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"Cerrado", estupendo relato con esencia kafkiana. Ser o no ser.

Permalink 29.08.06 @ 10:05:50. Archivado en Silencio, se lee

CERRADO, por Miguel Sanfeliu

No puedo abrir los ojos. Me pesan los párpados. Lo intento con todas mis fuerzas pero resulta inútil. Dios, qué cansado estoy. Quisiera abrir los ojos para poder ver dónde me encuentro. Imposible. Se me ocurre de pronto que quizá sí puedo abrir los ojos, es más, que los tengo abiertos y lo que pasa es que todo está oscuro, muy oscuro, rodeado de color negro por todas partes. Muevo las pupilas. Derecha, izquierda, derecha, izquierda. No veo nada. Pero estoy seguro de que tengo los ojos abiertos. Así que todo está oscuro. Un punto de partida como cualquier otro. Una oleada de pánico intenta subirme a la garganta pero la contengo. Debo calmarme. Es fundamental que conserve la tranquilidad el mayor tiempo posible. No sé dónde estoy. Ni siquiera sé si estoy de pie o sentado o acostado. No siento mi cuerpo. Abro y cierro los párpados varias veces. No me atrevo a intentar ningún otro movimiento. Respiro con dificultad. No puedo aspirar con fuerza y llenarme los pulmones de aire. El aire está cargado, espeso, como mezclado con arena. Tengo ganas de toser, pero no puedo. La sensación de ahogo acrecienta mi miedo. Debo intentar recordar cómo he llegado hasta aquí, qué es lo que ha pasado. Unos recuerdos llamarán a otros y tal vez pueda averiguar dónde me encuentro. Entonces me doy cuenta de que no recuerdo mi nombre. No recuerdo cómo me llamo. Esta certidumbre me duele, como si me clavaran algo en un costado. Calma, calma. Lo primero que tengo que hacer es recordar mi nombre. Nombres, nombres. Recuerdo a un niño en un jardín, jugando a la pelota. ¿Quién es ese niño? Ni idea. ¿Por qué recuerdo esto? ¿Qué sentido tiene? He movido el cuello sin darme cuenta. Un movimiento breve, instintivo, y he notado un golpe en la frente. Un golpe débil, pero contundente. No sé con qué me he golpeado. Intento mover una mano. No sé si lo consigo, la mano está muy lejos. No la siento. Me dejo llevar por un impulso irracional e intento girar todo el cuerpo. Pero resulta inútil. No puedo moverme. Bien, lo mejor será ir poco a poco. Vuelvo a concentrarme en la cabeza. Giro el cuello muy despacio, hasta que noto otro contacto en el lado opuesto de la frente. No es mucho. Uno o dos centímetros en total. Un niño juega a la pelota. Voy a intentar sentir los pies, el lado opuesto. Observo cierta resistencia, pero consigo mover el pie izquierdo. Empujo algo y siento una pequeña vibración a mi alrededor. Me detengo. Creo que estoy sudando. Cada vez me cuesta más respirar. Intento mover el pie derecho y este esfuerzo me provoca un fuerte dolor. Y grito. Y mi grito me sobresalta. Mi voz suena ronca y débil, pero familiar. Me reconforta oír mi voz. Grito otra vez. Ahora siento una opresión en el pecho. Demasiado esfuerzo. Estoy agotado. Debo relajarme. Pienso que tal vez tengo una pierna rota, eso explicaría el dolor. Así que decido centrarme en el pie izquierdo. Vuelvo a moverlo, ahora un poco más aprisa, más enérgico. Oigo un golpe. Creo que he golpeado una madera con el pie. Lo intento de nuevo. La resistencia es menor. Golpe, golpe, golpe. Sonrío como un estúpido. Decido no dejar de dar golpes con el pie izquierdo mientras intento ahora centrar mi atención en las manos. Vuelvo a pensar en mi mano derecha. Tengo la sensación de que la sangre corre hacia esa mano. Trato de estirar los dedos. Otra sacudida de dolor me recorre el cuerpo y vuelvo a