Memoria histórica: mi padre en la cárcel (1)
08.08.06 @ 02:14:59. Archivado en De mi vida, Espiritualidad, Política
¡NO PASARÁN!
Acabo de ver en TVE2 un par de reportajes sobre la defensa de Madrid. Impresiona observar la destrucción de viviendas, el terror de la población y, en primeros espeluznantes planos, el cadáver de algún niño junto al de su madre. En ningún momento se visionaron torturas o fusilamientos masivos que estaban ocurriendo por aquellos meses. También era gente inocente la que, a media noche, era paseada desde las checas al borde de enormes fosas y tiroteada despiadadamente. Su único delito era, en la mayoría de los casos, su fe religiosa. Eso no aparece en el reportaje.
Como ZP anda desenterrando tumbas en busca de la verdad y la reconciliación, yo me estoy permitiendo estos días curiosear en polvorientas cajas de recuerdos de mi difunto padre, que aquel revolucionario 18 de julio de 1936 era funcionario de policía en Madrid. “No recuerdo en mi vida un día más angustioso”, escribe en su diario. Tenía que cumplir y hacer cumplir la Ley y el Orden. Pero ¿qué Orden, qué Ley? “Al borde de la locura me hallaba”, repite varias veces…
En esta primera entrega quisiera facilitaros el texto de una amarillenta cuartilla que se conserva en casa. La fecha del suceso, agosto de 1936, evoca uno de los meses más significados de ejecuciones masivas. Si alguien quisiera una información más completa sobre Paracuellos y los fusilamientos de aquellos días, puede pinchar aquí.
No poblaban Madrid solamente, por estas fechas, demonios encarnados en justicieros milicianos. También nos protegían ángeles:
Sor María D. superiora del Hospital obrero sito en la calle de A., CERTIFICO que en los primeros días del mes de agosto de 1936, hallándose acordonado el Hospital de Convalecientes por más de 200 milicianos armados que pretendían matarnos e incautarse del edificio, penetró en el Hospital un Agente de Vigilancia mal trajeado que, con grandes prisas y muestras de inquietud, nos ordenó que saliéramos inmediatamente con él, a lo que todas nos opusimos. Que insistió con vehemencia y, haciéndome ir sola a una habitación, me expuso que era sobrino de la Fundadora de las O. del S. R. de Santander. Y que confiara en él, pues iba a salvarlas. Que todavía tuvo necesidad de insistir más hasta que al fin accedí, aunque dudando del mismo por no conocerle. Que se ofreció a guardarme 50.000 pesetas, para que las Milicias no nos las hurtaran al salir, toda vez que ibamos a ser registradas por unas mujeres que esperaban a la puerta. Accedí, después de consultar a las demás y al portero, en cuya presencia le entregué la cantidad.
Que salió dicho agente, y al poco rato volvió para invitarnos a salir, y subimos todas a un autocar que nos esperaba. Que se estableció un itinerario para dejar en domicilios de familiares a cada una… Al dejarme en la última dirección, en presencia del portero y sor F. me devolvió las 50.000 pesetas. Y en un papel me escribió su nombre y apellidos para que le avisara cuando fuera necesario… Que me advirtió no dijera a nadie su nombre, sino que lo utilizase en caso de necesidad, con el fin de no comprometerle. Que, al salir a despedirle a la puerta, convencida de que se trataba de una persona digna y abnegada, le extendí la mano con unos billetes de los que me había entregado, a cuya acción se mostró profundamente indignado respondiendo que “estos actos quedaban bien pagados con la íntima satisfacción de conciencia y el buen servicio hecho a Dios”. Añadiendo: “Como usted no me conoce, se lo perdono. Pero soy un agente de policía y nosotros no aceptamos dinero por cumplir con nuestro deber”. Sería como la una de la madrugaba cuando se despidió.
Que, por fortuna, vivimos en la actualidad las 20 hermanas que residíamos en el citado Hospital, merced al abnegado comportamiento de N. C. C., por el que hemos rezado continuamente para que no le asesinaran. Que, según noticias adquiridas más adelante, fue un verdadero milagro divino que no nos mataran a todas y al citado funcionario. Y que, gracias a su entereza e iluminación, pudiera convencerles para conseguir su propósito afeándoles su conducta.
Y, como me es imposible, por hallarme enferma, acudir al Señor Juez encargado de depurar a N. C. C. para manifestarle cuanto llevo narrado y sepa apreciar en lo que vale la conducta de los verdaderos héroes de la retaguardia roja, firmo el presente certificado…
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Aprecio muy mucho el estudio histórico tan pormenorizado que cuidadosamente aportas sobre una etapa cruenta, sangrienta e inhumana. Sin embargo, te veo muy dado a salvaguardar los valores, la honra de una parte de los mártires de aquella contienda en la que olvidas al conjunto de los afectados españoles del antes, el intermedio y el drástico final de la terrible contienda.
Saludos cordiales Agustín Conchilla
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Nicolás de la Carrera
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