Camino a Guantánamo, camino al infierno

Permalink 14.10.06 @ 12:18:44. Archivado en Dossieres, Oriente Próximo

Llama la atención al comienzo de The road to Guantanamo, (Premio al mejor director en el Festival de Berlín 2006), mezcla de documental y escenificación, que los protagonistas del drama que aparecen calmadamente contando su pesadilla, son, en distinta medida, unos jóvenes fuertes, física y psíquicamente, que se hicieron muy mayores en poco más de dos años. Y digo distinta medida porque a uno de ellos, Asif, se le intuye el pozo profundo en el se encuentra. Entendemos, en cierta forma, que al acabar el filme hayan resistido esa vergüenza americana llamada Guantánamo. Muchos no lo consiguieron, resistir, y se quitaron la vida. Hace falta mucha fortaleza mental y física para aguantar el encierro en las jaulas del campo X-Ray donde les instalaron nada más llegar, a la luz del sol y al amparo de la fría noche. Sin las mínimas condiciones básicas, ni sombra sobre la que cobijarse, sumergidos en la nada total.
Michael Winterbotton y Mat Whitecross, los directores del documento, consiguen mantener perfectamente el ritmo de la historia, (aunque las escenas del bombardeo a Afganistán sean un tanto confusas) que discurre bien entrelazada entre las confesiones de los tres de Tipton (como son conocidos Asif, el que se iba a casar, y sus amigos Ruhel y Shafiq, lugar del que proceden en Inglaterra), las noticias de la CNN dictadas por la Administración americana, y la actuación de los cuatro actores que interpretan a los cuatro británicos de procedencia pakistaní y bengalí (uno de los amigos, Monir, desapareció en Afganistán) que decidieron, a finales de septiembre de 2001, ir a celebrar la boda de uno de ellos a Pakistán, y en un arrebato aventurero se adentraron en el sobrio y despedazado Afganistán.
De los 700 prisioneros, elegidos como si de una lotería se tratara por las fuerza de la Alianza del Norte y el ejercito americano, enviados a este centro de tortura en el que el Pentágono sigue construyendo nuevos espacios, bajo la adjudicación de obras a la empresa propiedad del vicepresidente Dick Cheney, permanecen hoy día poco más de 500 seres en un limbo legal, y de los que solo 10 han sido acusados con cargos (y sin pruebas). (Magnífico reportaje en El País Semanal del 8 de octubre).
Vergüenza ajena produce el hecho de que los organismos internacionales que tienen como misión el respeto a los derechos humanos no hayan impedido semejante tropelía por parte de una sociedad que se define como la gran democracia y siendo precisamente ésta de lo que menos hace uso. Produce escalofríos ver como Winterbotton, en una denuncia seria, con algunas tomas revestidas de cinismo escatológico (caso del cartel de entrada en el Camp V, donde se lee: Comprometidos con el honor para defender la libertad) desgrana paso a paso el camino al infierno de estos y probablemente muchos otros inocentes cogidos como moneda de pago, y a pesar de las humillaciones mantienen esa pose de desesperación invencible ante los cafres de sus carceleros tanto americanos como británicos. No escapa del recuerdo de los tres prisioneros el intento de muestra de una mínima humanidad por parte de alguno (porcentaje irrisorio) de los soldados, reflejada en la escena en la que un carcelero salva a uno de ellos, mientras duerme, de la picadura de un escorpión.

Sorprende cómo es posible que, bajo la excusa de la lucha contra el terror, (que cada vez está produciendo más supresión de libertades individuales) se prive a una persona de todo derecho a defenderse, y a contactar con sus familiares, cuando la Convención de Ginebra estipula claramente en su artículo 3 el reconocimiento de los derechos de todo detenido aunque sea considerado prisionero de guerra. ¿Cómo es posible que las coartadas perfectamente identificadas y localizadas de estos jóvenes se obviaron deliberadamente?. Se consideraban sus palabras, su cultura y persona como si tuvieran menos valor que el graznar de una rana. La manipulación psicológica y física en los continuos interrogatorios sacan los colores a cualquier espectador, así como la utilización de la tortura (hobby preferido de la Administración Bush que tiende a hacer apuestas con V.Putín sobre quién da más, información que le costó la vida a Anna Politkovskaya) para obtener una confesión, por medio de la que yo misma hubiera declarado pertenecer a Al Qaeda.
Acongoja el detallado recuerdo de los tres amigos, y la fortaleza en mantener la verdad ante las disparatadas, a cada cual más ignominiosa, estratagemas, en unos soldados y sus mandos cuyo orgullo se basa en la utilización de la tortura y el desprecio y analfabetismo absoluto por otras culturas, y el trato a unos seres humanos como si fueran cerdos en una pocilga con un número de expediente en lugar de nombre.
Recordemos que aún recientemente dos de los actores, Riz Ahmed y Farhad Harun, junto a dos de los ex prisioneros fueron detenidos e interrogados en un aeropuerto británico cuando volvían de la Berlinade (donde el film fue ovacionado) y se les preguntó, como si la humillación sufrida no hubiera sido suficiente, si tenían intención de hacer más cine político.

Una película necesaria ahora que se cumple el quinto aniversario del bombardeo de Afganistán. Winterbotton y Whitecross han realizado una denuncia seria y sin estridencias (sin quitar mérito a las maneras de Michael Moore) que provoca el rechazo y la presión a Estados Unidos para el cierre de semejante Gulag. No resulta sorprendente que se produzca esa escisión entre la cultura musulmana y la occidental. Se necesita más acercamiento entre culturas, para entendernos entre todos, y tal vez con ello consigamos un respeto mutuo que evite estos atropellos y la revancha terrorista.

Foto: Shafiq Rasul, izquierda, junto a Ruhel Ahmed.

Y también: La pose de la desesperación invencible


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