
A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.
Fallecido inesperadamente Ramón Sijé en la Nochebuena de 1935, Miguel, conmovidísimo, deja fluir en pocos días la tierna y rabiosa Elegía que todos conocemos.
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28.05.08 @ 13:00:00. Archivado en Iglesia, Política

En imagen, la foto del año: el varón Zapatero rodeado de ocho féminas, sus ministras (todas con cartera, alguna sin ministerio), su trofeo de caza política. Al pie de la fotografía se lee: "El nuevo Gobierno cuenta, por primera vez en la Historia, con mayoría de mujeres". Ya les contaré, dentro de un año, cómo han ministrado el país, que es lo que a mí, y a todos, nos interesa. Porque si lo hacen mal... Gato blanco o gato negro, lo importante es que afilen bien las uñas y el bigote...
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Nos asomamos ahora al título central (poema 15) de El rayo que no cesa, “Me llamo barro, aunque Miguel me llame...”. Y comprobaremos de nuevo, según señala Juan Cano, cómo "los de El rayo no son poemas de amor, son poemas de un amor rechazado, de las angustias que causa el amor cuando una moral provinciana deja incompleta la relación amorosa, cuando la mujer que despierta los deseos y que podría saciarlos se resiste ahogando los poderosos instintos de la vitalidad y de la sangre y convirtiéndose en tormento”.
Ilustramos esta página con una estampa de la Virgen pisando y alanceando con la cruz a la serpiente del Paraíso y a otros personajes infernales. Encontramos en los versos de Miguel una sutil alusión a la mujer de Apocalipsis 12 (estrellas por su cabeza, y la luna y el maligno bajo sus pies). Se identifica el poeta de Orihuela con la tentadora serpiente del Edén. Y se arriesga a explorar con ella seductoras aventuras de amor y erotismo ("Dame, aunque se horroricen los gitanos, / veneno activo, el más, de los manzanos", había escrito para Perito en lunas).
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He elegido para portada de este post una fotografía de Josefina, la novia de Miguel, tal como se conserva en el Museo de MH, descolorida, gastada, besada, rota. Como ocurre con las personas, las arrugas de una postal antigua son bellas. El poeta de la calle Arriba formaliza la relación con la hija del guardia civil Manuel Manresa en otoño de 1934. Su compromiso es formal, porque ambos creen en el matrimonio. Lo explica muy bien José Luis Ferris: "De lo que no cabe duda es de que Josefina encarna los principios que en aquellos momentos Miguel asume y defiende en su propia obra literaria, es decir, la concepción cristiana y pura de una mujer virtuosa, sencilla y religiosa que cumple con los elementales preceptos y que, además, ni se pinta ni hace ostentación de esa belleza adolescente que también ha cautivado a primera vista al poeta."
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Acabo de visitar en la sala de exposiciones de la fundación Mapfre Vida, la muestra titulada: "Rodin. El cuerpo desnudo". Se han traído de París, del Museo Rodin, 33 esculturas (entre otras El beso, Manos de amantes, La avaricia y la lujuria, etc.), y 90 dibujos. En imagen: Manos de amantes (1904). Arrancando del bloque de mármol como una mariposa de la crisálida, dos manos, femenina y masculina, establecen diálogo amoroso. La de ella se abre, como el girasol, encendida por la caricia solar del amigo. Se aproxima por el dorso la mano viril y roza sutilmente la piel amada. No son manos cortadas ni marionetas de hilo, son extremidades vivas de invisibles enamorados presentes en la sala, que nos permiten mirar y sentir con ellos...
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El rayo que no cesa es el resultado final de un inteligente proceso de depuración. He contabilizado cerca de 80 sonetos anteriores que no llegó a publicar Miguel, pero que, como tantos poemas de adolescencia, brotaron de su alma como eficaz ejercicio literario y existencial. Si con Perito en lunas cincela, repuja, octavas reales, en El rayo que no cesa, su latir oceánico le lleva a la exposición, acristalada en 14 versos, de un pedazo de corazón, con su furiosa y tierna bandada de pececillos de sangre.
1933 y 1934 son años muy intensos de búsqueda personal. Escribe, muy influido por san Juan de la Cruz, espirituales Silbos. Y, simultáneamente con sus versos ascéticos de negación del placer y del cuerpo, descubre en la mujer una presencia trascendente, asimilando su compañía a la de una Virgen, cálida, dulce, amorosa, pero, al tiempo, santísima, inalcanzable...
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"QUIÉN TE HA VISTO Y QUIÉN TE VE, Y SOMBRA DE LO QUE ERAS"
Si con Perito en lunas hemos descubierto al Miguel artesano que modela, modula un vocabulario, una sintaxis de barroca y corazonada belleza, con el Auto Sacramental irrumpe un Miguel arquitecto que diseña y construye, con sabio pulso, un denso y complejo drama teológico, Calderón recidivo en plena República. A las viñetas de foto-fija de Perito le sucede ahora nada menos que la epopeya religiosa de la humanidad, o, en otro plano más cercano de simbolización, la encrucijada moral de un inocente muchacho que descubre el pecado personal en su respuesta al enigma de la propia sexualidad, y el pecado social al derramar la sangre de un semejante. A la caída, sucederá el arrepentimiento y perdón divino, alimentando el nuevo estado con el Pan de la Vida. Se cierra el Auto con el sacrificio, en hoguera, del cuerpo del protagonista, liberado su espíritu. Es fácil imaginarse cuánto de sangre autobiográfica se derrama a lo largo de tan inquietante drama. Nos asomaremos por unas rendijitas a tan grandiosa aventura.