gritar. Algo me ocurre en el lado derecho, la pierna y la mano. Será mejor dedicarme pues a la mano izquierda, la muevo despacio, con mucho cuidado, trato de arrastrarla, con ella mi brazo, pero apenas tengo sitio. El niño que juega a la pelota es mi hijo. Siento el pánico. Toso. Estoy encerrado. Empiezo a recordar, es preciso que piense. Humedad en el rostro, creo que estoy llorando. Vuelvo a gritar. Yo estaba en mi despacho, redactando un informe. ¡Socorro! Algo me desgarra la piel de la mano izquierda, así que lo mejor será no continuar moviéndola. Hubo una explosión y todo se vino abajo. Todo me cayó encima. Mi hijo estaba fuera jugando a la pelota. Esto me tranquiliza, estaba fuera. Yo estoy dentro, debajo de los cascotes del edificio, aplastado por las paredes de mi despacho. Ignoro cuánto tiempo llevo aquí. No tengo sensación de hambre, estoy dolorido, no puedo distinguir cuándo estoy despierto y cuándo dormido, no sé si tengo los ojos abiertos o cerrados. No recuerdo mi nombre. Sólo mi hijo, jugando a la pelota, espero que esté bien. ¿Y su madre? No estaba en casa. No estaba, seguro. No sé quién soy ni qué clase de informe redactaba. Enterrado vivo bajo mi edificio. Grito, mi pie izquierdo continúa golpeando rítmicamente. Creo sentir una punzada en mi pierna derecha, no sé qué puede ser. Una idea me llena de terror. ¿Y si se trata de una rata? No, debo estar herido y lo que siento es el dolor propio de mis heridas, nada más, pero ¿y si fuera una rata? Grito con fuerza. Sufro un ataque de tos que termina con una arcada. Trato de escupir el sabor del polvo que me invade la garganta. Creo que me he dormido. Deben estar buscándome, seguro. Me pregunto cuánto aire me quedará. Me asusta la idea de morir asfixiado, así que lo mejor será no pensar en ello. Si estoy tranquilo mis posibilidades de supervivencia aumentan. Pienso en el origen de la explosión. Un terremoto no ha podido ser, no en esta zona. Quizá una explosión de gas. O un atentado terrorista. Creo haber escuchado algo. Mi cuerpo se tensa y me invade el dolor en el lado derecho y grito con fuerza, hasta casi ahogarme. Algo se mueve. Están removiendo los cascotes. Un temblor me recorre el cuerpo encajado entre piedras. Con cuidado. Aquí hay alguien. Les oigo con claridad. Vienen a rescatarme. Siento la luz. Retiran la piedra de mi cara. Salgo fuera con rapidez y me mezclo con el aire mientras escucho a mis rescatadores decir: demasiado tarde, este hombre está muerto.

Miguel Sanfeliu

Al leer este relato de Sanfeliu, no he podido evitar volver a los últimos acontecimientos violentos de la actualidad, al sinsentido de estas pulsaciones irreprimibles del hombre por hacer daño, y al juego absurdo del azar en nuestras vidas.
Un total de 1.183 personas perdieron la vida y otras 4.055 resultaron heridas en la reciente invasión israelí de Líbano, según los datos ofrecidos por la ONU en un comunicado difundido en Beirut. Estos datos se han sabido el mismo día en que Amnistía Internacional (AI) ha denunciado al Estado de Israel por apuntar a civiles de forma deliberada durante la ofensiva contra Hezbolá.
AI responsabiliza a Israel de la destrucción de más de 30.000 viviendas civiles y de atacar hospitales, aeropuertos, plantas de producción de energía y de almacenamiento de agua, puertos y carreteras, e incluso supermercados, evidencias de que no tienen nada de daños colaterales.
Amnistía ha precisado, asimismo, que examinará la actitud de Hezbolá durante el conflicto en un documento aparte.

Foto: Regina Frank


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