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Miguel Hernández y la sexualidad (12). Oigo un latido de cartas

Permalink 04.06.08 @ 13:00:00. Archivado en Pareja, Sexualidad, Miguel Hernández


En cordiales versos romanceados, los únicos de El hombre acecha, ensaya Miguel dramáticas y humanísimas reflexiones sobre la comunicación epistolar (nos referimos al poema Carta). Con el teléfono y el móvil hemos perdido el placer de escribir y recibir epístolas, pero por aquellos años de los trenes-correo y carteros voceando nombres en patios, cuarteles o trincheras, eran las cartas el pan del cariño en la distancia, el vino que enamora y pone voz al corazón (Tus cartas son un vino).

Leamos detenidamente el amplio poema, de más de 80 versos:

CARTA

El palomar de las cartas
abre su imposible vuelo
desde las trémulas mesas
donde se apoya el recuerdo,
la gravedad de la ausencia,
el corazón, el silencio.

Oigo un latido de cartas
navegando hacia su centro.

Donde voy, con las mujeres
y con los hombres me encuentro,
malheridos por la ausencia
desgastados por el tiempo.

Cartas, relaciones, cartas:
tarjetas postales, sueños,
fragmentos de la ternura,
proyectados en el cielo,
lanzados de sangre a sangre
y de deseo a deseo.

La bella metáfora carta/paloma las equipara en blancura y diseño ("con las dos alas plegadas..."), símbolos de paz en milenario vuelo de mensajería. "Oigo un latido de cartas": suspiros de alma viajarán en el sobre, "fragmentos de la ternura". "Malheridos por la ausencia": ¿quién como Miguel para hablarnos de ausencias, soledades, despojos?

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré.


El estribillo, que da unidad y sangre a todo el texto, nos recuerda que estamos en guerra. Subraya el tema de la tierra, desarrollado en Madre España: "Tierra: tierra en la boca, y en el alma, y en todo. / Tierra que voy comiendo, que al fin ha de
tragarme. / Con más fuerza que antes, volverás a parirme, madre..." En este poema establece una suerte de Comunión con los muertos. "Decir madre es decir tierra que me ha parido; / es decir a los muertos: hermanos, levantarse; / es sentir en la boca y escuchar bajo el suelo / sangre."

El 14 de mayo de 1936 declara su loco amor: "Hasta la tuya que espero con ansia, sabes que te quiere y te querrá siempre, Miguel, que no podrá olvidarte ni aunque le corten la cabeza..." Y el 8 de abril de 1940: "Si no fuera porque deja uno de querer en cuanto se muere, me moriría por lo barato que se está en la tierra."

Se emocionan los tinteros

No perdamos fuego y recobremos las termales aguas del poema Carta:

En un rincón enmudecen
cartas viejas, sobres viejos,
con el color de la edad
sobre la escritura puesto.
Allí perecen las cartas
llenas de estremecimientos.
Allí agoniza la tinta
y desfallecen los pliegos,
y el papel se agujerea
como un breve cementerio
de las pasiones de antes,
de los amores de luego.

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré.

El hilo umbilical que mantuvo en esperanza al poeta de la revolución en su turismo carcelario (soy un preso turista), fue sin duda la correspondencia con su mujer (en imagen, fotografía de Josefina realizada por Miguel en agosto del 36), que sólo podía echar al correo un día por semana y con censura -lápiz azul que sentenciaba a papelera las epístolas largas-. Claro que cabía el recurso de escribir con el nombre de algún preso sin familia. La correspondencia de Miguel, excelentemente editada en la edición crítica, puede decepcionar al historiador o crítico documentalista, pero no al lector con alma, zahorí de corazones.

Recuerda el poeta este rimero de cartas viejas "con el color de la edad / sobre la escritura puesto", cementerio "de las pasiones de antes, / de los amores de luego..." Un amor que no cesa por Josefina y su Manolillo.

Cuando te voy a escribir
se emocionan los tinteros:
los negros tinteros fríos
se ponen rojos y trémulos,
y un claro calor humano
sube desde el fondo negro.

Cuando te voy a escribir,
te van a escribir mis huesos:
te escribo con la imborrable
tinta de mi sentimiento.

Allá va mi carta cálida,
paloma forjada al fuego,
con las dos alas plegadas
y la dirección en medio.

Ave que sólo persigue,
para nido y aire y cielo,
carne, manos, ojos tuyos,
y el espacio de tu aliento.

Y te quedarás desnuda
dentro de tus sentimientos,
sin ropa, para sentirla
del todo contra tu pecho.

Aunque bajo la tierra
mi amante cuerpo esté,
escríbeme a la tierra,
que yo te escribiré.

