
Los terroristas islámicos ya no vienen del Afganistán de los talibanes, de los campos de refugiados de Gaza, de los pueblos de Bosnia o de las montañas de Chechenia. Al Qaeda ha trasladado su sede a los barrios musulmanes de la ahora golpeada Londres, pero también a los de Milán, Hamburgo, Madrid... Los integristas viven entre nosotros, se nacionalizan en países europeos, usan la Seguridad Social, reciben becas y han convertido las ciudades de nuestro Viejo Continente en Londonistán, Paristán, Romastán o Madristán...
Durante los últimos veinte años, la capital británica ha albergado a los responsables y los portavoces de las más sanguinarias organizaciones del terrorismo islamista internacional sin apenas cortapisas. Enrique Serbeto, enviado especial de ABC, analizaba ayer sobre el terreno la situación y sacaba la conclusión de que la fase de la "comprensión" y "tolerancia" llega a su fin. Por su interés, reproducimos los fragmentos más relevantes de su artículo, unidos al material que ha llegado en las últimas horas a través de varias agencias.
Gracias a una generosa política de asilos, Londres se ha convertido en la sede de, al menos, una docena de movimientos extremistas.Entre ellos, Hizb-u-Tahrir (Partido de la Liberación), que propugna la creación un Califato en Asia Central. Se diferencia de Al Qaeda en que quiere lograrlo sólo por métodos pacíficos. O Al-Mujahiroun (Emigrantes religiosos), que reclama que los musulmanes se trasladen a vivir a un país verdaderamente islámico. Pero dado que, según su punto de vista, desde la caída de los talibanes ya no hay países realmente islámicos, consideran necesario convertir a los infieles al Islam.
En el Reino Unido hay no menos de un millón y medio de musulmanes de toda procedencia, muchos de los cuales acudieron ayer -viernes- a las oraciones rituales en las miles de mezquitas repartidas por todo el país. Todo el mundo, empezando por los imanes que dirigían la oración, trata de mantener la calma para evitar que las consecuencias del atentado del jueves puedan desencadenar graves conflictos sociales.
Y es posible que la flemática sociedad británica llegue a mantener durante un tiempo las apariencias, pero parece inevitable considerar que ha terminado el largo periodo en el que la política de tolerancia del Gobierno permitía que en ciertos barrios de la ciudad se la llamase «Londonistán».