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A raíz de su fracasada estancia de casi medio año en la Capital, regresa Miguel a Orihuela el 15 de mayo de 1932 y se encierra en su huerto escribiendo obsesivamente, a imitación de los grandes poetas del 27 que acaba de conocer, gongorinas octavas reales. A finales de verano casi ha redactado su primer libro, "Perito en lunas", que editará en enero del año siguiente con el mecenazgo económico del canónigo Almarcha.
Al pastor autodidacta le estallan las metáforas en orgía de belleza, elevando a su dignidad las ubres de sus cabras, el retrete, la mesa pobre de casa..., y las chumberas, el pozo, el gallinero de su corral, la gran procesión de palmas del Domingo de Ramos..., y hasta esa caricia íntima y prohibida -adán sin eva- que su sexualidad le demanda.
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Veíamos en los Poemas de Adolescencia y Juventud a un Hernández que era, como lo define Jesús Poveda, "como un pedazo de tierra de España, como un surco de su huerta: naturaleza viva todo él, todo su mundo, toda su gente..." Sin embargo, el título del post y la escultura adjunta nos hablan ahora de "extremaunción literaria", como muy acertadamente definió Sánchez Vidal algunos escritos del bienio católico de Miguel, 1933-1934, muy influídos por el magisterio de su amigo José Ramón Marín (Ramón Sijé, ordenando ingeniosamente las nueve letras de José Marín), de cuerpo débil, ojos oscuros y oscura piel, muy introvertido, asceta de poderosa fuerza interior...
Este magmático material de 255 poemas, que pertenecen al ciclo de "El silbo vulnerado" y que nunca publicó el autor como libro, refleja con belleza y honestidad el drama del Miguel Hernández de siempre, vital y oceánico, integrador, sumido ahora en la más radical de las contradicciones: su cuerpo es malo, su peor enemigo, y hay que vencerlo aniquilándolo. Así honrará el sigificado último de su propio nombre: "Miguel", el arcángel que vence a Satanás. Cuando regrese a la mística terrena, escribirá con rabia: "Me llamo barro, aunque Miguel me llame".
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Al cumplir 21 años, pensaba Hernández que podría escaparse del negocio familiar alistándose en el Ejército Pero quedó exento de cupo. Y tuvo que explorar otros pretextos para zafarse del pastoreo. En esta nueva etapa prosigue frenéticamente su sorprendente noviciado de escritor. Pero ahora sus versos son más expresivos y personales, se estrena, con notable calidad, en la composición dramática, y hasta construye en plena República un importante Auto Sacramental. La alegría vital y el desbordamiento imaginativo del mocito cabrero siguen asombrando a los oriolanos. Y hasta llega a viajar varias veces a la capital, y ya empieza a sonar su nombre en la movida madrileña. Hoy le acompañamos con la lectura de varias composiciones de madurez con acusados rasgos hernandianos. En imagen, el cartel anunciador de la Cruz de Mayo de La Peña El Re"b"uelo, que nos ambienta un bello poema de Miguel.
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La modesta vivienda de la calle Arriba, adonde se trasladaron cuando Miguel tenía cuatro años, de una sola planta, disfruta de pequeño patio con pozo, que Miguel ha ido convirtiendo en jardín, con higuera, limonero, morera, pitas..., y geranios, claveles, rosales... Se levanta aneja a la casa una pequeña construcción con establo, que podía albergar hasta cuarenta cabras y unos cuatro machos, y vivienda para Vicente y Miguel. En este huerto de paz, en esta humilde arcadia, devora letra impresa, y sueña, sueña... "Leía sobre todo por la noche
-explica su hermano-, cuando todo el mundo estaba acostado, en el cuarto aparte que nosotros ocupábamos. A veces mi padre lo sorprendía y se levantaba para apagar la luz. Entonces se producían escenas terribles, que nos dejaban aterrorizados..."
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A medida que iba escribiendo páginas sobre el tema "Poeta en la cárcel", me fueron animando varios amigos a seguir investigando y dando a conocer otras peripecias biográficas de Miguel Hernández, y su humanísima, y apenas conocida, expresión literaria (se conservan más de 600 poemas que irá escribiendo a lo largo de su corta vida -murió a los 32 años-).
El niño que véis en esta fotografía es Miguel, con unos doce años. Está a punto de pasar al Colegio de jesuitas de Santo Domingo, en Orihuela. Es un jovencito muy inteligente y trabajador. Le gusta jugar en el patio a misas y procesiones con su hermanita Encarnación. Y ayuda como monaguillo en el templo... Cuando su padre le retira despiadadamente de los estudios de bachillerato y le envía, de quince años, al monte con las cabras, se hace muchas preguntas sobre Dios, sobre la vida... Las va escribiendo sobre papel de estraza y en una libreta escolar, donde refleja, imitando a poetas que va conociendo, su personal visión de espabilado jovencito...
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Deslumbrada por su veterano profesor de literatura David Kepesh (un Ben Kingsley genial), Consuela Castillo (Penélope Cruz en estado de gracia), una joven estudiante muy hermosa, coquetea con el viejo lobo de mar que tan bien aprendió en su mocedad (mayo del 68, hace exáctamente cuarenta años) el arte del placer erótico, la fiesta del éxtasis sexual descomprometido y juguetón. Pero la cubana Consuela le rompe esquemas. La pura belleza física y el sexo fácil se le revelan ahora a David insuficientes y efímeros.
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