Babel, el gobierno de la incomunicación y el miedo
02.01.07 @ 12:40:15. Archivado en Día del espectador

Ir a ver Babel de Alejandro González Iñárritu supone toda una catarsis. Aunque avisada iba, la explosión emocional y la rabia que provoca me pilló desprotegida al apagarse los focos, como supongo era intención de este Mesías del siglo XXI y el no menos alabado guionista Guillermo Arriaga formando un tanden de Dioses, cuya bienaventuranza se plasma en el arte cinematográfico. Como ya demostrara en la esplendorosa 21 gramos , el director mexicano turba con las interrelaciones entre individuos de tan distinta condición, sus actos (en ocasiones insensatos) y sus consecuencias. Descubre el filme la rapidez con que una chispa puede encender, aturdidos como estamos por el miedo, una larga mecha, en grado sumo manipulable, que se extiende por tres punto tan distantes del globo, como puedan serlo Marruecos, la frontera de México con Estados Unidos o Japón.

Somos robots con nostalgia animal parece insinuar Iñarritu. Los unos con sus rimbombantes medios tecnológicos sienten curiosidad por asomarse al primitivismo de los otros, pero eso sí, con las comodidades de casa, y el equipaje de una mirada prepotente, marcando las distancias.
Que magníficamente se resuelve en el dolor este Santo cineasta y como maneja un lenguaje literario-cinéfilo fruto del trabajo conjunto de estos dos genios, que fluye con una inteligencia suprema y nos convierte a nosotros, espectadores, en sabios. Con un mosaico de párrafos que mueve en un puzzle rítmico de espacio-tiempo, la historia encaja a la perfección todas sus compuertas, dando como resultado una sorprendente narración, clara y concisa desde todos los ángulos. En similitud con los protagonistas de 21 gramos, los actos de unos producen un inmenso dolor en otros, y es a través de este dolor, (duro, descarnado, a palo seco) que se descubren de nuevo. Catarsis donde la bondad y solidaridad no tiene un precio, (no del vil metal, al menos) para vergüenza de los todopoderosos energúmenos occidentales.

En una yuxtaposición de cuatro culturas bien diferenciadas, dos chiquillos, pastores marroquíes, establecen un hilo de conexión que metafóricamente se mueve con la rapidez de una red ciberespacial, entre una inmigrante mexicana y su sobrino en los aledaños de la frontera de México y Estados Unidos y una adolescente japonesa y sordomuda en Tokio. Filmada con profusión de primeros planos, se bebe la cámara la emoción reflejada en el rostro de los actores. Iñárritu hace pie en el más mínimo detalle para conformar un estatus social, cargado de realismo.

Hay, como de soslayo, una advertencia. Las consecuencias que tiene la transferencia de armas (y por ello de violencia) y como nos rebotan en nuestras caras acomodadas.
Torre de babel, en la que somos como animales encerrados en zoos, unos de cristal y otros de carton piedra. Mal asunto cuando intercambiamos habitáculo, nos convertimos en hienas.
Brad Pitt es una apuesta arriesgada, reconoce González Iñárritu, claramente necesaria para atraer más público a las taquillas, sorprende lo bien que se ha dejado exprimir después de moverse en tantos fangos, junto a Cate Blanchett, forman la cara guapa occidental. El resto de actores son caras desconocidos, exceptuando a un Gael García Bernal que compone un personaje en su línea mexicana.
Lo mejor del puente anual 2006 a 2007 en las salas. Un canto a la desinformación o información manipulada, de la que parece no somos conscientes en nuestras babeles de cristal. Y es asimismo un guiño contra el imperialismo americano, el abuso de autoridad y sus muros.
Comentarios:
que entrega al poli
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Blanca Vázquez Fernández
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