Encontrada muerta en su casa seis años después
18.05.07 @ 00:10:00. Archivado en Mayores, Espiritualidad, Pareja
Me ha entristecido mucho la noticia: en Roses (Girona) el comprador de una casa se encuentra con el cadáver momificado de la propietaria, fallecida seis años antes (ahora tendría 60 años). Me ha dado mucha tristeza este suceso, porque, si morir es un duro trance, morir solo me parece una gran desgracia. Sentir el calor de una mano amiga, escuchar palabras tiernas, adivinar los latidos de un corazón muy próximo..., serena el alma de quien se despide de esta vida, le endulza los labios y el alma, anestesia su penúltimo estertor. Partera mano amiga le ayudará a atravesar los desfiladeros misteriosos de la trasvida.
Me he dado un paseo por mi biblioteca lírica, y he seleccionado tres poemitas como tres epitafios. Importantes poetas imaginan su propia muerte. No estarán solos... José Ángel Valente no estará solo. Aprieta y levanta hacia el cielo la mano compañera, y confirma definitivamente que su existencia, aunque ceniza y polvo, no ha sido en vano:
SERÁN CENIZA
Cruzo un desierto y su secreta
desolación sin nombre.
El corazón
tiene la sequedad de la piedra
y los estallidos nocturnos
de su materia o de su nada.Hay una luz remota, sin embargo,
y sé que no estoy solo;
aunque después de tanto y tanto no haya
ni un solo pensamiento
capaz contra la muerte,
no estoy solo.Toco esta mano al fin que comparte mi vida
y en ella me confirmo
y tiento cuanto amo,
lo levanto hacia el cielo
y aunque sea ceniza lo proclamo: ceniza.Aunque sea ceniza cuanto tengo hasta ahora,
cuanto se me ha tendido a modo de esperanza.
Para Ricardo Paseyro el último deseo es ser mirado, admirado, en prolongado flash de amor, ser salvado por unas pupilas celestes, luminosas, sacramentales:
ANNE MARIE
Mírame en el instante en que me muera
y mírame sin llanto: que tus ojos
–nacidos en las fuentes de los cielos–
protejan con su luz el alma mía
para darme la gracia que no tuve.
Muerto, seré la imagen que tú quieras:
tú me cobijarás en tus pupilas
y así podré ganar el paraíso.
Integra, finalmente, José Agustín Goytisolo mirada y mano. Y rostro, cercano rostro de la que él supo amar. Y se duerme en sus brazos, en sus ojos, con la serenidad de quien sella el fecundo tapiz de su vida con perfumados lazos de luz y de ternura:
EL ROSTRO QUE CONJURA
Cuando llegue la hora de partir
que a su lado esté ella: que le mire
y que apriete su mano. No le asusta
regresar a la nada. Mas quisiera
llevar al otro lado su figura.
La eternidad no existe. Cuando supo
amar a esta mujer y cuando mira
a quien le mira sabe que el infierno
estuvo aquí; también su paraíso.
Al fin y al cabo nadie le invitó
a entrar en este mundo que sabía
no iba a durar por siempre para él.
Pero ha tenido el rostro que conjura
ver al final. El viaje no le importa.
Sugiero, al fin, asomarse al poema "Jardín", de Rafael Morales, donde evoca románticamente, en una tarde gris lluviosa, la misteriosa presencia de la persona amada.
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Nicolás de la Carrera
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