Diario de un viaje al purdah

Permalink 13.05.06 @ 10:14:36. Archivado en Viajando en monocicleta

El grito silenciado es precisamente eso, un grito dedicado a nuestras mentes occidentales y nuestra cómoda vida. Ana Tortajada y dos compañeras más, Mercè Guilera y Sara Comas emprenden un viaje a Afganistán en plena era talibán (2000) para comprobar con sus propios ojos la situación y vida difícil de esta región tan sumamente castigada. Con prólogo de Carmen Alborch, el diario es tan fresco y está tan bien estructurado que, a pesar de mi cada vez mayor aborrecimiento a los bestsellers, este es uno de esos que merece la pena comprar (los beneficios van a parar a la organización humanitaria HAWCA) y devorar.
Su viaje tuvo lugar en el año 2000 sin embargo el tema está de plena actualidad, puesto que el próximo texto versará sobre un reportaje especial del semanario Nouvel Observateur en el que se lleva a cabo una minuciosa entrevista a los talibanes que forman la guerrilla insurgente en Afganistán.
Antes de empezar con la numerosas anécdotas quisiera tratar de expresar la impresión que este aventurero viaje me ha causado. Además de una envidia absoluta (me hubiera gustado formar parte de trío aventurero) descubrimos dos mundos insalvablemente apartados (purdah), el femenino y el masculino, propios de las sociedades musulmanas y árabes en general. Incluso visto desde la perspectiva del año 2006, después de todos los impactantes acontecimientos acaecidos posteriormente a este viaje, no creo que la sociedad afgana haya mejorado mucho la interacción de la mujer con el hombre en la vida cotidiana y el trabajo. Se ratifica algo que ya se intuía: una barrera cultural infranqueable entre ambos sexos. A pesar del rico mundo femenino (cual harenes) en el que se han movido las tres protagonistas, no es suficiente y acaba resultando cojo por no compartir con los hombres más experiencias. Se adivina en esos hombres que andan alrededor de todas las mujeres de la historia una cierta envidia y un querer formar parte de su mundo.
También hay que admirar el extremo peligro al que se han visto expuestas, en su incursión a un Afganistán en ruinas, física y psicológicamente. Sus visitas a las escuelas casa y centros de alfabetización a escondidas ponen en peligro no sólo su vida, sino también la de los colaboradores afganos que les ha apoyado y guiado. “Lo único que os pedimos es que, por razones de seguridad, no mencionéis los nombres de las poblaciones donde habéis visitado casas escuela- fue el ruego común de nuestros contactos en Afganistán”, recalca Ana.

