Poeta en la cárcel (5). HIJO DE LA LUZ Y DE LA SOMBRA

Permalink 16.04.08 @ 13:00:00. Archivado en Origen de la vida, Espiritualidad, Poesía, Miguel Hernández

Miguel, que ha visto tantas veces parir a los animales, al cantar la generación humana construye una grandiosa teología expresada en extenso tríptico de arte mayor (120 versos). La mujer (LUNA) y el hombre (SOL), en prodigioso ritual cósmico, engendran un maravilloso ser nuevo (HIJO DE LA LUZ Y DE LA SOMBRA).
      Padrazo boquiabierto ante el milagro de la vida, oliendo a sangre y pólvora, a victoria y esperanza, compone el poema a la fecundidad del amor más bello de nuestra literatura.
      Sugiere Agustín Sánchez Vidal que con estos impresionantes versos "culmina, a manera de amplio despliegue polifónico, la más acabada y cernida formulación de la cosmovisión hernandiana". (El género BLOG no admite amplias disertaciones, así que me veo obligado a reducir a la mitad la sorprendente maravilla de esta trilogía. Pero podéis admirarla completa pulsando aquí).


HIJO DE LA SOMBRA

Se vive el sexo femenino como depósito del hijo futuro, vacío radical que aspira a llenarse. La NOCHE es fuerza impersonal, eterna, de la sangre, que absorbe a las parejas, las somete imperiosamente a su voluntad cósmica, y las arrastra al alumbramiento:

La sombra pide, exige seres que se entrelacen,
besos que la constelen de relámpagos largos,
bocas embravecidas, batidas, que atenacen,
arrullos que hagan música de sus mudos letargos.

Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta,
tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida.
Pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta,
con todo el firmamento, la tierra estremecida...

El hijo está en la sombra: de la sombra ha surtido,
y a su origen infunden los astros una siembra,
un zumo lácteo, un flujo de cálido latido,
que ha de obligar sus huesos al sueño y a la hembra.

Moviendo está la sombra sus fuerzas siderales,
tendiendo está la sombra su constelada umbría,
volcando las parejas y haciéndolas nupciales.
Tú eres la noche, esposa. Yo soy el mediodía.


HIJO DE LA LUZ

Se forja el SOL NACIENTE en las entrañas de la madre:

La gran hora del parto, la más rotunda hora:
estallan los relojes sintiendo tu alarido,
se abren todas las puertas del mundo, de la aurora,
y el sol nace en tu vientre donde encontró su nido...

Hablo y el corazón me sale en el aliento.
Si no hablara lo mucho que quiero me ahogaría.
Con espliego y resinas perfumo tu aposento.
Tú eres el alba, esposa. Yo soy el mediodía.


HIJO DE LA LUZ Y DE LA SOMBRA

Ha nacido el hijo. Deja fluir la madre sus torrentes nutricios, caudalosa dulzura de senos como colmenas:

Tejidos en el alma, grabados, dos panales
no pueden detener la miel en los pezones.
Tus pechos en el alba: maternos manantiales,
luchan y se atropellan con blancas efusiones.

Se han desbordado, esposa, lunarmente tus venas,
hasta inundar la casa que tu sabor rezuma.
Y es como si brotaras de un pueblo de colmenas,
tú toda una colmena de leche con espuma.

Es como si tu sangre fuera dulzura toda,
laboriosas abejas filtradas por tus poros.
Oigo un clamor de leche, de inundación, de boda
junto a ti, recorrida por caudales sonoros.

Caudalosa mujer, en tu vientre me entierro.
Tu caudaloso vientre será mi sepultura.
Si quemaran mis huesos con la llama del hierro,
verían qué grabada llevo allí tu figura.


Arrojándose a la tierra, suspiraba Job, de trágico destino como Miguel (Sino sangriento): "Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré a él" (Job 1, 21). "Grabada llevo allí tu figura...": el proyectado libro Imagen de tu huella adelantaba esta sanjuanista metáfora en la que la amada pone sello de identidad sobre Miguel/barro. Ya en el primer soneto amoroso, se reconocía vinculado existencialmente a su carcelera: Satélite de ti. Y confesará todavía un año antes de su muerte: "Todo lo bueno que me ha de pasar en este mundo, lo espero de ti, Josefina".

Para siempre fundidos en el hijo quedamos:
fundidos como anhelan nuestras ansias voraces:
en un ramo de tiempo, de sangre, los dos ramos,
en un haz de caricias, de pelo, los dos haces.

Los muertos, con un fuego congelado que abrasa,
laten junto a los vivos de una manera terca.
Viene a ocupar el hijo los campos y la casa
que tú y yo abandonamos quedándonos muy cerca.

Haremos de este hijo generador sustento,
y hará de nuestra carne materia decisiva:
donde sienten su alma las manos y el aliento
las hélices circulen, la agricultra viva.

Él hará que esta vida no caiga derribada,
pedazo desprendido de nuestros dos pedazos,
que de nuestras dos bocas hará una sola espada
y dos brazos eternos de nuestros cuatro brazos.

La Vida-después-de-la-vida de la escatología cristiana, es aquí sustituída por el ininterrumpido flujo de generaciones: "para siempre", "materia decisiva", "dos brazos eternos"... Vivos y muertos conviven como en las religiones primitivas. "Quedándonos muy cerca...": es obsesivo, desde sus primeros poemas, el tema de la proximidad de los muertos (Vecino de la muerte, El cementerio está cerca).

No te quiero a ti sola: te quiero en tu ascendencia
y en cuanto de tu vientre descenderá mañana.
Porque la especie humana me han dado por herencia
la familia del hijo será la especie humana.

En los genes heredados se sintetiza la historia de la humanidad. Y transmitiremos a los hijos la llama olímpica de la vida en toda su milenaria riqueza. Curioso: los versos "porque la especie humana me han dado por herencia / la familia del hijo será la especie humana..." resultan transcripción libre del himno de La Internacional. Solidaridad fraterna en el espacio y en el tiempo.

Con el amor a cuestas, dormidos y despiertos,
seguiremos besándonos en el hijo profundo.
Besándonos tú y yo se besan nuestros muertos,
se besan los primeros pobladores del mundo.

Vuelven a aparecer, y como destacado último verso, nuestros primeros padres. Hay cierta ambigüedad en una experiencia cósmica tan fascinante, porque se vive desde la muerte personal, vinculada en otro tiempo a la caída primera. Cuando los místicos del siglo de oro, aludiendo al desposorio espiritual con Dios, hablan de matrimonio, de esposo y esposa, ¿no se referirán a este tipo de experiencias fusionales, oceánicas, fecundas? Chevallier ahonda en las características de este vínculo hernandiano: "Un salvador es engendrado por la pareja humana sólo a partir de la carne del hombre y de la mujer, sólo a partir de lo infinito de su amor y de su vida. Sólo el hombre engendra su redentor. El hombre es Dios, la vida es divina, plenamente misteriosa..."


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Comentarios:
La paternidad lo deslumbra dándole una dimensión del hombre que podía intuir pero no conocía, le pasa lo mismo con la esposa-hembra derramándose en fecundidad a la vida. Tu comentario crítico como siempre con gran profundidad de análisis y aún más bella escritura. Las palabras de Chevallier en el final son una inteligente elección.
Enlace permanente Comentario por carlos capelo 17.04.08 @ 23:52
No conocía estos versos. Hay cierto tono elegiaco. Pero mucha más profundidad de pensamiento que en otros versos más populares.
Lástima que la muerte se lo llevase tan jóven.
Enlace permanente Comentario por Carmen Bellver [Blogger] 16.04.08 @ 22:30

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