes de recuerdo y oraciones por amigos, familiares, que se nos han ido. Y, de paso, de reflexión sobre nuestra propia muerte.
Se ha escrito mucha y buena poesía sobre el más allá y el más acá del morir, puerta abierta al Misterio. En varios post acercaré poemas para meditar. Acaso, también, para utilizar pastoralmente en homilías de funeral, formación de adultos, catequesis, foros, etc.
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Esta escena resume gráficamente el dramático filo de navaja por el que transcurre la película. La niña Camino, en trance penúltimo, ya sin vista por la enfermedad, habla de su amor a Jesús. Y, mientras la madre sostiene un poster del Jesús del evangelio, sueña la preadolescente con abrazos y besos de Jesús, el hijo de la pastelera de su barrio, del que se ha enamorado perdidamente. Uno es el relato de Gloria, madre que sueña con una hija santa. Y otro el de la pequeña, que se resiste a morir y espera cartas de amor de su tierno muchachito...
Comprendo la indignación de la familia de Alexia al constatar a qué extremos de manipulación es conducida la aventura existencial de su hija, fallecida a los 14 años. Una adolescente puede, ¿por qué no?, ser declarada santa por la Iglesia, si ha vivido ejemplarmente, en el amor a Dios y a los hermanos, el reducido tiempo de su paso por la tierra. Se pontifica en el film qué sentimientos, qué conductas debe tener, a sus 11 años, la protagonista (aunque el hermoso rostro de Nerea Camacho me sugiere mayor edad).
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Javier Fesser, director de películas como "El milagro de P. Pinto" y "La gran aventura de Mortadelo y Filemón", realizadas con técnica de comic, con simplificada caracterización de cuento de hadas, irrumpió con bombo y trompetería en el Festival de San Sebastián y ha abierto polémica mucho antes de su estreno para el gran público. Acabo de asistir a su proyección en sala comercial y os aseguro que es difícil permanecer indiferente ante una narración tan cargada de sentimiento, de radicales preguntas, tan hábil en su realización.
En imagen, el ángel de la guarda de Camino, la protagonista. Un ángel muy diferente a los que fuimos describiendo en el blog. Le llamo "Ángel del esperpento", porque, más que seducir, aterroriza a la niña de once años, protagonista del film. En una escena, acariciando a la pequeña, invoca la madre: "Ángel de la guarda, / dulce compañía, / no la desampares / que se perdería..."
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Esta es Pauline, POPPY para los amigos (Sally Hawkins, premio de interpretación en el último festival de Berlín). Dulce maestra de primaria en Londres, ingenua, divertida, chistosa. Acaso en un primer momento, como me ocurrió a mí, os resulte muy superficial, os empalaguen sus infantiles bromas. Pero a medida que os internéis en el corazón del personaje, os irá cayendo mejor, hasta os interesará su vida, su optimismo vital, a pesar de todo.
El director de "Secretos y mentiras", Mike Leigh, no dibuja una Poppy fantasiosa, al estilo de Amelie. La treinteañera protagonista tiene los pies en la tierra (aunque la encanta saltar en camas elásticas), y va enfrentando los problemas del día a día con talante posibilista y creativo. Una risa fácil y auténtica no deja de iluminar su expresivo rostro.
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Las horas que pasan,
las horas del día,
si tú estás conmigo
serán de alegría...
Ven siempre a mi lado,
tu mano en la mía.
¡Ángel de la guarda,
dulce compañía!...
Esta niña en pijama está rezando sus últimas oraciones. Su ángel custodio la acompaña y protege. El rostro infantil, con los ojos cerrados, vislumbra un corazón lleno de felicidad. La fe, amigos, la fe... (¿Creer lo que no se ve, o ver lo que se cree?). Y uno se pregunta: pero ¿se dejan ver los ángeles?
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En los cementerios abundan cruces y ángeles. Como el Ángel Exterminador que preside esta página, obra de Josep Llimona i Bruguera. Empuña una espada, protegiendo a los silenciosos habitantes del romántico cementerio de Comillas. Otras veces se representa con una larga trompeta convocando a Juicio. En este rincón cántabro fueron enterrados, como en todo camposanto cristiano, millares de creyentes con esperanza de resurrección y vida eterna.
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Desde la encarnación (casi diría desde la primera Creación) alma y cuerpo están fundidos por voluntad divina. El cuerpo humano es Templo de Dios, y el Alma humana carne bendecida. Bonito y necesario me parece hablar de los ángeles, espíritus puros, tan cercanos al Amor, pero invisibles (¿o no?). Dios también se acerca a nosotros misteriosamente a través de los Santos y los santitos del barrio, más humildes pero más próximos.
Uno de los milagros del Amor y de la Vida es el nacimiento de un niño, de una niña. Escribe tiernamente Dámaso Alonso (Los que van a nacer):
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Celebramos hoy la festividad de los Santos Ángeles Custodios. No tiene demasiado que ver esta devoción cristiana con la moda new age de honrar a los espíritus celestes como energías superiores, arquetipos culturales, etc. Ya en el Antinguo Testamento se habla repetidamente de ángeles y sus misiones. Ejemplo: en el salmo 90, leemos:
"Ha dado a sus ángeles la orden
de protegerte en todos tus caminos.
En sus manos te habrán de sostener
para que no tropiece
tu pie en alguna piedra;
andarás sobre víboras y leones
y pisarás cachorros y dragones..."
El texto más hermoso del Nuevo Testamento es cuando Jesús acaricia a un niño y explica:
"Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, porque yo os digo que allá arriba sus ángeles ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos (Mateo 18,10)."
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