Miguel Hernández 1942. Turbio y definitivo marzo (y 4)
27.03.08 @ 21:05:00. Archivado en Espiritualidad, Poesía, Miguel Hernández
A los diez y siete días de la boda, se recibe por cable la autorización para el traslado al Sanatorio Antituberculoso Porta Coeli de Valencia. Era demasiado tarde para un agonizante. Una semana después, en el amanecer primaveral del día 28 de marzo, fallece de fimia pulmonar Miguel Hernández Gilabert, de casi 32 años, poeta . No pudieron cerrarle los ojos. Cuando aquella mañana se acercó Josefina a la cárcel con su talego para Miguel, el rostro de los empleados traslucía la tragedia: "Al poner la bolsa en la taquilla me la recharazon mirándome... Me fui a casa de su hermana y le dije que Miguel había muerto..." En pantalla, las lecheras en las que acercaba alimentos al enfermo.
MUERE UN POETA Y LA CREACIÓN SE SIENTE HERIDA...
Muere un poeta y la creación se siente
herida y moribunda en las entrañas.
Un cósmico temblor de escalofríos
mueve temiblemente las montañas,
un resplandor de muerte la matriz de los ríos...
Así escribió en su Elegía primera. La muerte de un poeta llega a constituir, para naturaleza y hombres, un cataclismo universal. El poeta Hernández, que se había caricaturizado, ya en 1935, como cirio pascual ("Sálveme un poco de Madrid que me derrito como un cirio pascual": 14 de julio), ofrece sacrificialmente la vida al pueblo hasta perderse, como los abrasados leños de una lumbre baja elevan sus cenizas a las caricias del viento:
Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta...
El bodisatva Miguel Hernández, en sus últimos años de silencio y lumbre mística, se atorbellina en el misterio de las polaridades, en la lógica de las contradicciones... "Que me quedé balbuciendo / toda ciencia trascendiendo...", escribiría otro enamorado preso: Juan de la Cruz. Ya Miguel, como iluminado buda, nos describe a Dios por la niebla de un delicioso koan (Casi nada):
"Gran-Todo-de-la-nada-de-los-casis."
Idealizó el romanticismo la estoica figura del poeta con tisis, hoguera de amor en cuerpo de aire (escribió Miguel, en Vela y criatura, del hombre-de-Dios-en-Llama-Viva: "Más ruin a cada instante, te devoras"). Los Sanatorios Antituberculosos, en lo alto de la sierra y en lo alto de la sensibilidad, suelen elevarse a luminosos ashram de espiritualidad. "El cadáver de Miguel -testimonia M. Abad- era una especie de ninot de falla, tan flaco, tan extremadamente flaco y con los ojos abiertos." Al otro lado de la piel tatuada al hueso, ¿no ardería, en definitivo latido, el alma grande de Miguel, al encuentro del Cristo de su infancia?
Marie Chevallier, que con tanto fervor y sabiduría literaria ha investigado la religiosidad de Hernández, arriesga, en las últimas palabras de su comunicación al Congreso Internacional de 1992: "Probablemente -no podemos decir más- el cristianismo dormido pudo haber despertado, no sabemos hasta qué punto, durante la meditación carcelaria del poeta."
El prisionero de la noche oscura abandona en el corazón del Todo sus fatiguillas de náufrago, y arriba por fin a las ardientes playas de la Vida (Eterna sombra):
Soy una abierta ventana que escucha,
por donde ver tenebrosa la vida.
Pero hay un rayo de sol en la lucha
que siempre deja la sombra vencida.
Comentarios:
la ofuscación de una nube en la playa.
Ni es una tarde de amarillo bañada
el destrello de una estrella imaginaria.
Que mejor que unos versos para despedir al poeta. Paz y bien.
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Nicolás de la Carrera
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