RESTAURANTES

Taberna LA CARMENCITA, ODA al PATRIMONIO GASTRONÓMICO madrileño

 

El nº 16 de la castiza calle Libertad vió nacer allá por 1854 (ya ha llovido) a la que es la segunda taberna más antigua de Madrid, cuyas paredes serían testigos de tertulias, revoluciones, cambio de siglo, la movida madrileña y la modernización del barrio de Chueca, hasta que cerró. Hace unos años LA CARMENCITA renace de la mano del hostelero cántabro Carlos Zamora, un empresario entregado a descubrir locales olvidados y sacarles lustre para deleite de todos los que le seguimos.

Vistosas vajillas de aquí y de allá de finales del XIX presentan su cocina tradicional y castiza: fogones defensores de lo auténtico, de la tradición más arraigada a aquel barrio de otro siglo, aprovechando lo mejor de los nuevos tiempos ecológicos para extraer toda la esencia al producto sincero de pequeños productores. Tapas costumbristas, vermut canónico y platos de chup, chup para chup-arse los dedos con un valor añadido, la pátina del tiempo de esta casa de comidas recuperada sin perder un ápice de historia.

75 recetas tradicionales debidamente revisadas salen de una despensa en las montañas, el corral y la huerta ecológica de pequeños productores eco-sostenibles y artesanos gastronómicos madrileños y cántabros.

A destacar el aperitivo de la casa, un paté con sabor a tradición, las rabas de Santander rebozadas en harina ECO de un molino de piedra zamorano, la ensaladilla Imperial (como se llamaba a la rusa en la postguerra), las alcachofas ecológicas a la tudelana de la finca “La Traílla”, las famosas albóndigas de ternera ECO de “Siete Valles de Montaña” (la primera cooperativa de ganaderos ecológicos de Cantabria) que se sirven con patatas fritas de-las-de-verdad, y exquisiteces marinas de las costas cántabras poco habituales en Madrid como el San Martín o el jargo. Además, se sirven previo encargo algunos hitos de la gran cocina clásica, la del mimo y la paciencia, como solomillo Wellington, lomo de ternera Príncipe Orloff o arroz con langosta.

Los amantes del dulce tienen difícil elegir entre la Isla Flotante, ese plato desaparecido de merengue en un mar de natillas, y la tarta de galletas de chocolate de cumpleaños -con vela incluida-.

La sagrada hora del vermut  en sus diferentes versiones se vive y se saborea en esta barra de madera y estaño que inspiró a Miguel Hernández para escribir “El Rayo que No Cesa” y comparte aperitivo con los kir parisinos al estilo de “La Carmencita”, los finos del Maestro Sierra y esos cocktails que se han instalado en la carta de esta taberna centenaria. Un local que conserva los floridos azulejos de hace 159 años, los portones de entrada, la bancada y algunos muebles originales restaurados. Las mesas son de madera, como en las tabernas decimonónicas antes de que el mármol llegara, la cubertería de plata y servilletas de lino rescatadas del siglo pasado.

Y todo ello en horario ininterrumpido de 9.00 a 2.00 h., por lo que puedes desayunar o merendar croissants con café Angélica y leche ecológica, comer entre horas o cenar al salir del teatro, por no hablar del aperitivo presidido por ese vermut de las montañas de Tarragona.

Acceder a la web de La Carmencita

 

“Una de las mejores cosas de la vida es que debemos interrumpir regularmente cualquier labor y concentrarnos en la comida” - Luciano Pavarotti -

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*