"Bobby", cuando se tenía esperanza en las urnas

Permalink 24.01.07 @ 11:12:04. Archivado en Día del espectador

Amante y melancólica sobre los años sesenta como soy no podía faltar a la cita que ha convocado Emilio Estévez en los cines con su obra coral Bobby, todo un homenaje a un tiempo (en este caso concreto el verano de 1968) y una ciudad, Los Angeles, recordada, precisamente, como estandarte de todo lo que significó aquella ácida, revolucionaria e ilusionada época, donde aún se creía en un cambio social y cultural a través de la política. Década, la de los sesenta, que se caracterizó por magnicidios de figuras emblemáticas, desde JFK, Malcom X, Martin Luther King...hasta acabar retornando a la familia Kennedy de nuevo, con el asesinato, a manos de un palestino, del Senador Robert F. Kennedy, por la puerta de atrás de la celebración de su victoria en las primarias de California. Como un preludio del Septiembre negro que vendría cuatro años después, en 1972.

Estévez ha realizado un arduo trabajo, por el que, ha confesado, ha tenido que vender casi hasta a su abuela para llevarlo a buen fin, y en el que destaca una muy real recreación de finales de los sesenta, y un desfile (para relamerse) de estrellas que ya quisieran para sí muchos directores. Ha picado lo bueno de todas las casas, este hijo de aquel soldado desconcertado, Martin Sheen (que chupa ratito en la película) en Apocalipsis now. Y esta pasarela va desde el ingenuo latino de A dos metros bajo tierra, Freddy Rodríguez, a dinosaurios como Anthony Hopkins y Harry Belafonte (soberbios), experimentados como Laurence Fishburne, William H. Macy (extenso currículo, deslumbrando Fargo), Christian Slater, y jóvenes figuras como Heather Graham (Twin Peaks, Scrubs), o Elijah Wood, (al que le siguen poniendo los anillos, esta vez de matrimonio). Y para relamernos aún más, están esas tres rutilantes estrellas femeninas que el director nos ha bajado a tierra, nos las ha hecho reales, representando lo que son, mujeres maduras, (que se han permitido dejar sus hilos de oro anti-flaccidez facial en casa) y a las que los críticos (elenco masculino en su mayoría) con mente photoshop han repetido cansinamente lo poco atractivas que estaban. Es curioso la mención que se hace a la vejez y deterioro de los grandes actores masculinos sin darle mayor importancia, pero no se desprende (la crítica opinadora) de prejuicios con respecto a figuras como Demi Moore (que parece recuperar una cierta credibilidad como actriz en este papel de cantante alcohólica, trayendo consigo a su baby-esposo, Ashton Kutcher, al que han colgado un papelito de hippy colgado), Helen Hunt (magnífica haciendo de “mujer de” insegura y despersonalizada, propio de las mujeres de la época) y una grandiosa Sharon Stone, que vuelve a sus fuentes actorales de aquella soberbia Casino.
Todo un desfile de grandes reunidos para alimentar historias particulares que se desarrollaron en el hotel Ambassador, poco antes del atentado mortal al Senador. Escenario, ya antes repetido con buenos resultados en el mundo del cine, que result eficz para una narrativa de cruce de historias que tienen en común un nexo, un acontecimiento que les cambiará, para bien o para mal, y les dejará una huella vital.
Si bien no hay que dejar de mencionar algunas líneas de cursilería tipical american que presumo obligatorias para un público de palomitas.
Cinta con un tejio narrativo sencillo, directo y claro, si el trabajo de Emilio Estévez ha sido merecedor de la confianza de tantos grandes actores, la lógica apunta a que no podía salir algo mediocre. Captura y encierra, dentro de los muros de un hotel, todo un mundo que comienza a bullir, y que aboca en lo que somos hoy, una aldea globalizada: inmigrantes chicanos, espaldas mojadas, latinos en la cocina, jóvenes que demonizan la guerra de Vietnam, mujeres que comienzan su lucha profesional y personal, desde la periodista hasta la telefonista, jefes de personal racistas, jefes de mayor rango que intentan subirse al tren del cambio. Todos esperan algo del segundo Kennedy, cuando aún se creía en los políticos, y se tenía esperanza y se creía en las palabras que pronunciaban. Visto casi 40 años después, no deja de ser, cuanto menos, irónico, tanto entusiasmo por un líder. Hoy nos resulta extraño y sobre todo ineficaz, como ya comprobamos en las protestas contra la guerra de Irak, que no sirvieron ni tan siquiera para hacer dudar de sus fines a nuestros políticos globales.

Crítica también publicada en la revista de cinencuentro.


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