Con una preparación exhaustiva sobre el enclave, historia, política y costumbres de la sociedad afgana, las tres amazonas aterrizan en el primer punto de contacto: Islamabad (Pakistán), a la que posteriormente volverán, descrita como la capital nueva del Pakistán nuevo, exuberante y verde, ciudad geométrica, con grandes avenidas, edificios modernos, hermosa y fría. A pesar de que la maleta de Meme (Mercè Guilera) se pierde, encaran la situación con mucha filosofía, llenas del entusiasmo que les inspira el lugar. Denuncian las condiciones económicas tan desastrosas con las que se topan en la zona que está en un bypass de “servicios mínimos”. “El avión que nos llevará a Peshawar (ciudad fronteriza con Afganistán) es pequeño, cuarenta plazas, y funciona con unas hélices que un hombre pone en marcha desde el suelo”, empieza sorprendiendo el diario. Les conmueve el color ocre del paisaje. Las restricciones y cortes del suministro eléctrico así como la falta de teléfono forma parte de la vida cotidiana.
Entre las numerosas anécdotas cuentan, por ejemplo, que las familias afganas kabulíes no usan pañales para sus bebés, lo que demuestra lo sencilla y simple que resulta la vida allí. Sin embargo sorprende que en las calles principales de la ciudad sí que existe algún local con conexión a internet, que por supuesto hay que pagar a precio de oro. Son recibidas por Azada, la mujer afgana que será su guía y traductora y que pertenece y dirige la organización humanitaria HAWCA, para la asistencia de mujeres y niños de Afganistan, donde van a parar los beneficios obtenidos por la publicación de este diario. HAWCA es una escuela para niños y niñas pobres donde trabajan como maestras tanto Azada como sus vecinas y amigas. Al ser una escuela gratuita no puede autofinanciarse, por lo tanto requiere de ayuda y donaciones externas.
Las tres viajeras se aprovisionan de prendas de vestir locales, puesto que no se pretende llamar la atención. A pesar de ello, confiesan sentirse cómodas en los frescos y prácticos ropajes (apropiados para el clima caluroso de la región).
Las casas en las que se alojan siguen todas un mismo patrón: sin muebles, con alfombras, cojines, y clavos en la pared para colgar la ropa. El retrete consiste tan solo en un agujero en el suelo con un marco de porcelana y un grifo en la pared. Comen con las manos, generalmente de un recipiente central del que se sirven todos los comensales. La cocina afgana, al contrario de la pakistaní, no es picante ni lleva muchos especies, resulta suave, como en general los tonos y ornamentos de las ropas.
Llamativo les resulta ver la cantidad de atención y de afecto que reciben los niños por parte de los adultos, no sólo en el seno de la familia, sino en todos los lugares. Y la separación entre hombres y mujeres, el purdah al que me he referido anteriormente, dando la impresión de vivir en diferentes galaxias.
Peshawar está formado por unos 200 campos de refugiados registrados, cada uno de los cuales son como pequeñas ciudades, con un Consejo (especie de gobierno interno del campo) y multitud de casas, de adobe o ladrillo. Alrededor de los campos se han instalado numerosas fábricas pakistaníes de ladrillo para aprovechar y explotar la mano de obra barata. Campos que están edificados en zonas que pertenecen a propietarios pakistaníes que cobran un alquiler por la parcela que ocupa cada casa edificada por los refugiados. Los campos son lugares de convivencia donde tienen cabida todas las etnias y se respeta a todo el mundo, no en vano son refugiados del régimen talibán y grupos islamistas extremistas. Es curioso observar, apunta Ana, que los afganos no se lamentan ni piden nada. Ningún afgano pretende inspirar lástima a nadie.
Permanecen unos días en Peshawar manteniendo citas con diferentes miembros de organizaciones no gubernamentales y empapándose de la situación presente y de las futuras esperanzas de Afganistán. Una situación no menos extraña se produce cuando tienen que acudir al consulado talibán para poder cruzar Afganistan, y visitar Kabul. Muy equivocados estamos si creemos que no son gente que no utilice la burocracia y los despachos. Ana así nos lo cuenta: “En la mesa de al lado se sienta un auténtico talibán y me produce un escalofrío, el turbante impecable, la ropa inmaculada, la barba negra, larga y poblada, los ojos pintados con la raya negra en el párpado inferior: Si las leyendas y supersticiones afganas que hablan de djin, diablos y espíritus malignos encarnados en cuerpos hermosísimos fueran ciertas, este talibán sería un claro ejemplo. Sólo sus ojos le delatarían”.

A pesar de la precariedad consiguen tener en casa alguna sesión de video, cuando la familia donde se alojan piden prestado un reproductor de cintas. Es así que Ana y sus compañeras visionan documentales de los sucesivos conflictos, gobiernos y golpes de Estado de la zona. “De pronto podemos poner rostro a todos esos nombres implicados en la destrucción de Afganistán, los líderes comunistas, los golpistas, los líderes islamistas” escriben.
Pero encuentran también muros infranqueables, peligros y mentiras. Como la entrevista mantenida con el responsable del ACNUR (Alto Comisionado de la Naciones Unidas para los Refugiados) en Pakistán, en cuyo resumen no aparecen los talibanes, ni la violación permanente y sistemática de los derechos humanos en Afganistán y sí en cambio enumera unos campos de refugiados maravillosos que para nuestras amigas debían estar construidos de adobe invisible. Esto me recuerda los continuos anuncios de la CNN para hacer turismo en los países árabes, como si fueran resorts de las mil y una noches.
Por fin consiguen el visado para acudir a Kabul, viaje que supone largas horas de coche, registros e interrogatorios en la frontera, continua vigilancia en el hotel donde las instalan, y obligatoria visita guiada. Resulta prácticamente imposible la visita a las casas escuela, pero el día antes de volver a Pakistán lo consiguen aún con el riesgo que ello supone, especialmente para Azada, como mujer afgana a la que no le está permitido trabajar, y todo el teatro que tienen que montar para hacer creer a los hombres (que ejercen una continua vigilancia a las tres europeas) que es una mujer a la que apenas conocen. Todo un capítulo que pone los nervios de punta.
Así nació El grito silenciado, un diario de viaje muy peculiar donde el espanto se mezcla con el amor y el respeto.


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