El escritor Miguel Ángel Muñoz padece de un síndrome muy particular, el de Chéjov
31.03.07 @ 12:04:03. Archivado en Silencio, se lee
Los escritores noveles son, como dicen las actrices experimentadas con los directores, pura vitamina C en vena. Por eso cada vez me gusta más descubrir nuevos escritores que exhiben esa frescura natural, no vendida al mercado editorial (de momento, deslizando su prosa como por la autovía de la sencillez, austeridad, sin recovecos ni milongas. Por eso El síndrome de Chéjov, volumen con 11 relatos de Miguel Ángel Muñoz es pura vitamina C para la literatura.
Ciento sesenta y dos páginas de atractiva encuadernación en la editorial Páginas de Espuma, (!que tan importante es la envoltura de la obra para su disfrute!, donde se mimetizan contenido y continente!) que hacen chispear las neuronas mientras se deshacen las palabras de cada relato en la boca y van subiendo burbujeantes al cerebro.
Muñoz no solo ha usado del arte literario, también ha empleado con arte, hasta cierto punto olvidado en muchos autores, la sutilidad de la sugerencia y la sugestión. Algunos de sus finales son una puerta abierta a la propia decisión, bajo nuestra responsabilidad de lectores, ante todo lo que sugiere. Con ello el autor demuestra un respeto a la inteligencia del lector, que le agradecemos.
Nunca antes he visto tantos libros de relatos publicados, lo que induce a pensar que tal vez estemos en un resurgimiento del relato, si bien como afirma Muñoz en el prólogo del libro, en España al relato se le respeta, pero no se le admira, (mal asunto para mi misma, que escribo relatos). Y aunque afirma, como en un áurea de resignación, que tanto editoriales como críticos acaban aconsejando el paso a la novela, yo le diría a Miguel Ángel que continúe con estas piezas cortas. Es todo un placer dosificarlas, a la manera de un buen licor, para deleitarse con una pieza cada día.
“El mundo del relato es el del atajo, y para desbrozarlo no sirve el machete, sino la navaja”, así de contundente es el autor al ponernos sobre aviso desde el comienzo. Y es contundencia y claridad lingüística lo que caracterizan estos historias. Contundencia cosida de diferentes colores, gestos, voces, músicas. Porque cada historia le ha exigido al autor una técnica diferente, una herramienta literaria diferente, cual doctor que utiliza el instrumento o herramienta adecuada para cada relato dispuesto en la camilla de operaciones (emulando a su relato estrella Antón Chéjov, médico).
Diera la impresión, cuando comienzas la lectura del libro, que en realidad el autor lo que ha hecho ha sido una recopilación de relatos de diferentes autores, y leo posteriormente que ese es uno de los deseos de Miguel Ángel Muñoz: “Me gustaría pensar que este volumen puede trasladar al lector a una sensación de feliz lectura de una hipotética recopilación de relatos de once autores distintos”. De distintas voces disfraza el autor estos relatos, unas más graves y potentes (Antón Chéjov, médico; Un guerrero muerto; El rapto de Woody Allen; Zona de peaje) y otras más discretas haciendo los coros (Ambulancias; Soy dueño de la lluvia, o Sueños deshabitados).
Como menciona Antonio Orejudo, he aquí la obra de un autor que ha leído mucho antes de ponerse a escribir (lo que es condición sine qua non de todo presente y futuro escritor), y que ya conoce el terreno que pisa. Eso resulta evidente en su recia escritura, hoy día casi una estravaganzza, entre tanto escribano floripondio que pretende llevar al lector por un camino laberíntico.
Me lo he pasado muy bien leyendo este delicado trabajo.
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Blanca Vázquez Fernández
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