Cruza los puentes al multiculuralismo de Madrid
02.12.06 @ 10:52:58. Archivado en Viajando en monocicleta
Susana Montemayor, es una profesora de literatura especializada en rutas culturales que realiza recorridos por esta ciudad. La semana de doble que se aproxima es una buena ocasión para moverse por el corazón de un Madrid intercultural y apreciar a través de la literatura la diversidad y mezcla cultural que ha vivido esta villa desde su nacimiento.
Creada por el emir Muhamad Ibn Abd al-Rahman en el siglo IX, pasó de ser un humilde poblado medieval a una capital con Austrias y Borbones, una ciudad revolucionaria en el siglo XIX, parte republicana en la guerra civil y, pese a la dictadura, una ciudad de la democracia.
Mayrit, que significa “madre de aguas”, por sus abundantes caudales comenzó abrazando, como Toledo, a las tres culturas. Y en los últimos siglos hizo madrileños a asturianos, gallegos, castellanos o extremeños, y a todos los que emigraron de las otras regiones, por lo que Machado la llamaría “rompeolas de todas las Españas”.

Hoy, la nueva realidad migratoria hace que latinoamericanos, marroquíes, senegaleses o chinos también sean madrileños, tiñendo de aún más de matices culturales las calles de la ciudad.

Susana Montemayor cuenta que, en otras épocas, cuando los libros eran demasiado caros como para ser asequibles por el vecindario y algunas romerías perdían sentido por la llegada de nuevos vecinos que no las compartían, el teatro tomó gran protagonismo. Aunque en un principio estaba dirigido a las étites, se democratizó gracias a los sainetes y los entremeses que reflejaban la realidad del pueblo y esa mezcla de procedencias”.
Leandro Fernández de Moratín en su “Espistolario” refleja la fuerza que tenía el teatro:
Nadie ignora el poderoso influjo que tiene el teatro en las ideas y costumbres del pueblo; este no tiene otra escuela ni ejemplo más inmediatos que seguir los de allí, ve autorizados en cierto modo por la tolerancia de los que le gobiernan. Un mal teatro es capaz de perder las costumbres públicas, y cuando éstas llegan a corromperse, es muy difícil mantener el imperio legítimo de las leyes, obligándolas a luchar continuamente con una multitud perversa e ignorante.
Así, en el mismo Barrio de las Letras, donde vivieron Cervantes, Lope de Vega, Góngora, Moratín o Quevedo, se halla la calle León, donde se encontraba el Mentidero de Representantes, el lugar donde se compraban las obras que luego se escenificaban en las corralas, los escenarios más populares.
El mismo Teatro Español, que hoy en día gobierna la plaza de Santa Ana, tuvo su origen como corrala.
Si seguimos caminando hacia el Sur, la plaza Tirso de Molina “marca la división entre los barrios bajos y los altos”.
Más allá –indica Montemayor– se encuentra Lavapiés que había sido la décima judería en importancia económica en toda España, donde a los judíos conversos perseguidos por la Inquisición les delataba el cocinar con aceite de oliva, ya que los verdaderos cristianos cocinaban con manteca.

El barrio era hebreo y la sinagoga se hallaba donde después fue edificada la Iglesia de San Lorenzo, que actualmente dedica parte de sus capillas a las vírgenes a las que rinden devoción pueblos latinoamericanos y de Europa del Este
Las palabras de Antonio Muñoz Molina en su obra “Sefarat” pueden servir de presentación de este barrio:
La casa nueva, la vida nueva, recién comenzada a vivir, en otra ciudad, lejos, de la provincia melancólica, en un barrio hasta ahora desconocido de Madrid, o más bien en una ciudad pequeña situada en el corazón de Madrid, que en estas calles se volvía menestral y recóndita, desastrada, popular, confusa de gentes raras y diversas, de tres o cuatro sexos, tonos de piel y rasgos fáciles llegados de muy lejos, idiomas escuchados al pasar que tienen un sonido de suburbios asiáticos, de aclarabas musulmanas y mercados tropicales de África de aldeas andinas.
Lejos de hedonismos, referencias culturales y divertimentos, el barrio también es fuente de reflexión ante la catadura moral que suele conllevar la exclusión social y la pobreza. Así lo describe Arturo Barea en “La forja de un rebelde”:
Avapiés era por tanto, el fiel de la balanza, el punto crucial entre el ser y el no ser. Al Avapiés se llegaba de arriba o de abajo. El que llegaba de arriba había bajado el último escalón que le quedaba antes de hundirse del todo. El que llegaba de abajo había subido el primer escalón para llegar a todo….). Así que en Avapiés se encuentran todos los orgullos: el de haber sido todo y no querer ser nada, el de no haber sino nada y querer ser todo.
!Nos encontraremos por sus calles!
Fuente: Canalsolidario.com
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Blanca Vázquez Fernández
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