

"Dios espera hasta que el hombre se hace niño de nuevo en la sabiduría" (Rabindranath Tagore).
Como despedida de la excursión por el ramillete de aforismos de TAGORE, seleccionamos hoy ocho de ellos, cargados de humanidad. El hombre..., centro del Universo, punta de flecha de la creación disparada olímpicamente al Corazón divino... será, por última vez, nuestro tema de hoy.
Juguemos, por un momento, a meditar sobre algo tan vulgar como el rostro de un hombre.¡Qué inventario de matices expresivos! No conozco rostro alguno de cartón piedra, pura máscara. A todos se nos escapan alguna vez chispitas de llanto, pétalos de risa, el fogonazo seco de un grito... Refiere García Vallés una pequeña historia: dos artistas se encontraron, y el primero dijo: “He viajado por todo el mundo, y no he encontrado un solo rostro que merezca la pena pintarse”. El otro artista contestó: “Yo no he salido nunca de mi pueblo, y aún no he encontrado un solo rostro que no merezca las pena pintarse...”
Llevamos sobre los hombros aquel semblante que la vida que fuimos viviendo ha ido tallando, aquel rostro bello que, como escuché un día a Robert Redford, fueron modelando en nosotros las personas que amamos y nos amaron.... También un rostro anciano es hermoso. Sus arrugas son bellas, como el paisaje de corcho y musgo de un nacimiento... Pero vayamos ya a meditar sobre el ser del hombre con emocionadas sentencias de Rabindranath TAGORE.
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"La telaraña parece que coge gotas de rocío, y coge moscas" (Tagore).
Para el contemplativo, todo es misterio, todo es gracia, todo es amor. Un paseo por el bosque, por un jardín, por un sendero, por una avenida..., como por una catedral, con sus fervorosas capillas, sus vidrieras de luz, sus santos de carne y alma.... Agua y aire, tierra y fuego..., espacios sagrados para quien contempla y siente el mundo con ojos nuevos...
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"¡Oye, corazón mío, los suspiros del mundo, que está queriendo amarte!" (Rabindranath Tagore).
Se lamentaba Agustín de que, seducido por la hermosura de las criaturas, lastrado el corazón en el primer peldaño de la belleza, había buscado fuera de sí lo que ya poseía en su Morada interior... Irá recorriendo todos los sentidos, cuyos deseos más hondos habría de colmar el Señor:
"¡Tarde te amé, Belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! El caso es que tú estabas dentro de mí y yo fuera. Y fuera te andaba buscando y, como un engendro de fealdad, me abalanzaba sobre la belleza de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo... Me llamaste, me gritaste, y desfondaste mi sordera. Relampagueaste, resplandeciste, y tu fulgor disipó mi ceguera. Exhalaste tus perfumes, respiré hondo, y suspiro por ti. Te he saboreado, y me muero de hambre y de sed. Me has tocado, y ardo en deseos de tu paz..."
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"Con la mañana, el mundo ha abierto su corazón de luz. ¡Corazón mío, ve, con tu amor, en su busca!" (Rabindranath Tagore).
Se ha venido manifestando Dios en sus criaturas, imperfectos espejos que revelan "al tiempo que velan" su gran Luz, sacramentos de gracia que, como el arbusto del Sinaí, nos acercan la hoguera incombustible de su misericordia. "El fuego inefable y prodigioso escondido en la esencia de las cosas, como en la zarza, es el fuego del amor divino y el resplandor fulgurante de su belleza dentro de todas las cosas..." (Máximo el Confesor). Dios se hizo carne de mujer. Llegó la salvación a los hombres y a toda la creación.
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Acontecen en la vida situaciones de repentina iluminación. En esos momentos uno lo ve todo con ojos nuevos. Es como si descubriéramos de pronto un mundo increíblemente bello que nos ha rodeado silenciosamente desde siempre. Recuerda J. W. N. Sullivan la primera experiencia de este tipo:
“Siendo niño, me topé con un muro revestido de hiedra que brillaba bajo la luz de una farola londinense. Quería llorar y quería rezar; llorar por el paraíso del que había sido exiliado, y rezar para hacerme merecedor de él”.
Descubren las almas profundas, como TAGORE, en torno a los seres bellos, radiantes halos de amor y eternidad.
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El pasado jueves, 7 de agosto, aniversario del fallecimiento del poeta bengalí Rabindranath Tagore, curioseé festivamente la magnífica antología de su obra editada por Aguilar (1960), y descubrí la sección de aforismos que el mismo poeta había titulado "Pájaros perdidos". Se trata de 325 pensamientos líricos hermosamente traducidos, como el resto de su obra, por Zenobia Camprubí, asistida por su marido Juan Ramón Jimenez.
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Disfrutemos hoy dos poemas admirables sobre el amanecer. El primero es "DIOS", de Antonio Porpetta, uno de los grandes líricos de nuestro tiempo. Integra con perfección una escritura sabia, exquisita, y una filosofía existencial honda, sencilla, cordial, comprendida y amada por críticos y público. El texto es hermoso: describe con ternura el poeta levantino el bondadoso quehacer de un Dios providente, muy preocupado por su creación. Pero el final es triste: ¿cómo responde la humanidad a sus amorosos cuidados...?
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Cuando amanece, se estira el cuerpo, se esponja el alma. Nos acompañan, en este post, breves poemas al amanecer. En la primera entrega, José Ángel Valente, resucitado por la Luz, "se levanta y corre / como niño incendiado..." Nos regala seguidamente Carlos Murciano una décima ingeniosa y divertida cantando al "GALLO" del alba... Cerrará el fervor de estos maitines Emilio Ruíz. Se columpia el sol en la rama de los árboles y canta la "ALEGRÍA" su jubiloso himno de esperanza y fraternidad.
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