Alternativas reales
27.10.06 @ 16:08:37. Archivado en Dossieres, Oriente Próximo
George Packer es un reportero y periodista cuyos ensayos y articulos se publican en varios prestigiosos diarios y revistas norteamericanas. Tiene una habilidad especial para que tanto civiles como militares le confiesen sus dudas y miedos. Es enormemente crítico con la guerra de Irak, quizás como forma de luchar contra sus demonios, ya que él mismo fue criticado por activistas contra la guerra ante su apoyo en el momento de la invasión. Este es su último artículo aparecido esta semana en el diario The New Yorker, donde es colaborador habitual.

Cuando el Consejo de Seguridad Nacional se reunió en Washington, a principios de mes, para discutir sobre Irak, se adivinaba una enorme urgencia. El director de Inteligencia habló del deterioro de la seguridad en Bagdad y Basra, el colapso del ejercito iraquí, y otra inminente explosión de la violencia sectaria. El presidente de la Unión de Jefes Militares ha declarado que el ejercito americano pide de inmediato dos nuevas brigadas de combate y 50.000 tropas adicionales en los próximos meses.
“Hemos oído noticias duras y amenazantes”, declara un analista de seguridad nacional, abriendo camino a la discusión. “Con más recursos, ¿podemos realmente hacerlo bien. Podemos hacerlo mejor que en los tres últimos años?.
¿Qué ocurre? Pregunta otro participante. ¿Cúal es el éxito en esta empresa? ¿Un Irak democrático? ¿Es posible conseguir la estabilidad y unidad en Irak?, el analista persiste. ¿Alguien aquí cree que aún es posible?, si no es así, el plan A ha fallado, y debemos pensar en otras opciones.
El plan A no funciona, sentencia el Secretario de Estado, por lo tanto hay que esbozar una nueva estrategia para proponer negociaciones a Iran, Siria e Irak junto a los países vecinos con el fin de prevenir una guerra civil que cruce fronteras.
La reunión destacó por su claridad: los responsables estudiaron los hechos desde todos los ángulos, cuestionaron las alternativas disponibles, criticaron los fallos, y acordaron nuevos planes sin importar el coste político. Los viejos hábitos ilusorios y la lealtad ciega estaban ausentes.
Si esta discusión hubiera tenido lugar en la Casa Blanca, tendríamos cierta esperanza, no solo por un cambio de política, también por un cambio de ambiente en el que se aceptaran opiniones críticas. Pero ha tenido lugar en la Institución Brookings, donde una docena de civiles y oficiales militares de Administraciones anteriores se han reunido para jugar a la guerra en Irak durante un día.
Este tipo de conversaciones tienen lugar en rincones apartados del gobierno y del ejercito, entre pequeños grupos de amigos de confianza, y no se dan donde realmente importa. Los obstáculos a las críticas no son exclusivas de esta Administración, con su poco avispado Presidente, y sus desagradables “comisarios” políticos (como son conocidos entre sus compañeros). El miedo a las filtraciones, y el daño que pueden hacer en disuadir de esa apariencia de unidad hace casi imposible para los mandos superiores de cualquier Administración hablar libremente en grupos de más de tres o cuatro. Y la resistencia se intensifica cuando la Casa Blanca está cercada. “Cuanto peor es la situación, más difícil resulta reconocer que hay un problema”, dice el imaginario analista, “cuando la Oficina real de Planificación Política del Departamento de Estado real propuso escribir un memo con las alternativas que la Administración debería encarar, en caso de fallar la actual política en Irak, la idea fue rechazada por el líder real del departamento.”
La guerra de Irak del Presidente está perdida. El plan A (un Irak unido y democrático que fuera un modelo en la región) es un imposible. La guerra civil para la que la Administración no tiene salida está a las puertas. Puesto que nadie en el poder admite esto, Estados Unidos está intentando aguantar mientras la tierra tiembla violentamente bajo sus pies. La resistencia a pensar en planes B, C y D significa no solo que este país permanece estancado mientras los americanos y los irakíes mueren, sino que demuestra también la costumbre de enfrentar los acontecimientos con seis o doce meses de retraso.
En el juego de guerra de Brookings, el falso Consejo de Seguridad Nacional, reaccionó a la manera como funciona dicho organismo, tomando ciertas decisiones ante el deterioro de Irak, y asumiendo las consecuencias de estas decisiones. Al final del día, la política americana pasó de la “agenda democrática” del Presidente a centrarse en la estabilidad de Bagdad y atraer a las partes confrontadas a la mesa de reunión, para tratar de detener el flujo de refugiados y hacer frente a la clara política dominación iraní sobre Irak. En este punto, el ejercito americano, situado fuera de Bagdad, se posicionaba en las fronteras del país y el Kurdistan. Es la revancha de la realpolitik. El presidente de la Unidad de Jefes Militares recordó al comité que la nueva política supondría un aumento de las bajas irakíes y una enorme perdida de legitimidad, credibilidad y prestigio americanos. Los oficiales han de aceptarlo en una atmósfera de crítica y debate abiertos
Otros tratan, desde el exterior, de llenar el vacío de debates. Recientemente, Dennis Ross, que fue enviado especial del ex presidente Clinton en Oriente Próximo, propuso en un editorial de opinión del Washington Post que Estados Unidos debería negociar su salida con el gobierno irakí, basado en el tiempo y la forma en que las facciones puedan alcanzar un acuerdo: “Si los irakíes están preparados para resolver sus diferencias políticas internas, ajustarlas a la realidad, y decidir las opciones que tengan que afrontar por duras que sean, nuestra presencia puede ayudar en la transición. Pero si continúan dando la espalda a la realidad, nuestra presencia solo prolongará dos cosas, su estado de negación y el nuestro.”
A principios de año, el Congreso creó un Grupo de Estudio sobre Irak, un panel bipartito compuesto por el ex secretarios de Estado James Baker y el ex diputado Lee Hamilton, muy imbuido en la política irakí y que propondrá recomendaciones. Es tal la parálisis oficial de Washington que el curso de la guerra parece esperar solo dicho informe, que no será dado a conocer hasta después de las elecciones del mes próximo.
Los rumores sugieren que se propondrán cambios parecidos a los de la escenificación o juego de Brookings: dialogo con Iran y Siria, negociaciones con las facciones armadas irakíes en un estilo conferencia de Dayton, y como último resorte, reducir las bajas americanas pasando de apoyar al gobierno irakí a contener las luchas.
Cada una de las propuestas que llegan de fuera de la Administración presuponen que su política ha fallado. Pensar en planes B, C y D es también reconocer el fracaso. Planes que son un reconocimiento de que nuestros mayor interés en Irak ya no es el bienestar de la población irakí. Esto es difícil de aceptar para cualquiera que pensara que el derrocamiento de Saddam Hussein traería una vida mejor a los irakíes. Sugiere, asimismo, que entre la resolución del Presidente en persistir con la locura y el instinto público de salir de Irak hay una serie de alternativas que podrían prevenir el desastre de infligir un daño permanente a los intereses americanos. Este tipo de racionalidad es menos doloroso, y al final menos desastrosa, que esa persistente ceguera
George Packer
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Blanca Vázquez Fernández
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