Mientras los colmillos crecen

Miguel/barro escribe cuerpo a cuerpo, sangre a sangre ("Te van a escribir mis huesos..."), una cálida carta, "ave que sólo persigue... carne, manos, ojos tuyos / y el espacio de tu aliento..." "Se emocionan los tinteros": el panteísmo del cabrero oriolano pone espíritu en todo lo que le rodea, como los primitivos pueblos africanos. "Y te quedarás desnuda...": la carta es mano, boca, latido del corazón de Miguel.

Fechada en "Amor, 23 de junio de 1936", comenta un escrito de Josefina en el que ella le informaba que había recibido su carta descansando en la cama. Escribe con picardía el amante: "Se lo decía a todas las cartas cuando las echaba y por fin una ha logrado cogerte desprevenida, porque a lo mejor te ha pillado hasta sin camisa. ¡Qué gusto, nena mía de mi alma, y qué susto para ti si voy yo metido y escondido en un rincón de la carta y salgo y te veo tal como estarías cuando tú te pusieras a leerla! De pensarlo nada más me dan escalofríos..."

Ayer se quedó una carta
abandonada y sin dueño,
volando sobre los ojos
de alguien que perdió su cuerpo.
Cartas que se quedan vivas
hablando para los muertos:
papel anhelante, humano,
sin ojos que puedan serlo.

Mientras los colmillos crecen,
cada vez más cerca siento
la leve voz de tu carta
igual que un clamor inmenso.
La recibiré dormido,
si no es posible despierto.
Y mis heridas serán
los derramados tinteros,
las bocas estremecidas
de rememorar tus besos,
y con su inaudita voz
han de repetir: te quiero.

Y regresamos a los colmillos y la sangre de El hombre acecha. En el borrador de este poema se leía: "Fieras peores que fieras / también fieras nos han hecho / y acabarán con nosotros / si no acabamos con ellos". El poeta enamorado (vate universal) hace suyas las cartas de los muertos, y redacta su propio epitafio para la amada: "Te quiero", amor que vence al tiempo y al espacio.

Escribe sobre mi ombligo

El poema Carta se levanta como viga maestra, en el centro de El hombre acecha. Imposible valorar lo que para el poeta pudo significar este romance, sin conocer la correspondencia ternísima con Josefina, sobre todo durante los meses de Locura y Amor, como encabezaba sus escritos. Voy a seleccionar algunos párrafos -existen otros muchos-, casi diría de fetichismo, en el Miguel sensual y panteísta enamorado de su amada y de todo lo que se roza con ella.

"... No te pongas mi carta debajo de la cabecera si estás tú acostada porque se puede poner rabiosa y morderte. Mira que yo les echo mucha rabia a mis cartas y pudiera ser que un día te encontraras con un mordisco en la nuca o en el hombro"...

"... Me dio una gran risa coger el sobre, digo, el sobrecito, que parece un confeti. ¿Vas a seguir decreciendo?"...

"... Hace varias cartas que no me mandas ya pétalos de la rosa. No quería decírtelo por si era que tú te olvidabas de ponerlo, pero por lo visto es que ya se ha deshojado del todo tu corazón y no me lo puedes mandar con tanto beso como lo cargabas en cada hoja"...

"... Mira no coquetees con tu letra y los renglones que escribes muy bien, pero que muy requetebién en esta clase de papel. ¿Serías capaz de escribir tan derecho y bien encima de mi ombligo? Ahí sí que te irías para abajo sin querer, ¿no te parece?"...

"... Piensa en mí y date cuenta de mi resfriado, ¡achís!, y entonces comprenderás mi tardanza en escribirte. Y si no te consuelas y me quieres castigar, castígame pegándole a la carta, que yo te juro que he de sentir los golpes como si me los dieras a mí en el sitio más sensible, que es la espalda por no decir otro sitio"...


En la próxima entrega cerraré este tema de Miguel Hernández y la sexualidad con un resúmen final y conclusiones. Y un índice general con enlaces a los trece capítulos.

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La intimidad de las cartas personales que permiten "desnudar" las palabras y darles libertad sin pudores nos ha dejado este hermoso legado de literatura epistolar. A pesar de la censura Miguel consigue expresarse con emoción - dulzura y pasión - y una belleza que nos transporta sin escalas a lo mejor de su poesía. El magnífico trabajo de difusión - blog, páginas Web, tu espléndido libro tan bién documentado - del que anuncias su próxima conclusión va a dejar, Nicolás, un vacío satisfecho por el aporte realizado a nuestra cultura. Gracias.
Enlace permanente Comentario por carlos capelo 05.06.08 @ 22:56

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