Los caballeros del Apocalipsis
17.04.06 @ 10:21:16. Archivado en Viajando en monocicleta
La antigua provincia de Kham, en la parte septentrional del Tibet histórico, es uno de esos territorios impenetrable para los extranjeros y jugoso para los aventureros. Paisaje lacerado por los cuatro ríos que deciden su silueta de peñascos inaccesibles: Yangzi, Yarlung, Salween y Mékong.

La reputación hostil de sus habitantes se remonta a los tiempos de Marco Polo que los calificaba de “asesinos sin fe ni ley, practicantes de idolatrías y toda clase de magias”. Más tarde las caravanas seguidoras de la ruta del té, entre Lhassa y Kanding, fueron atacadas, a menudo, por los caballeros de la Apocalipsis, que masacraron también a los exploradores franceses Dutreil de Rhins en 1894 y Louis Liotard en 1940. En los años veinte Alexandra David-Néel capturó ese aire de “caballerosos bandidos”...aclarando que el resto de tibetanos los consideraban unos bárbaros.
¿Qué queda hoy de ellos? Para saberlo no hay como acercarse a Litang, la población más alta del mundo, aprovechando la celebración del Yagi, que agrupa desde hace miles de años a este pueblo de pastores nómadas, ahora bajo el jugo de China.
“Muchos niños ya no cantan ni bailan” reconoce una mujer joven de nombre Shoni, mientras conversamos bajo una de las tiendas de pelo blanco de yack, de las muchas levantadas alrededor del pueblo. “Hay demasiada influencia exterior” se lamenta recordando el éxodo de jóvenes a las grandes ciudades como Chengdu.
Pero otros muchos, como ella, conservan la esperanza de que su pueblo pueda continuar “avanzando” y conservar al mismo tiempo lo esencial de sus tradiciones. Dos objetivos primordiales de la fiesta del Yagi. Un gran momento de alboroto y paz, una especie de peregrinaje y vuelta a las raíces que reafirman la cultura de los Khampas así como su fervor a Buda.
“Solo! Solo! Solo! Gritan muchos de entre ellos con aire feroz, cubiertos con pieles de pantera, una espada dorada a la cintura. Se concentran alrededor del fuego pidiendo que Buda proteja a su familia, y lanzan al cielo arroz y notas de papel con sus rezos.
Los hombres visten el elegante chuba, una chaqueta tradicional que cuelgan del hombro y las mujeres telas fastuosas sujetas por figuras talladas en oro. Sus cabellos recogidos en cientos de trenzas se adornan con turquesas y piezas de ámbar del tamaño de un puño.
Pero lo más espectacular son los bailes y danzas. Varios hombres se arremolinan y mueven a través del serpenteante dibujo que forman sus mangas interminables, mientras que otros, colocados en una fila frente a las mujeres pasan horas moviéndose con pasos minúsculos hasta formar el pojo, circulo unificador. También destacan los cantos. Un Khampa con aspecto de clown provoca el más absoluto silencio en cuanto empieza a cantar. Su voz se funde en el aire como el grito de un ágila, su timbre rivaliza en altura con el paisaje.
Conocidos por haber resistido la invasión china de 1950 junto a sus vecinos los Goloks, por haber dado seguridad, nueve años más tarde, al dalaï-lama en su exilio a la India, y por haber continuado sus lucha contra los chinos con la ayuda de la CIA hasta 1974, los Khampas suponen 1,2 millones del total de la población tibetana atascada en la zona ocupada por China. Gracias a sus veloces y resistentes caballos han hecho temblar Asia central. Pero curiosamente esto no les impide cohabitar pacíficamente con los chinos que viven en las poblaciones, ni tampoco de disponer de tanta libertad cultural y religiosa como los habitantes de la región “autónoma” del Tibet.
Para la fiesta del Yagi, su naturaleza emerge al galope de sus caballos, excitados por los gritos de la muchedumbre, los Khampas se convierten en los guerrilleros de antaño. Los espectadores permanecen hipnotizados por la cabalgata hasta su apogeo, la ganjira: los caballeros abren los brazos como si fueran a volar y echan el pecho atrás, sus manos tocando casi el sol, justo antes de descender de golpe, bajo el clamor del público delirante.
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Blanca Vázquez Fernández
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