Dios Madre, Dios Esposa. Enamorados de la divinidad
13.02.07 @ 22:31:00. Archivado en Espiritualidad, Iglesia, Pareja, Psicología
En algunos textos sagrados, como en la parábola del hijo pródigo, no se sabe muy bien de qué género es Dios, si Padre o Madre. Acaso un Padre con corazón de Madre. Madre, sobre todo, con potencia de Padre. Es frecuente en nuestra cultura que familias uniparentales ejerzan con madurez estos dos estilos de solicitud. Si Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen, ¿por qué no reconocer en Dios, como en su fuente, lo mejor de lo masculino y de lo femenino? Cierto culto a María ¿no ejercerá, con frecuencia, un papel de desplazamiento del amor que corresponde a Dios Madre, Dios Esposa?
Varias veces madre, dirige Soledad Cavero su plegaria de niña mimosa a un Padre que canta y acuna entre los brazos:
Cuando vaya hacia Ti
prepárame en tus manos una cuna
y cántame en tu regazo una nana.
Quiero sentirme arrullada en tu mar espacial,
jugar en la brisa sin estos vestidos
que se enganchan sin querer en las zarzas.
Cántame,
cántame, Padre mío, una nana
bajo el cristal de tu música,
deja que vengan los ángeles con llaves de oro
a recibir la niña que regresa contigo.
Dios es Padre: más aún, es Madre
Cuando el Papa fugaz de la sonrisa, Juan Pablo I, señaló aquel domingo de otoño a la hora del Ángelus, que Dios es Madre, los muros del Vaticano temblaron. Y el bueno de Luciani enfermó de gravedad. ¿Qué palabras fueron aquellas que tanta conmoción causaron entre los célibes varones de la Curia? Así predicaba el Papa, con la sencilla ingenuidad de un párroco en una iglesita de pueblo:
“Somos objeto por parte de Dios de un amor imperecedero. Sabemos que Él tiene siempre sus ojos puestos en nosotros, aunque nos parezca de noche. Dios es Padre. Más aún: es Madre. No quiere hacernos mal, sólo desea hacernos el bien a todos. Los hijos, cuando están enfermos, tienen una razón de más para que la madre los mime...”
¿Y cómo es el amor de madre? Hace tiempo escuché una fascinante leyenda. Recibe un amante de su enamorada el cruel encargo de matar a su propia madre y entregar su corazón a la pérfida como prueba de amor. Cuando, habiendo cumplido su promesa, regresa apresuradamente a casa de la amada, tropieza el joven y cae. Del corazón se oye entonces una preocupada voz: “¿Te has hecho daño, hijo mío?”.
¡Una niña, otra hija mía!
No es nada fácil ser mujer en una sociedad patriarcal. Una de las experiencias terapéuticas más entrañables que he tenido el privilegio de vivir como acompañante de procesos, ha sido el de Ángela, muchacha de aldea con problemas de identidad y autoestima. Su padre labrador esperaba un varón para las faenas del campo. Pero nació Ángela, que se pasaría la vida buscando el reconocimiento del padre. En sesión regresiva visualizó imaginativamente su nacimiento y la reacción de desengaño y despecho del padre. Pero (era creyente), al tiempo que escuchaba de labios de su progenitor, como una puñalada: “¡Bah! ¡Es una niña!”, le llegaba desde el cielo otra voz, ahora de alborozo. Dios Padre/Madre exclamaba admirativamente: “¡Una niña! ¡Otra hija mía!”. Ese día nació Ángela para el amor.
Enamorados de un Dios femenino
En este día de san Valentín, la fiesta de los amantes, mi corazón se eleva hacia Dios Madre, hacia Dios Esposa. Me cuesta comprender por qué suena bien imaginar diálogos del alma con el Esposo divino (en un hombre o una mujer siempre el Esposo–Dios es masculino y el alma es siempre femenina), y no suena tan bien que el varón, por ejemplo, se comunique desde su animus masculino con un Dios femenino todo ternura (mi amigo Joaquín habla de la Diosa).
Para cerrar este post, me apetece que conozcáis el Power Point “Felicidades, mujer”, breve pero intenso, muy sugerente. Feliz día de san Valentín, también para los enamorados de Dios/Diosa Amor.
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Nicolás de la Carrera
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